Infantilizarte en ciertos ambientes
Hay algo curioso que sucede cuando un adulto, ya sea que tenga veinte, treinta o más, se encuentra en ciertos espacios o con algunas personas. De repente, la pose de seriedad, la agenda apretada y las preocupaciones se esfuman para dar paso a una versión mucho más joven de uno mismo. Es como si una parte del cerebro dijera: “¡Alerta, zona segura! Hora de sacar al niño interior (y a veces, hasta al bebé)”. Esta particularidad de infantilizarte es un fenómeno que muchos experimentan, a menudo sin darse cuenta, y que tiene su encanto.
No es que de la noche a la mañana se te olviden tus responsabilidades o que renuncies a tu madurez. Más bien, es una especie de mecanismo de descarga. Imagina que pasas todo el día resolviendo problemas, tomando decisiones importantes o lidiando con el estrés del trabajo o la vida cotidiana. Cuando llegas a ese “santuario” –que bien puede ser la casa de tu mamá, el hogar que compartes con tu pareja o incluso un grupo de amigos de confianza–, el cerebro simplemente decide que es tiempo de echar relajo y dejarse apapachar. Es una licencia tácita para quitarse la armadura de adulto por un rato.
La magia de infantilizarte: ¿por qué nos sale?
Uno de los ejemplos más claros es cuando el adulto, de repente, se encuentra frente a su madre. Ese mismo ser que en la oficina es una lumbrera, un líder indiscutible o un estratega nato, en cuanto cruza el umbral materno, puede empezar a hablar con voz “de hijito”, a pedir que le sirvan su comida favorita o a esperar que le resuelvan pequeños caprichos. “¿Me pelas la fruta, mami?”, “¿No tienes un postrecito que me guardaste?” o el clásico “Me siento mal, ¿me haces un caldito?”, son frases que resuenan en muchos hogares. El acto de infantilizarte en estos momentos es casi un reflejo condicionado, una forma de revivir la comodidad de ser el centro de atención sin la carga de la adultez.
Este comportamiento no se limita solo a la presencia materna. También ocurre con una pareja con la que se tiene mucha confianza. Los arrumacos exagerados, los juegos sin sentido o incluso los “berrinches” controlados por algo tan trivial como no encontrar el control remoto, son manifestaciones de esa parte lúdica que resurge. Incluso con las mascotas, es común adoptar una voz más aguda y un lenguaje más simple, como si estuviéramos hablándole a un verdadero bebé. La libertad de ser uno mismo, sin filtros ni juicios, permite que este lado juguetón y dependiente salga a flote, demostrando que infantilizarte es parte de la condición humana en ambientes de total seguridad.
El humor de estas situaciones radica en la contradicción entre la imagen pública de una persona y su conducta privada en estos ambientes. Es un recordatorio de que, sin importar la edad, todos conservamos un pedacito de aquella persona que fuimos de niños. Es una forma sana de liberar presiones, de conectarse con la simplicidad de la niñez y de permitirse ser cuidado, aunque sea por un momento. Mientras sea en el contexto adecuado y no afecte a nadie, ¿por qué no disfrutar de la comodidad de ser un poco menos “grande” de vez en cuando? Al final, son esos pequeños escapes los que nos recargan y nos permiten volver a la realidad con una mejor disposición.
Este peculiar rasgo de nuestra personalidad, esa capacidad de dejar de lado la seriedad para abrazar una versión más ingenua de nosotros, nos recuerda que la vida adulta no tiene por qué ser siempre rígida. Permite un respiro, una pausa en el camino, y demuestra que la conexión emocional profunda con ciertas personas o lugares puede desatar un lado entrañable y a veces muy divertido. Así que, la próxima vez que te sorprendas infantilizarte, tómalo con una sonrisa; es solo una muestra más de lo complejos y auténticos que somos.