Las carreras de mientras… que unos estudian
Mientras medio mundo anda con las ojeras hasta el piso, sobreviviendo a punta de café y rezando para que el examen no venga tan manchado, la realidad de las aulas es un reflejo bien loco de nuestra sociedad. Hay quienes se la fletan diario, haciendo malabares entre el camión, la tarea y a veces hasta un jale de medio tiempo para poder pagar las copias. Pero no podemos hacernos de la vista gorda, también existe ese grupo de privilegiados que se pasean por los pasillos de las universidades más caras sin una gota de sudor en la frente. Para ellos, la escuela no es un boleto a un futuro mejor, sino un club social donde las carreras de mientras sirven para pasar el rato mientras llega la herencia o el negocio familiar.
La realidad de las carreras de mientras en la alta sociedad
Para muchos jóvenes, estudiar es un lujo que ni siquiera pueden oler, porque la prioridad es sacar para la papa y fletarse en el trabajo desde bien morros. Sin embargo, en el otro extremo de la balanza están los que tienen la vida resuelta por el varo de sus papás y eligen las llamadas carreras de mientras solo para que no digan que no hacen nada. Es el clásico perfil de quien entra a estudiar algo relacionado con las artes o la administración de empresas solo por cumplir con el requisito social, pero cuya verdadera meta es encontrar un marido con buena posición o simplemente esperar a que el jefe de la familia les suelte una gerencia sin haber movido un dedo. Es una dinámica bien curiosa donde el título profesional es más como un adorno en la pared que una herramienta de supervivencia.
- Suelen elegir licenciaturas que no les exijan desvelarse ni quemarse las pestañas.
- Su mayor preocupación es el color del coche que les van a regalar en su graduación.
- Ven la universidad como una pasarela para lucir las mejores marcas y armar el plan para el fin de semana.
Es bien sabido que en ciertos círculos sociales, entrar a una de estas carreras de mientras es el pretexto perfecto para campechanear la vida entre fiestas y viajes, sin la presión de saber que si reprueban se les acaba el mundo. Mientras otros se están tronando el lomo estudiando de noche después de una jornada laboral pesada, estos personajes se preocupan más por el destino de sus próximas vacaciones. Esta brecha hace que el esfuerzo de quienes de verdad buscan superarse sea mucho más valioso, pues no tienen una red de seguridad de seda que los cache si se llegan a caer. Al final, estudiar por amor al arte es válido, pero hacerlo solo por perder el tiempo mientras llega el matrimonio o el puesto de poder es otro boleto totalmente diferente.
El contraste entre el que estudia por necesidad y el que se mete a las carreras de mientras nos dice mucho sobre cómo está repartida la baraja. Para unos, la licenciatura es la única forma de salir adelante y ayudar a su familia, mientras que para otros es solo una escala técnica en una vida llena de comodidades garantizadas. No se trata de tirar mala vibra por el dinero ajeno, sino de reconocer que la meritocracia a veces parece un chiste de mal gusto cuando ves a alguien esforzándose al triple para obtener la mitad de lo que otros ya tienen por el puro apellido. La vida en las facultades sigue su curso, pero siempre será interesante ver quién está ahí por convicción y quién solo está haciendo tiempo para que empiece la verdadera fiesta de su vida privilegiada.

