Lo que se dice de mi
Vivir bajo el lente de los demás es como intentar caminar en una cuerda floja mientras todo el mundo te avienta cáscaras de plátano para ver si te resbalas. La realidad es que, hagas lo que hagas, siempre va a haber alguien con un comentario listo, una crítica mordaz o un chisme de pasillo que parece bola de nieve bajando por el cerro. Ya sea en las redes sociales o en la fila de las tortillas, la gente tiene una opinión para todo: que si ya subiste de peso, que si te ves muy flaco, que si eres un sabiondo o que si de plano no te sube el agua al tinaco. Es una batalla perdida intentar quedar bien con todo el barrio porque, al final del día, la perfección es un cuento chino que nadie se termina de creer.
Lo que realmente importa cuando se dice de mi
Entender que la aprobación ajena es tan volátil como el precio del aguacate nos da una libertad increíble para empezar a vivir de verdad. Pasamos horas revisando cuántos corazones nos dieron en una foto o si alguien compartió lo que pusimos en nuestro muro, como si esos números mágicos definieran quiénes somos. Nos hemos convertido en una colección de estadísticas y fotos con filtro, olvidando que lo que realmente cuenta es lo que sentimos cuando no hay nadie viendo. Muchas veces, cuando se dice de mi que ya no soy la misma persona de antes, en realidad es porque dejé de comportarme como los demás esperaban, y eso, aunque les duela, es señal de que estoy creciendo.
Hay ciertas etiquetas que la gente ama poner sin siquiera conocer el trasfondo de nuestra historia personal, y aquí te van las más comunes:
- El que se cree mucho porque le va bien en el trabajo o en la escuela.
- La persona que cambió de gustos y ahora resulta que es muy diferente.
- Quien prefiere quedarse en casa en lugar de salir a dar la vuelta con la bola.
- El que siempre tiene una opinión distinta y no se queda callado por quedar bien.
La cantidad de rumores que circulan puede ser absurda, pero lo más divertido es darse cuenta de que la mayoría son puras fantasías de gente que no tiene nada mejor que hacer. Si se dice de mi que soy alguien difícil de tratar, probablemente sea porque puse límites que a los demás no les convino respetar. Lo mejor es tomar las cosas de quien vienen y no permitir que las palabras de alguien que no conoce tus luchas diarias te quiten el sueño. Claro que hay que tener la madurez para escucharnos y ver en qué podemos mejorar, pero siempre desde una autocrítica sana y no desde el miedo a lo que piensen los vecinos.
Al final, si hablan de ti, es porque de alguna manera tu brillo les está pegando directo en la cara y no saben cómo reaccionar. No tiene caso desgastarse tratando de convencer a todo el mundo de que eres una buena persona o un estuche de monerías. Cuando se dice de mi cualquier cosa, prefiero soltar una carcajada y seguir con lo mío, porque la única persona que tiene que estar conforme con lo que ve en el espejo soy yo. La vida es demasiado corta para vivirla siguiendo el guion que otros escribieron para nosotros, especialmente cuando ese guion cambia según el humor de quien lo cuenta.
Aprender a desechar lo que no sirve y quedarnos con lo que nos ayuda a ser mejores personas es un arte que se perfecciona con los años. No se trata de ser soberbios y pensar que somos perfectos, sino de aceptarnos con todo y nuestras fallas, trabajando en lo que se puede cambiar y abrazando lo que nos hace únicos. Si se dice de mi que soy un desastre, pues seré el desastre más auténtico que conozcan, porque intentar ser una copia perfecta de lo que la sociedad dicta es el camino más rápido para perder la chispa. Hay que aprender a reírse de los comentarios mala onda y convertirlos en combustible para seguir haciendo las cosas a nuestro modo.