Porque con el tiempo me hago más difícil con más defectos

¿En qué momento pasamos de ser los chavos buena onda que aguantaban todo a convertirnos en este ser gruñón que no soporta ni el ruido del vecino? Es un misterio digno de una serie de suspenso. Antes éramos bellos, crédulos y teníamos una paciencia que parecía no tener fin, pero ahora parece que cada año que cumplimos es un pretexto nuevo para que salgan a flote mañas que ni sabíamos que teníamos. La verdad es que conforme pasa el tiempo me hago más difícil y mis defectos se han vuelto tan grandes que ya hasta tienen nombre propio. No es mala onda, pero parece que la vida nos va curtiendo el cuero de una forma en la que la tolerancia se nos va acabando mientras los errores de carácter se nos pegan como chicle en el zapato.

Es como ese efecto de bola de nieve que veíamos en las caricaturas viejitas. Al principio, la bola es chiquita y hasta se ve tierna rodando por la colina, pero conforme avanza, va recogiendo mugre, piedras y más nieve hasta que se vuelve un monstruo incontrolable que arrasa con todo. Así merito pasa con nuestras mañas y neurosis. Lo que a los veinte años era una “curiosidad” de nuestra personalidad, a los treinta o cuarenta ya es un defecto de marca mayor que nos define por completo. Parece que la sabiduría que nos prometieron que llegaría con los años se quedó atorada en el tráfico y en su lugar llegó una impaciencia nivel experto que nos hace querer mandar todo a volar a la primera provocación.

Por qué me hago más difícil con los años

Tal vez es el efecto natural de irle perdiendo el miedo a las cosas o simplemente que ya no tenemos ganas de quedar bien con nadie. A lo mejor es por eso que muchos adultos terminan siendo unos gruñones de primera, porque la vida nos va haciendo más duros y fríos, acumulando experiencias amargas que nos transforman el carácter. Si no nos ponemos al tiro, terminamos formando parte de ese club de gente amargada donde el requisito principal es dejar que el egoísmo tome las riendas. El problema es que, en lugar de trabajar en esas fallas, nos encariñamos con ellas y hasta las presumimos como si fueran trofeos de guerra.

  • Nos volvemos menos tolerantes a las tonterías ajenas.
  • Nuestros defectos de carácter se vuelven parte integral de nuestra identidad.
  • Preferimos la comodidad de nuestras manías que el esfuerzo de cambiar.
  • La impaciencia se convierte en nuestra respuesta automática ante el caos.

Si lo pensamos desde un lado más práctico y menos filosófico, el asunto es que dejamos de identificar nuestras fallas como algo malo. Como nunca nos pusimos las pilas para corregir esas pequeñas grietas en nuestra personalidad, permitimos que se hicieran zanjas profundas que ahora nos definen. Es rarísimo, pero hay gente que se siente hasta desnuda si no está siendo neurótica o complicada. Nos aferramos a nuestros defectos de forma casi consciente porque nos dan una falsa sensación de seguridad o de “carácter fuerte”, cuando en realidad solo estamos siendo personas complicadas de tratar. Es un proceso medio loco donde me hago más difícil porque me da miedo soltar esas partes de mí que ya conozco, aunque sean negativas.

La verdadera bronca no es preguntarse por qué nos estamos volviendo más insoportables con el paso del calendario. La pregunta que debería quitarnos el sueño es por qué no estamos haciendo absolutamente nada para frenar esa transformación. Nos acostumbramos a nuestras fallas, las abrazamos y hasta esperamos que el resto del mundo se adapte a nuestras pendejadas. Deberíamos intentar recuperar un poco de esa apertura y ligereza que teníamos cuando éramos jóvenes, antes de que nuestras manías compulsivas nos dejen fuera de órbita y nos conviertan en esa persona a la que todos le sacan la vuelta en las fiestas.

Aceptar que conforme crecemos el carácter se vuelve más rígido es el primer paso para no terminar siendo un completo dolor de cabeza. Al final, no se trata de ser perfectos, sino de no dejar que la amargura nos gane la partida. Intentar trabajar en uno mismo es una chamba de todos los días, y aunque sea tentador dejarse llevar por la corriente de la intolerancia, vale la pena intentar ser un poquito más como ese chavo paciente que alguna vez fuimos. Menos defectos fijos y más ganas de disfrutar la vida sin tantas complicaciones autoinfligidas podrían ser la receta secreta para envejecer con estilo y no solo con más mañas.

La tendencia de que me hago más difícil con los años es un reflejo de cómo acumulamos defectos y perdemos la paciencia que nos sobraba durante la juventud.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com