Nunca hay churros cuando uno quiere comprar churros

Seguro te ha pasado, que te llega ese antojo repentino que te asalta sin previo aviso, esa necesidad imperiosa de un placer culposo que te hace salivar. En mi caso, la víctima de mis antojos es el churro. Sí, esa fritura azucarada que, inexplicablemente, desaparece del mapa cuando más la necesito; como una ley no escrita, una conspiración universal: ¡nunca hay churros cuando uno quiere comprar churros!

Es como si el universo se burlara de nosotros. El día anterior, ¡juro que había puestos de churros en cada esquina! Ambulantes, locales establecidos, hasta el señor del carrito en la puerta del metro ofrecía estas delicias. Pero, oh, sorpresa, en el momento en que mi cerebro grita “¡CHURROS!”, el panorama se vuelve desolador.

¿A dónde se fueron? ¿Acaso se esconden de mí? ¿Será que huelen mi desesperación y se niegan a saciar mi antojo? Es una tortura, una cruel ironía que solo los amantes de los churros podemos entender.

Cuando los churros eran la plaga de la ciudad

Hace no mucho, los churros eran una plaga. Invadían las calles, los parques, hasta los sueños. Los vendedores ambulantes gritaban a todo pulmón: “¡Churrrroooos!”, como si quisieran hipnotizarnos con su dulce canto. Y nosotros, los mortales, resistíamos estoicamente, pensando: “No, gracias, hoy no quiero comprar churros“.

¡Qué ingenuos éramos! No sabíamos que estábamos viviendo en la edad de oro del churro, en la época en que la abundancia era tal que podíamos darnos el lujo de rechazar su sabor. Ahora, en cambio, añoramos esos tiempos, rogamos por un simple churro que calme nuestra ansiedad.

La búsqueda de churros se convierte en una obsesión. Recorro calles, avenidas, plazas comerciales, pregunto a desconocidos, reviso aplicaciones de comida a domicilio… ¡nada! Los churros se han esfumado, dejando tras de sí un vacío existencial.

Entre más busco, menos encuentro, y más me obsesiono. Es un círculo vicioso, una espiral de desesperación que me consume por dentro. Empiezo a cuestionarme mi cordura, a dudar de mi percepción de la realidad. ¿Acaso estoy alucinando? ¿Será que los churros nunca existieron y todo fue un invento de mi imaginación?

La moraleja churril: valora lo que tienes (antes de que desaparezca)

Después de horas de búsqueda infructuosa, llego a una conclusión: la vida es como los churros, nunca los valoramos hasta que los perdemos. Cuando están disponibles, los damos por sentado, los ignoramos, incluso los despreciamos. Pero, en el momento en que desaparecen, nos damos cuenta de lo mucho que los necesitábamos.

Así que, la próxima vez que veas un puesto de churros, no lo dudes: ¡compra churros! Disfruta de su sabor, de su textura crujiente, de su dulce aroma. Porque nunca sabes cuándo será la última vez que tengas la oportunidad de comprar churros.

Y si, por el contrario, no encuentras churros por ningún lado, no te desanimes. Recuerda que la vida está llena de sorpresas, y que tal vez, en el momento menos esperado, un churro aparezca mágicamente para alegrarte el día.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com