Copiar y pegar todo el mundo sabe hacerlo
En estos tiempos donde la tecnología nos resuelve hasta el qué comer, parece que el ingenio se ha tomado unas vacaciones permanentes. Resulta curioso ver cómo, de la noche a la mañana, medio mundo se siente descendiente directo de los grandes pensadores o un genio de la comunicación solo por saber picarle a un botón. La realidad es que nos estamos volviendo expertos en la ley del mínimo esfuerzo, creyendo que un par de comandos en una herramienta de inteligencia artificial nos dan el título automático de creadores brillantes. Es muy fácil dar el gatazo cuando alguien más hace la chamba pesada, pero la chispa de verdad no se encuentra en un algoritmo que simplemente junta palabras para que suenen bonito.
La moda del copiar y pegar en la era digital
El acto de copiar y pegar se ha vuelto el deporte nacional en las redes y oficinas, desplazando a la creatividad auténtica por una versión de plástico. Antes, escribir un texto con gracia requería quemarse las pestañas, buscar referencias y echarle coco para que las ideas tuvieran sentido. Ahora, basta con pedirle a un chat que nos redacte un correo, una tarea o hasta un mensaje de amor, para luego simplemente copiar y pegar el resultado y sentirnos los más listos de la cuadra. Lo gracioso es que, aunque el resultado se vea impecable, a veces le falta esa sal y pimienta que solo una persona con sentido del humor y experiencias reales puede aportar. No es lo mismo que una máquina te diga qué decir a que tú lo digas con tu propio estilo, aunque te equivoques de vez en cuando.
Esta tendencia ha generado una ola de “expertos” que, en realidad, son maestros del disfraz. Cualquiera puede simular que sabe de lo que habla si tiene una herramienta que le da las respuestas masticadas y listas para su uso. Sin embargo, el problema llega cuando nos piden una idea original que no esté en la base de datos de una computadora. Ahí es donde la técnica de copiar y pegar falla rotundamente, porque la verdadera inteligencia no consiste en repetir lo que otros ya dijeron, sino en darle la vuelta a las cosas con picardía y originalidad. Nos estamos conformando con textos que parecen de molde, perdiendo esa esencia única que nos hace destacar entre tanta información repetitiva que circula por internet.
Para no caer en este juego de espejos, vale la pena considerar algunos puntos que nos devuelven el control sobre lo que producimos:
- Aportar nuestra propia voz, usando palabras que realmente usaríamos en una plática con los cuates.
- Cuestionar lo que la máquina nos entrega, porque a veces hasta la tecnología más avanzada nos quiere dar atole con el dedo.
- Utilizar las herramientas como apoyo, no como el cerebro principal de nuestras operaciones creativas.
- Valorar el esfuerzo detrás de una idea original, ya que eso es lo que realmente tiene peso en el mundo real.
Seguir el camino fácil de copiar y pegar puede sacarnos de un apuro momentáneo, pero no construye una reputación sólida a largo plazo. La verdadera genialidad radica en saber cuándo usar la tecnología a nuestro favor sin dejar que ella nos reemplace el criterio. Es divertido ver cómo intentamos engañar al mundo con textos perfectos, pero la gente no es tonta y tarde o temprano nota cuando algo no tiene alma. Mantener ese toque humano, ese chiste oportuno o esa referencia local que solo nosotros entendemos, es lo que realmente nos hace brillar por encima de cualquier inteligencia artificial que ande rondando por ahí. La diferencia entre ser un simple repetidor y ser un creador está en el corazón que le ponemos a lo que hacemos, algo que ningún botón podrá replicar jamás por más que lo intentemos una y otra vez.

