J. J. Abrams en la saga Star Wars
Entrarle a una franquicia tan pesada como esta no es cualquier cosa, y la neta es que el director llegó con toda la actitud de un chavo que quiere impresionar en su primera chamba importante. Cuando supimos que J. J. Abrams estaría al mando del séptimo episodio, muchos pensamos que la magia regresaría por fin después de años de pura precuela que dividió a la banda. Al principio todo era risas y emoción, porque el tipo sabe cómo vender espejitos y ponernos la piel de gallina con pura nostalgia de la buena, pero conforme avanzaron las entregas, nos dimos cuenta de que tal vez el plan de vuelo no estaba tan claro como nos hicieron creer y que la emoción inicial se nos iba a ir desinflando como globo de fiesta después de un rato.
El impacto de J. J. Abrams en la trilogía moderna
La verdad es que su estilo de cajas de misterio funciona rebién para dejarnos picados, pero el problema es cuando llega el momento de abrir los regalos y resulta que adentro solo hay más dudas. En su paso por la galaxia, J. J. Abrams se enfocó tanto en hacernos sentir como cuando éramos morritos viendo las originales que se le olvidó construir algo que se sostuviera por sí solo. Es como cuando vas por unos tacos y te sirven un montón de salsa pero la carne está medio equis; te pica, te gusta el sabor, pero te quedas con un hueco en la panza. Al final, su legado se siente como una montaña rusa que sube con muchísima fuerza pero que a la mitad se queda sin luz y te deja colgado, esperando un cierre que nunca terminó de cuajar por completo.
- El uso excesivo de recursos visuales para tapar baches en el guion se volvió una constante que cansó a los fans más clavados.
- Intentar complacer a todo el mundo terminó por no dejar satisfecho a casi nadie, especialmente con los giros de tuerca tan sacados de la manga.
- La falta de una estructura clara desde el inicio hizo que cada película se sintiera como si estuvieran improvisando sobre la marcha.
Se aventó el tiro de cerrar una historia de décadas y ahí fue donde la puerca torció el rabo. Muchos fans sienten que, con el último episodio, resultó más caro el caldo que las albóndigas, porque gastaron una millonada en efectos visuales increíbles y en traer de vuelta a personajes legendarios, solo para darnos una trama que se sentía más forzada que unos zapatos que no te quedan. La visión de J. J. Abrams intentó arreglar lo que otros deshicieron y terminó armando un relajo que todavía hoy genera discusiones interminables en los foros y redes sociales. No se puede negar que el cuate tiene talento para el espectáculo, pero le faltó esa chispa de coherencia que hace que una producción pase de ser un éxito de taquilla a un clásico de verdad que aguante varias vueltas sin que le encuentres mil errores.
Quedarse con un sabor agridulce es lo más común entre quienes siguieron este viaje desde el principio. Aunque le agradecemos que nos devolviera la esperanza por un rato, es difícil no pensar que J. J. Abrams pudo haber hecho algo mucho más sólido si no se hubiera perdido tanto en el fan service barato. Al final del día, las películas ahí quedan para el análisis de cada quien, pero la lección es clara: no basta con tener los juguetes más caros si no sabes bien qué historia quieres contar con ellos. La galaxia es enorme y siempre habrá espacio para nuevos directores, pero el paso de este cineasta siempre será recordado como ese intento ambicioso que se quedó a medio camino entre la gloria y el simple recuerdo de lo que pudo ser si le hubieran echado más ganas al libreto.