Calificando la apariencia de las personas

Hay cosas que hacemos casi por inercia, como el chismorreo del vecino o el antojo de unos tacos al pastor a medianoche. Una de esas rarezas humanas es esa extraña costumbre de calificando la apariencia de las personas. De repente, nos encontramos mentalmente asignando un número, una categoría, o de plano, un “sí le doy” o “ni de chiste” a quien pasa por nuestro lado. Es un ejercicio tan común como ridículo, una especie de juego invisible donde todos somos jueces y sentenciados al mismo tiempo. Y aunque la mayoría de las veces este “juego” se queda en nuestra cabeza, la verdad es que influye más de lo que quisiéramos aceptar en cómo nos relacionamos y percibimos el mundo.

¿De dónde salió la extraña manía de calificando la apariencia de las personas?

Parece que el “rating” visual viene de lejos, como una especie de deporte olímpico no oficial. En algunos lugares, la cosa es muy directa: “esa es un 10” o “aquella no pasa de un 6”. Un sistema numérico que, se supone, resume toda la complejidad humana en un simple dígito. Pero aquí, en nuestras tierras, la cosa es más visceral, más directa, y quizá, más honesta (o cruda, según se vea). La pregunta no es “¿qué número le pones?”, sino “¿le das o no le das?”. Y ya sabemos a qué se refieren con “darle”: ¿tendrías un encuentro cercano del tercer tipo con esa persona o no? Un poco burdo, sí, pero es nuestra forma de calificando la apariencia de las personas a la mexicana.

El objetivo, en teoría, es simplificar la vida. En lugar de echarte un choro mareador describiendo si tiene ojos de gacela, sonrisa de comercial o cuerpo de sirena, sueltas un número o un veredicto tajante. Es una especie de taquigrafía social para comunicar rápidamente el “nivel de atractivo”. Sin embargo, esta simplificación tiene un lado oscuro, porque reduce a un ser humano completo a una simple calificación basada en lo superficial, ignorando todo lo demás que nos hace interesantes, chistosos o francamente irresistibles.

Más allá de los dígitos: La tiranía de la primera impresión

La bronca con esta manía de calificando la apariencia de las personas es que dejamos de lado un montón de detalles que hacen la verdadera diferencia. La chispa en la conversación, la ocurrencia para un chiste, la paciencia para escuchar un problema, o esa forma tan particular de bailar que te hace reír a carcajadas. ¿Dónde caben la inteligencia, el sentido del humor, la amabilidad o la personalidad arrolladora en una escala del 1 al 10? A veces, nos perdemos a personas increíbles solo porque nuestro algoritmo interno no les dio el “rating” suficiente a primera vista. Es como comprar un libro por la portada y no darle chance a la historia, que es lo que realmente importa.

Y la cosa se pone peor cuando el “sistema” empieza a influir en nuestras interacciones. De repente, parece que un “8” no puede aspirar a un “10”, o que un “6” debería conformarse con otro “6”. ¡Por favor! Eso es como creer que el precio de las tortillas es el mismo todos los días. La vida es mucho más caprichosa y divertida que eso. ¿Quién dice que el carisma, la inteligencia y un buen repertorio de chistes no pueden catapultar a un “7” hasta el olimpo de los “10” (o más allá)?

El reto de romper el algoritmo de la atracción

La verdad es que nadie tiene que vivir bajo la tiranía de una calificación ajena. Nuestro valor no está en un número asignado por otros, ni en el veredicto de un “le doy” anónimo. Si te sientes un “7” pero ves a un “10” que te parece interesante, ¿qué esperas? ¡Sonríele, échale un ojo, sácale plática! La confianza, la personalidad y el buen rollo pueden derribar cualquier barrera numérica.

Claro, si quieres saber “tu número” según el vulgo, no te lo preguntes a ti mismo. Uno siempre se sube dos o tres puntos, la autoestima es canija. La mejor manera es preguntar a tu amigo más sincero, ese que no tiene pelos en la lengua y te dirá la “verdad, cruel y cruda”. Pero incluso ese número es solo una opinión, una instantánea de un momento, y no define quién eres ni lo que puedes lograr. Al final, calificando la apariencia de las personas es un juego que podemos elegir jugar o no. Lo que realmente importa es cómo te sientes contigo mismo y lo que ofreces al mundo más allá de lo que se ve en el espejo. Porque, vamos, la vida es mucho más que un ejercicio de calificando la apariencia de las personas; es una novela llena de personajes complejos, no solo una lista de números.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com