El sadomasoquismo moderno

¿Te ha pasado que te encuentras en situaciones de la vida actual donde, a pesar de la incomodidad o el pequeño sufrimiento, hay algo que te engancha? Esa sensación agridulce que te hace seguir ahí, o que te empuja a repetir patrones aunque sepas que te van a dejar un gustito a derrota. Es una forma de disfrute peculiar, casi como una autoflagelación consentida que se ha vuelto parte del día a día. Hablamos de El sadomasoquismo moderno, esas pequeñas torturas que nos infligimos o aceptamos en el siglo XXI, y que nos hacen preguntarnos si de verdad estamos tan cuerdos como creemos.

La dulce agonía de la espera digital

Piensa en esto: le mandas un mensaje a esa persona que te tiene con el corazón en la mano. Lo envías y, en cuestión de segundos, sabes que lo vio. El “visto” aparece, luego el “en línea”, luego nada. Pasan los minutos, que se sienten como horas, y el celular se convierte en una extensión de tu angustia. Lo prendes, lo apagas, lo revisas por si se te pasó la notificación, lo guardas en el bolsillo y, a los diez segundos, ya lo sacaste otra vez. Esa espera eterna por una respuesta que, en el fondo, sabes que quizá nunca llegue o que será más seca que la carne de cocodrilo, es una de las grandes expresiones de El sadomasoquismo moderno.

Y qué decir de la legendaria friendzone. Ese limbo donde eres el mejor amigo, el confidente, el paño de lágrimas, la persona a la que le cuentan todos sus dramas amorosos, pero jamás el protagonista de su historia de amor. Te quedas ahí, escuchando sus quejas sobre otros, dándole consejos para conquistar a alguien más, y por dentro, una vocecita te dice “aguántate, carnal”. Es una decisión consciente de aceptar ese papel secundario, esa cercanía sin derecho a roce, esa amistad con un sabor amargo a lo que pudo ser. Una auténtica tortura que muchos deciden vivir.

La dieta en tiempos de antojo sin límites

Ahora, pongamos sobre la mesa una forma de masoquismo que nos toca a casi todos: la dieta. Imagínate el escenario: es mediodía, tienes hambre, y te obligas a comer una ensalada sin aderezo mientras tu celular te inunda con anuncios de tacos de carnitas, tortas ahogadas y las quesadillas más ricas de la cuadra. El Uber Eats te grita desde la pantalla que el chicharrón en salsa verde está a un clic de distancia. Cada mordisco a la lechuga es una puñalada de autodisciplina, y cada aroma que se cuela por la ventana es una tentación que resistes con uñas y dientes. Ese acto heroico de negarse el placer culinario en la era de la comida a domicilio es el súmmum de El sadomasoquismo moderno.

A esta lista de sufrimientos deliciosos podemos sumar otras joyas que nos hacen preguntarnos si de verdad estamos bien:

  • Ver la hora en el despertador a las 3 de la mañana y saber que tienes que levantarte en cuatro horas, pero aún así decides ver otro episodio de tu serie.
  • Entrar a redes sociales a ver las “vidas perfectas” de los demás cuando sabes que eso solo te hará sentir que tu vida es un desastre. Pero ahí sigues, deslizando el dedo.
  • Comprar esos zapatos que sabes que te sacarán ampollas, pero “se ven divinos”. Y luego aguantar el dolor toda la noche.
  • Intentar armar un mueble de esos que vienen en caja sin leer el instructivo, solo para probarte a ti mismo. Horas de frustración garantizadas.

Al final de cuentas, estas pequeñas y grandes batallas diarias, estos pequeños actos de “sufrimiento” voluntario, nos demuestran que el ser humano es un bicho raro. Quizás buscamos la emoción de la espera, la dulzura de la resignación o la satisfacción de haber resistido una tentación. Lo cierto es que estas peculiaridades de nuestra vida cotidiana son la prueba de que, a veces, nos gusta jugar un poco con el fuego, aunque nos queme un poquito. Son las ironías de vivir en el presente, donde el afán de sentir nos lleva a coquetear con lo agridulce de una manera muy particular.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com