Ya no lo voy a hacer

La vida está llena de esas promesas que nos hacemos a nosotros mismos, sobre todo después de que la regamos bonito. Es como si una alarma interna sonara en nuestra cabeza: “¡Nunca más! ¡De esta no pasa!”. Y con toda la convicción del mundo, decimos con el pecho inflado: “Ya no lo voy a hacer“. Qué ingenuos, ¿verdad? Porque la mayoría de las veces, esa frase es apenas un preámbulo para la siguiente metida de pata, como si nuestro cerebro tuviera un botón de “repetir” para las cosas que juramos dejar atrás.

Es parte de nuestro ADN, diría yo. Nos caemos, nos raspamos, juramos que aprendimos la lección y, ¡pum!, al poco tiempo estamos otra vez en la misma esquina, tropezando con la misma piedra, pero con ganas. Parece que tenemos una extraña adicción a tropezar. Nos quejamos, nos lamentamos, nos regañamos a nosotros mismos como si fuéramos niños malcriados, y en medio de todo ese drama personal, el mantra resuena una y otra vez: ya no lo voy a hacer. Pero, ¿en serio? ¿De verdad lo creemos cada vez, o hay una vocecita por ahí que ya sabe que es puro cuento?

Esa convicción pasajera: el “ya no lo voy a hacer”

Piensen en esas veces que prometemos que el lunes empezamos la dieta, o que el fin de semana no nos pasamos de copas, o que por fin le vamos a bajar a los chismecitos de la oficina. La intención es buena, clarísimo. Pero entre el dicho y el hecho, el camino es largo y lleno de tentaciones. A veces es falta de fuerza de voluntad, sí, pero otras tantas, admitámoslo, es porque nos encanta el drama, o simplemente porque esa acción, por más que nos traiga consecuencias, tiene algo que nos llama. Y así, el ciclo se repite: la regamos, nos juramos que ya no lo voy a hacer, y la vida nos da otra oportunidad para demostrar que somos unos expertos en reincidir.

Todos tenemos nuestra lista personal de “pecados favoritos” que prometemos abandonar. No es una lista para presumir, pero cada quien tiene lo suyo. ¿A poco no?

  • Echarle bronca a medio mundo cuando el coraje nos gana.
  • Decir “solo una copita más” y terminar bailando en la mesa.
  • Andar detrás de quien nos ignora olímpicamente, pensando que un día nos hará caso.
  • Enamorarnos hasta los huesos de alguien que no nos conviene ni tantito.
  • Dejar todo para el último minuto y luego andar corriendo como locos.

Estas son solo algunas de las joyas que adornan nuestro historial. Y cada que nos estrellamos con una de estas, ahí vamos de nuevo, con la mano en el corazón, declarando solemnemente: ya no lo voy a hacer. Como si esa frase fuera un escudo mágico contra nuestras propias debilidades.

Lo divertido, y a la vez un poco trágico, de todo esto, es que sabemos perfectamente bien que esa promesa de “ya no lo voy a hacer” es temporal. Es una pausa, un respiro antes de volver a la carga. Tal vez el verdadero aprendizaje no está en evitar el error, sino en reírnos de nuestra propia terquedad, de nuestra humanidad que nos empuja a tropezar y levantarnos, una y otra vez. Quizá lo que en realidad deberíamos prometer es: “ya no lo voy a hacer… tan seguido”, o mejor aún, “ya no voy a prometer que ya no lo voy a hacer”. Porque al final, la vida es eso, un eterno “prueba y error” con un toque de humor.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com