Reseña de la película El Hombre de Acero

Desde que se anunció, la expectativa por ver una nueva versión del kriptoniano favorito del mundo era tremenda, y vaya que Zack Snyder no nos dejó indiferentes. La película El Hombre de Acero, estrenada en 2013, llegó para sacudirle el polvo a la imagen de un Superman que, para muchos, ya parecía más un abuelo que un superhéroe. Aquí no hay capa al viento sin un solo mechón fuera de lugar; este Clark Kent se mancha, se rompe y hasta se duda de sí mismo. La verdad es que nos entregó una historia de origen que, para bien o para mal, cambió el juego para siempre. Si esperabas al Boy Scout bonachón, esta no es tu película.

Un inicio de otro mundo (literalmente)

La historia arranca fuerte, ¡y en Krypton! Con un Jor-El que es pura acción, nos meten de golpe en el drama de un planeta a punto de reventar. Es ahí donde nace Kal-El, quien luego se convierte en el mismísimo El Hombre de Acero. Su llegada a la Tierra y su infancia son un viaje de autodescubrimiento bien complicado. No es fácil ser un chamaco que puede levantar un autobús con una mano o que le brillan los ojos cuando se enoja. Henry Cavill le da un toque de seriedad y a la vez de vulnerabilidad que hace que su Clark Kent sea más que solo músculos y vista de rayo. Su lucha por encontrar su lugar en un mundo que no entiende de dónde vino, es de lo más humano que vemos en el personaje.

Trancazos que se sienten hasta acá

Si algo sabe hacer Zack Snyder es meterle candela a los efectos visuales, y en El Hombre de Acero se lució. Las batallas son épicas, se siente el impacto de cada golpe y el poder desmedido de los superhéroes. No son esas peleas coreografiadas y limpias; aquí hay destrucción, edificios que se caen y una sensación de caos que, aunque a algunos les pareció excesiva, a otros nos mantuvo pegados al asiento. Es de esas películas donde hasta el más escéptico diría: “¡Págame la renta, Superman, que me dejaste sin casa!”. La cinematografía es un espectáculo que te deja pensando en cuánto habrán tardado en renderizar cada ladrillo volando.

El peso de la capa: dilemas y decisiones

Más allá de los mamporros, esta película se mete en terrenos pantanosos con los dilemas éticos. La relación entre Clark y su padre adoptivo, Jonathan Kent (interpretado por un Kevin Costner que siempre cumple), es el corazón de la historia. Las lecciones de su padre sobre esconder sus poderes y el miedo a la reacción de la humanidad le dan un peso emocional que no siempre veíamos en las versiones anteriores. El Hombre de Acero no es solo fuerte físicamente; también es un personaje que carga con el peso de la decisión más importante: ¿salvar a la humanidad cueste lo que cueste, o protegerse a sí mismo?

Un villano con causa (aunque esté loco)

Y qué sería de un héroe sin un villano a su altura, ¿verdad? El General Zod, interpretado magistralmente por Michael Shannon, es un adversario formidable. No es un malvado porque sí; tiene sus propias razones y un dolor genuino por la pérdida de Krypton. Su choque con Superman no es solo de puños, sino de ideologías. Zod cree que está haciendo lo correcto al intentar salvar su raza, aunque eso implique acabar con la nuestra. Esta confrontación lo convierte en uno de los villanos más memorables y complejos de los últimos años.

La película El Hombre de Acero dejó a muchos con sentimientos encontrados; algunos la amaron por su audacia y su realismo crudo, otros la criticaron por sus decisiones narrativas y el ritmo. Pero lo que nadie puede negar es que se atrevió a hacer algo diferente, a mostrarnos una faceta de Superman que no conocíamos y a sentar las bases para un universo cinematográfico que, para bien o para mal, nos ha dado mucho de qué hablar. Es una película que sigue resonando, una que nos recuerda que hasta los más grandes héroes tienen sus propios demonios que enfrentar.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com