Caja rápida, sí como no

Ir al súper un domingo por la tarde es, básicamente, aceptar que vas a perder un pedazo de tu alma entre el pasillo de los lácteos y la zona de cajas. Todos hemos estado ahí, con tres cositas en la mano, buscando desesperadamente esa señal divina que promete salvarnos del caos: la famosa caja rápida. Se supone que es la tierra prometida para los que solo vamos por una leche y un paquete de galletas, pero la realidad es que ese letrero de “máximo 20 artículos” parece estar escrito en un idioma que nadie entiende. Es casi poético ver cómo alguien intenta pasar el súper de todo el mes, con el carrito desbordando hasta el suelo, en una fila que claramente no le corresponde, mientras el resto de los mortales suspiramos con resignación.

La triste realidad de la caja rápida y sus usuarios

Lo más increíble de la caja rápida es que, por alguna razón metafísica, siempre termina siendo más lenta que la fila normal donde la gente lleva hasta la despensa de sus nietos. Te formas con toda la ilusión del mundo, pero te toca detrás de alguien que decidió que era el momento perfecto para sacar todos sus cupones vencidos o pelearse por el precio de una lata de atún que tiene diez centavos de diferencia. Es una especie de lógica de transporte público: aunque ya no quepa ni un alma, la gente sigue empujando para entrar, y en las cajas pasa lo mismo; no importa que lleven mil cosas, todos juran que sus compras cuentan como “poquitas” si las acomodan bien en la banda.

En esta odisea moderna, nos enfrentamos a situaciones que ponen a prueba nuestra paciencia de formas muy creativas:

  • Las personas que llevan el carrito a reventar pero insisten en que “son puras cosas chiquitas” para que las dejen pasar.
  • El momento incómodo cuando el cajero se queda sin cambio y tiene que ir a buscar al supervisor, lo que añade otros diez minutos de espera.
  • Los usuarios que llegan a la caja rápida y justo cuando les toca pagar, se acuerdan de que les faltó el cilantro y mandan a su hijo corriendo al otro extremo de la tienda.
  • Esa gente que no sabe usar los métodos de pago electrónicos y tarda una eternidad intentando que la terminal les acepte la tarjeta al quinto intento.

Si pensabas que las nuevas cajas de autocobro iban a ser la solución definitiva, lamento decirte que el panorama no mejora mucho. Esas máquinas parecen tener vida propia y una capacidad impresionante para detectar cuando tienes prisa; basta con que pongas una bolsa de más para que la voz robótica empiece a gritar que hay un error en el área de empaque. Y ni hablemos de cuando te toca detrás de alguien que parece que está operando una computadora de la NASA por primera vez. Ver a una persona tardarse cinco minutos en encontrar el código de barras de unos plátanos es una experiencia que te drena la energía vital más rápido que un maratón de películas tristes.

Al final, terminas extrañando al “cerillo” que te ayudaba a guardar todo en bolsas, porque ahora tú tienes que hacer toda la chamba mientras la fila de atrás te mira con odio porque no le atinas al escáner. Es una ironía total que en plena era tecnológica, tardemos más tiempo pagando cinco chucherías que lo que nos tomó recorrer toda la tienda. La caja rápida se ha convertido en un mito urbano, una leyenda que nos cuentan para que no perdamos la esperanza mientras arrastramos los pies por el pasillo de las ofertas.

Lo único que nos queda es armarnos de valor, llevar el celular con suficiente batería para quejarnos en redes sociales y, de preferencia, un buen libro o una revista para pasar el rato. Porque aceptémoslo, no importa cuánta tecnología metan o cuántos cajeros abran, el drama de formarse en el súper es parte del folclor de nuestra vida diaria. Solo nos queda esperar que algún día la gente aprenda a contar hasta veinte o que, por lo menos, tengan la decencia de no llevar el carrito lleno de envases de vidrio cuando tienen prisa. Mientras tanto, seguiremos ahí, formados, viendo cómo la vida se nos va entre tickets de compra y bolsas de plástico que no abren a la primera.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com