¿Bullying?, ¿un síntoma de una sociedad enferma?

Seguro te acuerdas de cuando ibas en la primaria y el recreo era una verdadera selva donde sobrevivía el que gritaba más fuerte o el que corría más rápido. En esos tiempos de nuestros papás o abuelos, la palabra bullying ni siquiera existía en el vocabulario; a todo ese relajo le decían simplemente “convivencia” y el consejo de oro de cualquier mamá era un tajante “no te dejes, mija”. La neta es que siempre ha habido gente con ganas de encajarse con los demás, pero lo que antes se resolvía con un encontronazo a la salida, hoy se ha convertido en un termómetro que nos avisa qué tan podrida está nuestra forma de relacionarnos. No es que los chavos de ahora sean de cristal, es que estamos viendo el reflejo de una sociedad que prefiere el abuso antes que la empatía, y eso no se cura nada más con una plática motivacional en el auditorio de la escuela.

Por qué el bullying no es solo cosa de niños

El problema real es que nos encanta señalar al niño abusivo como si fuera un bicho raro que salió de la nada, cuando en realidad es el producto de lo que ve en su casa, en la tele y en la calle. El bullying es una expresión de una sociedad que premia al que pasa por encima de los otros para llegar a la cima. Si los adultos nos la pasamos ninguneando al mesero, peleando por un lugar en el tráfico como si nos fuera la vida en ello o criticando a todo el mundo en redes sociales, ¿qué esperamos que hagan los morritos en el salón de clases? Ellos solo están replicando el modelo de “el que no transa no avanza” que les hemos vendido como éxito. Es un síntoma de que algo anda muy mal en cómo nos percibimos como comunidad, donde el respeto se volvió una moneda de cambio bastante escasa.

La idea de proteger a los niños de todo mal suena muy bonita, pero hay una línea muy delgada entre cuidarlos y dejarlos indefensos ante la vida real que, seamos sinceros, es bastante injusta. Si un niño no aprende a poner límites desde que está chamaco, ¿Cómo le va a hacer cuando tenga treinta años y su jefe en la chamba le quiera robar sus ideas o hacerlo trabajar de más sin pagarle un peso extra? El bullying no se acaba cuando te dan tu diploma de la escuela; la gente abusiva está en todos lados, desde la oficina hasta el grupo de WhatsApp de los vecinos. Aprender a defenderse no se trata de volverse un violento, sino de tener el carácter suficiente para decir “ya basta” y no dejar que nadie te vea la cara de pendeja.

  • Autodefensa emocional: Es básico que desde chiquitos aprendamos que nuestra valía no depende de lo que diga un grupito de desubicados.
  • Empatía real: No se trata de dar lástima, sino de entender que el abusivo usualmente tiene más broncas internas que la propia víctima.
  • Límites claros: Si no pintas tu raya desde el principio, el abusador se va a sentir con el derecho de meterse hasta en tu cocina.
  • Responsabilidad compartida: Todos somos parte del problema cuando vemos un abuso y preferimos hacernos los locos para no meternos en broncas.

Esa gente que quiere desquitar sus traumas con los demás no va a desaparecer por arte de magia ni porque pongamos carteles de colores en las paredes. Al final del día, la escuela no solo sirve para aprender de historia o matemáticas, sino para entender cómo funciona la jungla allá afuera. Si logramos ver el bullying no como un caso aislado, sino como una llamada de atención sobre lo mal que nos estamos portando como adultos, chance y empezamos a cambiar la jugada. La vida es dura, pero se pone peor si uno se queda de brazos cruzados esperando a que alguien más venga a salvarnos. Hay que aprender a capotear los problemas con ingenio, humor y mucha dignidad, porque al final, los triunfos saben mejor cuando sabes que nadie te pudo pasar por encima.

Es momento de dejar de pensar que esto se soluciona con aplicaciones o castigos ejemplares que solo sirven de parche. Necesitamos reconstruir esa confianza en nosotros mismos y entender que, aunque la vida sea a veces una pesadilla, tenemos la capacidad de darle la vuelta. Ser fuerte no es ser el más rudo, sino ser el más inteligente para no caer en el juego de odio que los demás quieren imponer. Al final, lo que nos queda es nuestra integridad y la satisfacción de saber que, a pesar de todo, supimos caminar derecho en un mundo que a veces parece que camina de cabeza.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com