Vejez prematura – cuando todavía te sientes joven

Estás formado en la fila del supermercado o esperando tu turno en el banco, traes puestos tus audífonos con esa lista de reproducción que consideras el pináculo del buen gusto musical y, de repente, sientes un toque en el hombro. Te giras esperando ver a alguien conocido, pero te encuentras con un adolescente que, con una educación que lastima, te dice: “Disculpe, señor, ¿me permite pasar?”. En ese preciso instante, la música se detiene en tu cabeza y el mundo se pone en pausa. Es un golpe de realidad brutal que te sacude el alma, porque ocurre justo cuando todavía te sientes joven y juras que proyectas una imagen fresca, casi como si acabaras de salir de la universidad, aunque la realidad es que tu credencial de elector tiene una fecha de nacimiento que ya no convence a los cadeneros del antro.

Ese momento marca el inicio de una etapa confusa pero divertida, donde la mente y el cuerpo parecen haber firmado un divorcio sin avisarte. Nos convertimos en miembros honorarios del club de los “chavorucos”, ese limbo existencial donde nos negamos a soltar la chamarra de mezclilla y los tenis de edición especial, mientras nuestro organismo empieza a exigir fibra y almohadas ortopédicas. No es que queramos aferrarnos al pasado, es que simplemente la transición fue traicionera; un día estabas organizando el plan para el fin de semana sin hora de regreso, y al siguiente estás emocionándote porque encontraste una oferta increíble en sartenes de teflón o suavizante de telas.

Señales inequívocas de que la edad te alcanzó cuando todavía te sientes joven

La negación es la primera fase del duelo por la juventud perdida. Intentas convencerte de que el término “señor” fue un error de percepción del muchacho, seguramente porque traía prisa o porque la iluminación del lugar no te favorecía. Sin embargo, hay indicadores fisiológicos y sociales que no mienten y que confirman que la madurez ha llegado para quedarse, aunque tú sigas usando playeras de bandas de rock de los noventa. Aquí te dejamos algunas situaciones que confirman este diagnóstico:

  • El cuerpo como barómetro: Antes podías comer tacos con mucha salsa a las tres de la mañana y dormir como bebé. Ahora, el simple hecho de cenar pesado después de las ocho de la noche te garantiza una batalla épica contra las agruras y el reflujo, obligándote a dormir casi sentado.
  • La cruda de tres días: Salir de fiesta cuando todavía te sientes joven es un deporte extremo. Lo que antes se curaba con unos chilaquiles y una bebida hidratante, ahora requiere 72 horas de reposo absoluto, oscuridad total y un juramento solemne de “nunca lo volveré a hacer”.
  • El ruido te ofende: Te descubres a ti mismo bajándole el volumen a la música del coche para “ver mejor” cuando buscas una dirección, o peor aún, te conviertes en el vecino que se queja porque la reunión de al lado está muy ruidosa pasadas las once de la noche.
  • Desconexión de la moda: Ves a la “chaviza” usando ropa que tú consideras ridícula o peinados que no entiendes, y sueltas la frase de tía por excelencia: “¿A poco así salen a la calle?”.

La brecha generacional es otro campo minado. Intentar estar “en la onda” se vuelve una tarea titánica porque el internet y las tendencias cambian a una velocidad que nuestros procesadores mentales ya no alcanzan a decodificar. Usar las palabras de moda fuera de contexto o intentar grabar un video para la red social del momento puede resultar en un acto de comedia involuntaria para los verdaderos jóvenes, quienes nos ven con una mezcla de ternura y pena ajena. Es duro aceptar que para ellos somos lo que para nosotros fueron nuestros padres, figuras de autoridad que no saben cómo reiniciar el módem o que imprimen los correos electrónicos.

Sin embargo, no todo es tragedia en este escenario. Llegar a este punto cuando todavía te sientes joven tiene sus ventajas innegables. Ahora, a diferencia de cuando tenías veinte, probablemente tienes el presupuesto para comprarte esos juguetes que siempre quisiste, ya sea una consola de videojuegos de última generación o ese viaje que pospusiste por años. La “chavorruquez” te da la libertad de disfrutar lo mejor de dos mundos: la experiencia para no cometer los mismos errores tontos de la inmadurez y la energía suficiente (con ayuda de un buen café) para seguir disfrutando de la vida, aunque ahora prefieras una cena tranquila con vino en lugar de empujones en un concierto masivo.

Al final del día, lo importante es abrazar esta nueva identidad con dignidad y mucho sentido del humor. No tiene nada de malo que te digan señor o señora si portas el título con estilo. Las canas, las líneas de expresión y hasta ese dolorcito en la rodilla cuando va a llover, son medallas de batalla de una vida que se está disfrutando. Así que la próxima vez que alguien te ceda el asiento en el transporte público, no te ofendas; acéptalo con una sonrisa, siéntate cómodamente y disfruta el viaje, recordando que la verdadera juventud se lleva en la actitud, incluso cuando todavía te sientes joven pero tu espalda baja opine lo contrario.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com