Cuándo te dicen: Te doy mi whats
Vas por la vida, tranquilo, disfrutando de un buen rato. Quizá estás echando chismografía con tus amigos en un café, perdiéndote en la música en algún bar, o simplemente haciendo la fila para tus tacos favoritos. De pronto, un ser humano aparece de la nada, con una determinación que haría temblar a cualquier vendedor de puerta en puerta, y sin preámbulo alguno, te suelta la frase que marca el inicio de una aventura que no pediste: “Te doy mi whats“. Y no solo eso, se despliega ante ti una lluvia de datos: su número, su dirección de correo, su perfil en cada red social existente y hasta una descripción detallada de sus horarios disponibles para llamadas o videollamadas. Es un bombardeo de información personal que te deja pensando si le hiciste algo en otra vida para merecer tal intensidad. Uno se siente entre halagado y aterrorizado, como si un agente secreto acabara de reclutarte para una misión ultrasecreta, pero con la diferencia de que la misión es, al parecer, chatear.
La escena es tan común como incómoda. De estar en tu burbuja de ocio, pasas a ser el centro de una ópera bufa donde el otro personaje principal está decidido a establecer un vínculo a la fuerza. No es que seamos unos ogros antisociales, pero hay un arte en la sutileza, en el flirteo indirecto, en dejar que las cosas fluyan. Pero cuando alguien se salta todos esos pasos y va directo al grano, con una eficiencia digna de un call center, la situación puede ser más risible que romántica. Este despliegue de información sin filtro te hace sentir que te están vendiendo un paquete de televisión por cable, no invitando a una posible conexión.
La avalancha de contactos cuando te dicen: Te doy mi whats
El momento en que alguien te dice “Te doy mi whats” y, acto seguido, te recita su biografía completa y su horario de actividades, es una joya del absurdo. Es como si pensaran que, si no te dan absolutamente toda la información de inmediato, vas a salir corriendo despavorido. Y la verdad es que, en ocasiones, dan ganas de hacerlo. La escena típica es más o menos así:
- Inicias una conversación trivial y agradable.
- En menos de cinco minutos, te lanzan la propuesta: “Me caíste muy bien, te doy mi whats“.
- Antes de que puedas reaccionar, ya te están dictando el número, deletreando su nombre completo para el correo y dándote las horas en las que “sí puede contestar”.
- Pueden incluso preguntarte tus horarios o si tienes disponibilidad los martes por la tarde para una videollamada.
Esta intensidad es, a falta de una palabra mejor, abrumadora. Uno no sabe si el objetivo es ligar, hacer una encuesta de satisfacción o un reclutamiento forzado para alguna secta de coleccionistas de estampas. La gracia de conocer a alguien está en el misterio, en el ir descubriendo poco a poco, en la construcción de una relación (sea la que sea) con un poco de intriga. Pero este modo “turbo” de establecer contacto anula cualquier posibilidad de ese juego. Es como si te dieran el final de la película antes de ver el inicio.
Cómo navegar la marea de información sin naufragar
Cuando te encuentras en medio de este torbellino de datos personales y alguien insiste con un efusivo “te doy mi whats“, mantener la calma y la cortesía es clave, por muy graciosa o incómoda que sea la situación. Aquí te dejamos algunas estrategias para manejar estos encuentros con gracia:
- La sonrisa amable y el “gracias”: Agradece el gesto, toma el papelito (o el número si te lo dictan) y sonríe. No tienes que prometer nada. Un simple “Gracias, qué amable” es suficiente para salir del paso.
- La excusa universal de la prisa: “Qué pena, me tengo que ir volando, pero gracias por el gesto.” Es una salida limpia y entendible para casi cualquier situación.
- El compromiso vago: “Claro, lo anoto. Ya te echo un mensaje luego.” El “luego” puede ser tan elástico como tu conciencia te lo permita, o directamente, nunca llegar.
- La sinceridad, si te atreves: Si la intensidad es demasiada y sientes que no hay compatibilidad, puedes decir amablemente: “Aprecio el gesto, pero creo que no es lo que busco ahora mismo”. Esto requiere un poco más de valor, pero es la opción más honesta.
No se trata de ser grosero o de cerrar puertas, sino de respetar tus propios límites y de entender que no todas las invitaciones a conectar tienen que ser aceptadas. Al final, la comunicación es una vía de dos sentidos. Si alguien te lanza una bola de boliche esperando que la regreses, sin haberte siquiera invitado a jugar, es natural que te tomes tu tiempo para decidir si quieres entrar al juego. Porque en el vasto mundo de las conexiones humanas, no todas las proposiciones de “te doy mi whats” son un boleto a una historia épica, a veces solo son un viaje exprés a la saturación de contactos.
