Cuando dices: me vale madres

La vida es un vaivén, un sube y baja de emociones. Hay días que uno amanece con el pie derecho, con ganas de comerse el mundo, y otros en los que parece que todo se confabula para ponerle a prueba la paciencia. Y es justo en esos momentos de exasperación, cuando sientes que una vena te palpita en la sien, que la boca te traiciona y sueltas un sonoro: “¡Ay, a mí me vale madres!” Pero la verdad es que, en el fondo, ese “me vale madres” suele ser la cortina de humo perfecta para ocultar que, en realidad, te está llevando el demonio por dentro. Es una contradicción tan común como pedir chiles toreados y luego decir que no pican.

El arte de decir que “me vale madres” cuando no te vale

Piénsalo bien. ¿Cuántas veces has soltado esa frase mágica en situaciones donde tu interior era un volcán a punto de erupcionar? Un colega que te atribuye un error que no cometiste, un conductor que se te cierra en el tráfico, o incluso esa persona que no entiende las indirectas. Ante el coraje, el disgusto o la frustración, la reacción inmediata es un: “No, pues a mí me vale madres lo que pase/diga”. Es una respuesta que busca proyectar una imagen de indiferencia total, de serenidad inquebrantable, cuando por dentro estás listo para aventar la chancla y gritar a los cuatro vientos.

Esta declaración de falsa desinterés es casi un ritual. Sirve para:

  • Evitar una confrontación directa: Es más fácil simular desapego que entrar en una discusión acalorada.
  • Proteger tu ego: No quieres que la gente vea lo mucho que algo te ha afectado.
  • Ganar tiempo: Dices que no te importa mientras procesas el torrente de emociones.
  • Intentar convencerte a ti mismo: A veces, repetirte que “me vale madres” es un intento desesperado de que realmente te valga.

El truco es que, por más que te esfuerces, el lenguaje corporal casi siempre te delata. Los puños apretados, la mirada intensa, el tono de voz ligeramente más agudo… todo grita lo contrario a tu supuesta indiferencia.

Cuando por dentro la cosa se pone fea: ese momento en que me vale madres

No hay forma de negarlo. Hay ocasiones en las que la molestia es tal que uno quisiera tener un botón para apagar el mundo. Es cuando sientes que te lleva la que te trajo, que la paciencia se te esfumó como agua entre los dedos. Y si bien ya dejé de decir groserías cada que abro la boca, y he aprendido a contar hasta diez, hay ciertos momentos donde la única forma de expresar el nivel de enfado es con un buen repertorio de maldiciones internas.

Si decimos que me vale madres es porque algo nos está picando fuerte. Es esa sensación de que todo lo que te molesta se acumula y necesitas soltarlo, aunque sea de forma disimulada. No es que busques culpables, pero sí anhelas que la persona o situación que te puso de ese humor pague un poco tu malestar.

Recuerdo la semana pasada, me sentía así. Me había caído una bronca de un lado que no esperaba y solo podía decir para mis adentros: “Ay, a mí me vale madres lo que piensen o lo que hagan”. Pero mi cara, mis gestos, todo indicaba lo contrario. Estaba que echaba chispas. Por más “cool” que quise verme, por más que intenté disimular mi enojo, es imposible. Porque cuando a uno le vale de verdad, no hay necesidad de decirlo.

El verdadero significado de “me vale madres”

La paradoja es que la verdadera definición de que a uno “le valga madres” implica una completa ausencia de preocupación, interés o afectación. Si algo de verdad no te importa en lo más mínimo, ni siquiera lo mencionas. Simplemente, no existe en tu radar. Por eso, cuando alguien suelta un “a mí me vale madres”, suele ser una señal inequívoca de que sí le importa, y mucho. Es un intento de convencer al mundo, y a sí mismo, de que ese algo no le afecta ni tantito.

Es muy diferente cuando no haces ni dices nada. Es en ese momento, cuando reina la indiferencia genuina, que en verdad no te importa en lo más mínimo. Si alguien de verdad me vale madres, mi reacción es nula. No hay respuesta, no hay enfado, solo vacío. La indiferencia es el silencio.

Así que, si quieres disimular tu enojo y hacer como que nada te afecta, la clave no está en el parloteo, sino en el silencio y la acción. Actúa como si no te importara, sin decir una sola palabra. Y si lo que quieres es saber si de verdad le importas a alguien, presta atención a su reacción: si te suelta un “me vale madres”, es probable que sí le importes, aunque sea para enojarse. Pero si te ignora por completo, créelo, entonces sí, me vale madres. No hay duda.

Al final, este dicho popular es una muestra de lo compleja que es la naturaleza humana. Decimos una cosa, pero sentimos otra, y en esa brecha se esconde una buena dosis de humor y de verdad sobre cómo lidiamos con lo que nos saca de quicio.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com