Intensear cuando discutes con alguien
Seguro te ha pasado que estás en medio de una charla tranquila, quizá decidiendo qué comer o debatiendo sobre una película, y de repente, sin previo aviso, sientes cómo la sangre te hierve. La lógica abandona la habitación y entra en escena la pasión desmedida, esa necesidad visceral de tener la razón a toda costa. Antes de que te des cuenta, ya estás gritando, manoteando y sacando argumentos que no tienen nada que ver con el tema original. Bienvenido al club, acabas de caer en la trampa de intensear, ese deporte de alto riesgo emocional donde no hay trofeos, solo gargantas irritadas y amigos que empiezan a mirar el reloj buscando una excusa para huir. Es curioso cómo creemos que al elevar el volumen de voz nuestros argumentos se vuelven automáticamente más válidos, cuando en realidad, solo estamos demostrando nuestra incapacidad para gestionar la frustración.
Te lo dice alguien que tiene un doctorado en perder la compostura por trivialidades. Si le preguntas a cualquiera que me conozca, te dirán que la intensidad corre por mis venas. Sin embargo, la experiencia, que suele ser una maestra bastante cruel, me ha enseñado que intensear no es sinónimo de ganar un debate. Al contrario, es el camino más rápido para quedarte hablando solo. Cuando te dejas llevar por ese impulso de imponer tu visión del mundo a gritos, lo único que logras es que la gente te ponga una etiqueta de “persona no grata” para discusiones futuras. Piénsalo bien: ¿realmente vale la pena perder una amistad o arruinar una cena familiar solo porque nadie más comparte tu obsesión por un dato irrelevante? La respuesta racional es no, pero la pasión a veces es sorda.
Por qué intensear te deja hablando solo
Analicemos la situación desde la otra trinchera. Imagina que te encuentras con alguien que, al igual que tú en tus peores días, decide que es momento de intensear contigo. Esa persona que se aferra a su postura con uñas y dientes, que no escucha, que te interrumpe y que parece que le va la vida en convencerte de que el cielo es verde. ¿Qué sientes? Probablemente no sea admiración por su intelecto ni ganas de darle la razón. Lo más seguro es que sientas una urgencia incontrolable de salir corriendo o de fingir una llamada de emergencia. Nadie quiere lidiar con alguien que no puede funcionar socialmente sin convertir una plática en un campo de batalla. Al final, evitamos a esas personas no porque no tengamos argumentos, sino por pura salud mental.
La verdadera victoria en cualquier intercambio de ideas no es aplastar al oponente, sino saber cuándo retirarse o cuándo ceder para mantener la paz. Con el paso de los años, uno empieza a valorar más la tranquilidad que tener la última palabra. Aprendes el fino arte de “dar el avión”, esa maravillosa técnica de asentir suavemente mientras piensas en qué vas a cenar, dejando que el otro siga hablando hasta cansarse. Dejas de intensear porque entiendes que la energía es un recurso limitado y gastarlo en necedades es un desperdicio. Hace poco me vi envuelto en una de esas situaciones, pero esta vez, en lugar de encender la mecha, decidí callar. Fue liberador ver cómo la otra persona seguía en su monólogo acalorado mientras yo conservaba mi presión arterial en niveles saludables.
Así que la próxima vez que sientas ese cosquilleo en el estómago y las ganas inminentes de intensear porque alguien dijo algo con lo que no estás de acuerdo, respira hondo. Recuerda que ganar una discusión a gritos es como ganar una carrera donde corres solo: llegas a la meta, sí, pero no hay nadie ahí para celebrarlo contigo. Ser apasionado está bien, pero ser una persona funcional con la que se pueda convivir es mucho mejor. Si decides seguir por el camino de la intensidad desmedida, hazlo bajo tu propio riesgo, pero no te sorprendas cuando tus invitaciones a eventos sociales empiecen a “perderse” misteriosamente en el correo.

