Reseña de Stranger Things temporada 2

Stranger Things

Después de que la primera temporada nos volara la cabeza con su mezcla perfecta de nostalgia ochentera, misterio y monstruos salidos de nuestras peores pesadillas, todos estábamos formados para ver cómo seguiría el desmadre en Hawkins. La tranquilidad de este pueblo, que ya de por sí era cuestionable, no dura ni el tiempo que tardas en prender tu consola de Atari. La segunda tanda de episodios de Stranger Things nos regresa al epicentro de la paranoia, justo un año después de los eventos traumáticos que dejaron a Will Byers tosiendo babosas y al resto de los chicos con un estrés postraumático más grande que el Demogorgon.

La buena noticia es que Eleven, la que nos salvó el pellejo la vez pasada, sigue viva y coleando, aunque más escondida que dinero bajo el colchón, bajo la tutela (y las reglas) del buen jefe Hopper. Pero claro, en Hawkins la paz es un concepto tan raro como una noche sin lluvia de ceniza del Upside Down. Los monstruos de la otra dimensión, que evidentemente tienen cero ganas de quedarse quietos, quieren regresar con más fuerza que nunca, y nuestros protagonistas, especialmente Will, son el puente para que todo se vaya al carajo otra vez. La Stranger Things temporada 2 se pone intensa desde el minuto uno.

Un año después en el universo de Stranger Things

La trama de esta temporada se centra en las secuelas de aquel primer encuentro con lo paranormal. Will (Noah Schnapp) no solo tiene pesadillas; ve el otro lado, se conecta con él de formas que asustan a propios y extraños, y es la puerta de entrada para una entidad mucho más grande y siniestra: el Azotamentes. Sus amigos, Mike (Finn Wolfhard), Dustin (Gaten Matarazzo) y Lucas (Caleb McLaughlin), intentan que la vida siga su curso normal, entre arcades y disfraces de Cazafantasmas, pero la realidad los alcanza más rápido que un monstruo con tentáculos.

Y como si no tuviéramos suficiente drama, a la ecuación se suma Max (Sadie Sink), la nueva chica ruda del pueblo, con su patineta y su actitud desafiante. Ella llega a inyectarle un aire fresco al grupo y, aunque al principio no todos la reciben con los brazos abiertos, se vuelve una parte crucial de la acción. Mientras tanto, Eleven, lejos de sus amigos, busca sus orígenes en un viaje que, la verdad, se siente un poco forzado y saca a uno del ritmo narrativo principal de Stranger Things.

¿Qué nos gustó y qué nos sacó de onda?

El elenco, tanto el juvenil como el adulto, se siente mucho más cómodo en sus personajes. Winona Ryder (Joyce Byers) sigue siendo la mamá que todos quisiéramos tener para que nos defendiera de los monstruos, y David Harbour (Hopper) se luce como el papá adoptivo rudo y protector. La química entre los chicos es innegable y el desarrollo de sus personajes es notorio. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. El viaje en solitario de Eleven, aunque importante para su arco, se siente como un desvío que rompe el ritmo y nos deja con ganas de volver a Hawkins.

Las historias secundarias, como la de Max y su hermanastro Billy (Dacre Montgomery), aunque visualmente atractivas, no siempre se sienten integradas orgánicamente a la trama principal. Pareciera que algunos hilos narrativos de Stranger Things se estiraron de más, y en ocasiones, la mezcla de géneros se vuelve un poco caótica. Pasamos de un drama con tintes de It a secuencias que bien podrían ser parte de Resident Evil, lo que a veces confunde más de lo que atrapa.

Eso sí, cuando la acción se desata, la serie cumple con creces. Los efectos especiales son de primera y las escenas de suspenso te mantienen al filo del asiento. Los episodios finales son una montaña rusa de emociones y adrenalina, donde Eleven finalmente toma las riendas de su poder y la casa de los Byers vuelve a pagar los platos rotos, demostrando que en esa casa el drywall es tan desechable como los sentimientos de un adolescente.

Al final, la segunda temporada de Stranger Things nos deja con un sabor agridulce. Nos encanta volver a Hawkins, sus personajes nos siguen enamorando y la nostalgia ochentera sigue siendo un gancho infalible. Pero algunos momentos de flaqueza en el ritmo y en la integración de subtramas hacen que no sea tan redonda como su predecesora. Sin embargo, sigue siendo una serie que vale la pena ver, especialmente si te saltas los episodios menos relevantes y te lanzas directo al clímax.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com