Las relaciones románticas más que amor una transacción

Seguro te ha tocado ver en redes sociales o escuchar en alguna plática de café ese chisme viral de hace tiempo sobre una modelo que, sin pelos en la lengua, publicó una carta buscando un marido con mucha lana. La chava decía que estaba muy guapa, con mucha clase y que no aceptaba a nadie que ganara menos de medio millón de dólares al año. La neta, se pasó de lanza al preguntar dónde se escondían los solteros ricos y qué profesión debían tener para que ella pudiera vivir con todos los lujos posibles. Lo que no se esperaba era que un ejecutivo de Wall Street le respondiera con una lógica financiera tan fría que hasta a nosotros nos dio escalofríos, explicándole que, desde el punto de vista de los negocios, casarse con ella era una inversión con una pérdida asegurada porque la belleza se devalúa y el dinero no.

Esta historia nos pone a pensar si de plano ya perdimos el rumbo, porque hoy en día muchas relaciones románticas parecen más un contrato de compra-venta que un compromiso de corazón. El banquero le dejó claro que ella era un “activo que se deprecia”, mientras que el dinero es algo que rinde dividendos. Con el paso de los años, ella dejaría de ser tan atractiva, mientras que la cuenta de banco del millonario seguramente seguiría creciendo. Por eso, el tipo le sugirió que en lugar de buscar que alguien la “comprara” (casamiento), mejor se ofreciera en “alquiler”. Suena gacho, pero aterrizó el asunto a un nivel tan práctico que muchos hombres le aplaudieron, mientras que a muchas mujeres les pareció una falta de respeto total llevar los sentimientos a un terreno tan mercantil.

Intercambios y expectativas en las relaciones románticas

El problema de ver a la pareja como un cajero automático o como un trofeo de exhibición es que nos olvidamos de lo que realmente sostiene a dos personas juntas cuando las cosas se ponen color de hormiga. Aquí te dejamos algunos puntos para entender por qué este enfoque transaccional está tan de moda, aunque nos duela aceptarlo:

  • Muchas personas ven el compromiso como una forma de subir de nivel social, buscando estabilidad económica antes que afinidad emocional.
  • El mercado de las citas a veces parece un catálogo de ventas donde lo que importa es el “empaque” y cuánto presupuesto traes en la cartera.
  • Existe una tendencia a evaluar al otro por lo que puede ofrecernos materialmente, dejando de lado los valores y la personalidad.
  • Cuando la relación se basa en el puro interés, en cuanto el “activo” pierde su valor (ya sea por falta de dinero o por el paso del tiempo), el contrato se rompe sin más ni más.

La neta es que, cuando las relaciones románticas se tratan únicamente de ver qué obtengo del otro, estamos cayendo en una dinámica muy parecida a lo que algunos llaman el oficio más viejo del mundo, pero con un nombre más elegante. Si una chava solo sale con alguien porque la lleva a restaurantes caros o le compra bolsas de marca, y el chavo solo está con ella para presumir a una mujer bonita del brazo, no hay amor, hay un intercambio de servicios. Lo triste es que en la actualidad esto se ha vuelto el pan de cada día y nos estamos acostumbrando a que todo tenga un precio, incluso el tiempo que pasamos con la persona que se supone que es nuestra media naranja.

Lo que la modelo de la historia nunca consideró es que la verdadera clave para estar con alguien que lo tenga todo no es la apariencia física ni la estrategia de mercado, sino el amor de verdad. A lo mejor suena muy romántico o fuera de época, pero la única forma de que una pareja aguante el paso de los años y todas las devaluaciones de la vida es que exista una conexión real. Cuando basas tu valor en algo que se acaba, como la juventud, te pones en una posición muy vulnerable. En cambio, si las relaciones románticas se construyen sobre el apoyo mutuo y el cariño sincero, no importa si la bolsa de valores se cae o si te salen un par de arrugas.

Es importante darnos cuenta de que, aunque el mundo nos presione para ser “exitosos” y tener una pareja de revista, al final lo que cuenta es con quién puedes platicar a gusto y quién te va a cuidar cuando te enfermes. Si entramos al juego de las transacciones, siempre habrá alguien más joven o con más dinero que nosotros. Por eso, buscar la felicidad en el bolsillo ajeno es una apuesta muy arriesgada que casi siempre termina en soledad. Al final del día, lo que hace que una unión valga la pena no es el contrato matrimonial como una compra, sino la voluntad de construir algo juntos donde el beneficio más grande sea simplemente estar bien el uno con el otro, sin etiquetas de precio ni fechas de caducidad.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com