¿Diferencia entre probabilidad y posibilidad?

A veces, las palabras son bien pícaras y nos hacen creer que son lo mismo, cuando en el fondo guardan sus propias sutilezas. Las palabras probabilidad y posibilidad son un par de esas que, a primera vista, parecen hermanas idénticas, pero si nos clavamos un poquito, descubrimos que tienen sus propias broncas y cada una juega un papel diferente. ¿Te ha pasado que te emocionas con algo porque lo ves “posible” y luego te llevas un chasco porque la “probabilidad” te mandó por un tubo? Esa es la onda. La distinción entre ellas no es solo un capricho de los lingüistas, sino una brújula útil para entender mejor el mundo y, de paso, para no crearnos falsas ilusiones.

El espacio de lo posible: Lo que sí o sí puede ser

Pensemos en la posibilidad. Este concepto es como un universo gigantesco donde cualquier cosa que no sea totalmente ilógica o que no rompa las leyes fundamentales de la existencia, puede entrar. Hablamos de algo que “puede suceder” o “puede existir”, sin meternos en el chisme de qué tan seguido pase o si es un evento raro. Es un concepto bien amplio, que abre un abanico de opciones. Por ejemplo, es posible que un día de estos un marciano aterrice en tu jardín (sí, suena a película, ¡qué locura!), o es posible que te ganes la lotería sin haber comprado un solo cachito. Ambas ideas son, en teoría, posibles; no hay nada que lo prohíba de tajo, aunque una sea una fantasía y la otra una utopía. La posibilidad no se preocupa por los números, ni por qué tan seguido ocurre algo. Simplemente nos dice que la puerta está abierta para ese evento, aunque la probabilidad de que suceda sea nula o muy baja.

Probabilidad y posibilidad: Cuando la certeza se mide

Ahora, la probabilidad es la que le pone números a ese universo de lo posible. Esta sí es la que agarra su calculadora y, basándose en datos, estadísticas y eventos pasados, nos dice qué tan factible es que algo que es posible, realmente ocurra. Es la que nos aterriza y nos susurra al oído: “Mira, sí, es posible que te encuentres un marciano, pero la probabilidad de que eso pase es de cero”. O, volviendo a lo de la lotería, es posible que la ganes, pero la probabilidad de que lo hagas sin comprar boleto es nula, y con boleto, es una en muchísimos millones.

Aquí la cosa cambia porque la probabilidad no solo se pregunta si algo “puede ser”, sino “¿qué tan seguro es que sea?”. Considera estos ejemplos:

  • Es posible que llueva mañana, pero la probabilidad de lluvia puede ser del 80% (si los meteorólogos lo indican) o del 10% (si estamos en plena temporada de secas y no hay nubes a la vista).
  • Es posible que tu equipo favorito gane el campeonato, pero la probabilidad de que eso suceda depende de su desempeño en la temporada, de sus jugadores y de sus rivales.
  • Es posible que apruebes ese examen complicadísimo, pero la probabilidad es considerablemente más alta si le dedicaste horas al estudio que si ni siquiera abriste el libro.

Entender la diferencia entre probabilidad y posibilidad es fundamental para no andar por la vida con la cabeza en las nubes. Si confundimos lo que es simplemente posible con lo que es probable, corremos el riesgo de crearnos expectativas irreales que solo nos llevarán a la frustración.

La importancia de no confundir los términos

No es solo un juego de palabras; la probabilidad y posibilidad son herramientas para tomar decisiones más sensatas y para no llevarnos desilusiones innecesarias. Cuando la mente confunde una con la otra, podemos invertir tiempo, esfuerzo y hasta dinero en metas que, aunque en el espectro de lo posible, tienen una probabilidad de éxito prácticamente inexistente. Y cuando el resultado esperado no llega, la decepción puede ser bastante gacha.

Piénsale un poco:

  • Si alguien te dice que “es posible” que te consiga un puesto de ensueño en una empresa porque tiene un conocido, es muy distinto a que te asegure que la “probabilidad” es alta porque tu currículum es sobresaliente y tienes una experiencia que nadie más tiene.
  • Es posible que un negocio nuevo te haga millonario de la noche a la mañana, pero la probabilidad de que eso ocurra sin un plan sólido, mucho trabajo y algo de suerte, es mínima.

Saber distinguir entre estos dos conceptos nos ayuda a enfocar nuestra energía de manera más inteligente. Nos permite priorizar lo que tiene más chances de salir bien, en lugar de perseguir solo lo que “podría” pasar. Así, nuestras expectativas se ajustan más a la realidad que nos rodea y evitamos muchos tragos amargos. Es como cuando el personaje principal de esa película que nos hace llorar, “En busca de la felicidad”, le explicaba a su hijo la diferencia entre el dinero que podían ganar y el que realmente les pagarían. No es lo mismo tener la capacidad de hacer algo que las chances reales de que suceda.

Entonces, la próxima vez que te venga una idea a la cabeza o te plantees un escenario, tómate un respiro y pregúntate: ¿Es solo posible? ¿O tiene una buena probabilidad de ocurrir? Ahí está el secreto para evitar desilusiones y para enfocar tus esfuerzos en lo que de verdad cuenta.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com