Por qué tenemos miedo y para qué sirve

Seguramente les ha pasado que están bien tranquilos en su cama a las tres de la mañana y, de la nada, escuchan que una bolsa de papas cruje en la cocina. En ese microsegundo, su corazón empieza a latir como si estuvieran en medio de un concierto de reggaetón, las manos les sudan y ya están pensando si el fantasma de la tía abuela vino a visitarlos o si un intruso quiere robarse el mandado. Esa sensación tan intensa y a veces bastante molesta es parte de nuestra programación básica desde que vivíamos en cuevas. Entender por qué tenemos miedo es fundamental para darnos cuenta de que no estamos locos ni somos cobardes, sino que nuestro cuerpo tiene un sistema de seguridad mejor que el de cualquier aplicación de vigilancia moderna. Es una respuesta biológica que nos ha mantenido vivos como especie, evitando que nos acerquemos a acariciar a un tigre solo porque se veía pachoncito.

El cerebro tiene una pequeña parte llamada amígdala que funciona como un guardia de seguridad bastante paranoico. Cuando detecta algo extraño, manda una señal de alerta que libera un coctel de hormonas, principalmente adrenalina y cortisol, para prepararnos para dos opciones: salir corriendo como si no hubiera un mañana o armarnos de valor y pelear. El problema es que este guardia no siempre sabe distinguir entre un peligro real, como un perro rabioso persiguiéndonos por la banqueta, y un peligro imaginario, como pensar en el oso que vamos a hacer si hablamos en público. Analizar por qué tenemos miedo nos revela que esta emoción sirve para agudizar nuestros sentidos; por eso, cuando estamos asustados, oímos hasta el vuelo de una mosca y nuestras pupilas se dilatan para ver mejor en la oscuridad de la sala mientras buscamos la chancla para defendernos.

Entendiendo por qué tenemos miedo en la vida diaria

En la actualidad, ya no tenemos que huir de mamuts, pero los peligros han evolucionado a cosas mucho más mundanas pero igual de aterradoras para nuestra paz mental. Ahora, el pánico se activa por situaciones que no ponen en riesgo nuestra vida, pero sí nuestra reputación o nuestra cartera. Por ejemplo, el sudor frío que sentimos cuando vemos que el vecino con el que tuvimos un roce por el cajón del estacionamiento viene caminando hacia nosotros, o ese vacío en el estómago cuando recordamos que no hemos cumplido con las expectativas de nuestros jefes o de nuestra familia. Estos son miedos sociales que, aunque no nos van a comer, activan la misma alarma cerebral. Aquí les dejo algunos de los escenarios donde esta emoción suele aparecer sin invitación:

  • El temor a quedarnos sin datos en el celular cuando más los necesitamos.
  • Ese pánico nivel dios cuando pasas por un pasillo oscuro después de ver una película de exorcismos.
  • La ansiedad de pensar que dejaste la estufa prendida a mitad de la fiesta.
  • El miedo a que te dejen en visto después de confesar tus sentimientos por mensaje.

Vivir con el susto pegado al cuerpo de forma prolongada es donde la cosa se pone color de hormiga. Si bien la respuesta de alerta es útil para reaccionar rápido, quedarnos en ese estado de alerta por mucho tiempo es como dejar el motor de un coche encendido a máxima potencia sin avanzar: tarde o temprano algo se va a quemar. El estrés crónico derivado de preguntarnos constantemente por qué tenemos miedo ante situaciones que no podemos controlar, como el futuro o la opinión de los demás, termina afectando nuestro sistema inmune, nos quita el sueño y nos pone de un humor de perros. Es vital aprender a identificar cuándo el temor es una brújula que nos dice “¡aguas!” y cuándo es solo un ruido mental que nos impide disfrutar la salida con los amigos o ese proyecto que tanto queremos empezar pero que nos da pavor fallar.

Sentir ese hueco en la panza es la prueba de que estamos vivos y de que nuestro organismo se preocupa por nosotros, aunque a veces se pase de dramático. No se trata de no sentir nada y ser de piedra, sino de aceptar que esa emoción está ahí para avisarnos algo. La próxima vez que sientan que las piernas les tiemblan antes de una entrevista de trabajo o al ver una araña en el baño, respiren profundo y recuerden por qué tenemos miedo: es solo su cuerpo intentando ser un superhéroe, aunque a veces exagere un poquito con los efectos especiales. Al entender la función de este mecanismo, podemos tomar el volante de nuestras decisiones y no dejar que el pánico sea el que maneje nuestra vida, permitiéndonos enfrentar esos retos cotidianos con un poco más de calma y mucha más chispa.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com