Hay mucha maldad en este mundo
A veces vas caminando por la calle, con tu café en la mano y la mejor actitud, cuando de pronto alguien se te cierra en el tráfico o te empuja sin pedir perdón, y es ahí cuando te das cuenta de que hay mucha maldad en este mundo. No hablamos de villanos de película con capa y risa macabra, sino de esa gente que parece disfrutar de las pequeñas tragedias ajenas, como el que se acaba el garrafón del agua y no lo cambia o el que deja el carrito del súper estorbando en medio del pasillo. Esos actos de mala onda nos hacen pensar que, efectivamente, la civilidad está colgando de un hilo y que algunos nacieron con el único propósito de picarle las costillas a la paciencia ajena. Lo más curioso es que, por más que intentemos ser zen, siempre aparece un personaje que nos hace sacar nuestro lado más florido y nos obliga a preguntarnos qué mosca le picó a la humanidad para volverse tan hostil en las cosas más simples.
La teoría de que existen entes o demonios susurrándole cochinadas al oído a la gente empieza a cobrar mucho sentido cuando analizas ciertos comportamientos. Imagínate que vas por la vida tranquilo y de repente una vocecita interna te dice: “ándale, cuéntale a todos ese chisme que te juraron no decir”, y ¡pum!, caes en la tentación. Esa maldad en este mundo podría estar impulsada por pequeños duendes del caos que se alimentan de nuestra falta de autocontrol y de esas ganas de ver el mundo arder aunque sea un poquito. No es que seamos malas personas por naturaleza, pero a veces parece que el cerebro se nos desconecta y dejamos que esos impulsos oscuros tomen el volante, llevándonos a hacer cosas que después nos dan una cruda moral del tamaño de un estadio. Es casi una lucha constante entre nuestro ángel que nos pide ser amables y ese demonio latoso que nos sugiere ser el villano de la historia por pura diversión.
Entendiendo la maldad en este mundo con humor
Hay niveles de fechorías y están los que de plano se pasan de lanza con su creatividad para molestar. Existe una maldad en este mundo que es sutil pero destructiva, como cuando alguien te recomienda una serie buenísima sabiendo perfectamente que el final es una porquería, solo para que pierdas diez horas de tu vida. Ese tipo de gente no tiene perdón y seguramente tiene un lugar reservado en el rincón más caluroso del olvido. También están los que se meten en la fila de las tortillas con un descaro impresionante, mirando hacia el horizonte como si no supieran que hay veinte personas atrás de ellos queriendo aplicarles una llave de lucha libre.
Para que identifiques a esos agentes del caos que andan sueltos, aquí te dejamos algunas de sus tácticas más comunes para arruinarte el día:
- Hacer un spoiler de la película que mueres por ver justo cuando estás entrando a la sala.
- Dejar la caja del cereal en la alacena cuando solo queda polvo y un cuarto de hojuela.
- Poner el despertador a las seis de la mañana en un día feriado y dejar que suene por media hora.
- Pedir tacos “con todo” y luego estarse quejando de que la cebolla les hace daño, quitándole la magia al momento.
- No avisar que hay un bache gigante para ver cómo los demás caen y se les vuela un tapón del coche.
A pesar de que parece que la balanza está inclinada hacia los que disfrutan haciendo la vida de cuadritos a los demás, todavía queda esperanza en este relajo. La clave para no dejarse consumir por la maldad en este mundo es aprender a reírse de las situaciones absurdas y no tomarse tan en serio las groserías de los extraños. Si alguien te hace una gacha, en lugar de engancharte y echarle toda la mala vibra, mejor piensa que seguramente tiene un duendecillo muy insistente en el hombro y que tarde o temprano la vida le va a cobrar la factura. Mantener el buen humor es la mejor defensa contra esos entes que quieren vernos amargados y quejándonos de todo por el simple hecho de que el sol salió muy fuerte o porque el café no tiene suficiente azúcar.
En lugar de convertirnos en otro engranaje de esa maquinaria de malos tratos, podemos elegir ser los que corten la cadena de negatividad con una sonrisa o, de menos, con un sarcasmo bien aplicado que no lastime a nadie. Hay que cuidar que nuestros propios susurros internos no nos conviertan en aquello que tanto criticamos, porque al final, la verdadera victoria es llegar a la cama sabiendo que no le arruinamos el día a nadie de manera consciente. La vida ya es lo suficientemente complicada como para andar echándole más leña al fuego de la discordia; mejor hay que enfocarse en disfrutar de las cosas buenas, ignorar a los que tienen el alma de color chapopote y seguir adelante con la frente en alto y el sentido del humor bien afilado para lo que venga.

