La satisfacción de decir: Te lo dije

Te lo dije

Hay pocas frases en nuestro idioma que tengan el poder de inflar el pecho de quien las pronuncia y, al mismo tiempo, hacer que quien las recibe quiera que se lo trague la tierra de forma inmediata. Sentir que tenías la razón absoluta en una discusión o ante una mala decisión ajena es un placer culposo que casi nadie admite, pero que todos disfrutamos en el fondo del alma con una sonrisa burlona. El problema es que esa descarga de adrenalina y superioridad moral viene envuelta en tres palabras mágicas que suelen ser el inicio de una pelea de esas que duran hasta el recalentado de Navidad. Pronunciar un Te lo dije es, en esencia, reclamar un trofeo de sabiduría que nadie te pidió, pero que te urge presumir frente al que se equivocó por no seguir tus consejos.

Por qué nos encanta aplicar el Te lo dije

La teoría detrás de este fenómeno es bastante simple pero muy reveladora sobre nuestra naturaleza humana. Cuando somos nosotros quienes lanzamos la bomba, nos sentimos como seres iluminados, magnánimos y extremadamente sabios que advirtieron el desastre antes de que ocurriera. Es una validación de nuestro instinto que nos hace sentir como los protagonistas de la película que siempre supieron el final. Sin embargo, cuando la tortilla se voltea y nos toca a nosotros escuchar el Te lo dije, la sensación es equivalente a una patada en la espinilla o a un dolor de muelas repentino. Nos arde la satisfacción del otro porque, en lugar de recibir ayuda para solucionar la metida de pata, recibimos un recordatorio de nuestra propia terquedad que nos hace querer aplicar la de desaparecer del mapa por un buen rato.

Existen momentos y frases que nos pueden poner de malas en un segundo, pero ninguna escala tan rápido en el ranking de la desesperación como aquellas que subrayan nuestro fracaso. Para que te rías un poco del dolor ajeno (o del tuyo), aquí están las cosas que más nos choca escuchar en la vida:

  • Sacaste cinco en el examen y estás reprobado por no estudiar.
  • Vi a tu pareja con alguien más en la plaza el domingo pasado.
  • No eres tú, soy yo, es que necesito tiempo para encontrarme.
  • Ya no hay masita para tus tacos, joven, solo queda tortilla normal.
  • ¿En serio perdiste el celular otra vez? ¿En dónde lo dejaste?
  • Fíjate que ya tengo novio y no creo que podamos seguir saliendo.
  • Estás despedido porque la empresa necesita un recorte de personal.
  • Ese “jaja” seco en un mensaje de texto que corta toda la inspiración.
  • Mañana tenemos examen sorpresa de todo lo que no pusiste atención.
  • El supremo y absoluto Te lo dije cuando ya estás hasta el cuello de problemas.

La psicología detrás del ardor cuando alguien tiene la razón

Cuando alguien viene con el clásico sermón preventivo, nuestro cerebro suele activar un filtro donde solo escuchamos ruidos sin sentido, ignorando cualquier advertencia racional. Pero cuando finalmente metemos las cuatro y el desastre es inevitable, ver a esa persona acercarse con la sonrisa más grande del mundo es lo que más cala. Esa satisfacción ajena es la que convierte un simple error en una tragedia personal. En lugar de ser parte de la solución, quien nos recuerda que nos advirtió se convierte en parte del problema, porque nos obliga a lidiar con el error y con su ego al mismo tiempo. Es un arte que requiere timing; decirlo demasiado pronto es grosero, pero decirlo en el momento justo es un festín de gloria para el que tuvo la visión de lo que vendría.

Aceptar que no siempre tenemos la verdad absoluta es difícil, pero es parte de la convivencia diaria en cualquier grupo de amigos o familia. La próxima vez que sientas esas ganas irreprimibles de soltar un Te lo dije, respira profundo y piensa si prefieres tener la razón o mantener la paz, aunque todos sepamos que tener la razón se siente mil veces mejor. Aprender a lidiar con la frustración de habernos equivocado nos hace más fuertes, o al menos nos enseña a que la próxima vez debemos taparnos los oídos con más fuerza para no darle el gusto a los demás de restregarnos su victoria intelectual en la cara.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com