Reseña de la película Mudo – Mute 2018
Cuando te enteras de que Duncan Jones, la mente maestra detrás de joyitas como Moon o Source Code, saca un nuevo proyecto de ciencia ficción neo-noir, es inevitable emocionarse. Uno espera ver esa magia visual, esa narrativa que te vuela la cabeza y te deja pensando días después. Pero luego le das play a la película Mudo y te das cuenta de que la realidad a veces pega más duro que la resaca del domingo. Duele decirlo, pero estamos ante una cinta que promete el cielo futurista y nos entrega un paseo en metro a las tres de la mañana: lento, oscuro y con gente que no terminas de entender.
La premisa pintaba bien en papel. Un Berlín del futuro, luces de neón por todos lados y un protagonista que no dice ni pío. El problema es que la ejecución se siente como si alguien hubiera metido Blade Runner, un drama romántico y una película de mafiosos en la licuadora sin ponerle la tapa. El resultado es un batidillo que no termina de cuajar. Se supone que estamos en un mundo decadente y tecnológicamente avanzado, pero falla en atraparnos. En lugar de sentirnos inmersos en una distopía fascinante, terminamos viendo el reloj para calcular cuánto falta para que pase algo relevante.
Uno de los clavos en el ataúd de esta producción es la confusión de protagonismos. Por un lado tenemos a Alexander Skarsgård haciendo de Leo, el barman amish que no habla, y por otro a Paul Rudd como Cactus, un cirujano gringo bastante turbio. La narrativa salta entre ellos de una manera tan errática que ya no sabes a quién deberías estar apoyando. ¿Es la historia de un hombre buscando a su amor perdido o la de un padre desesperado tratando de huir del país? La película Mudo no se decide y, en ese titubeo, pierde toda la fuerza emocional.
¿De qué va todo este lío futurista?
La trama gira en torno a Leo (Alexander Skarsgård), un tipo que sufrió un accidente de niño que le rebanó las cuerdas vocales. Aunque la tecnología podría haberle devuelto la voz, su familia amish decidió que era mejor dejarlo así, al natural. Leo crece, se vuelve un ropero de dos metros y trabaja como barman en un antro de mala muerte en Berlín. Ahí se clava con Naadirah (Seyneb Saleh), una chica con el pelo azul y muchos secretos. Todo va “bien” hasta que ella desaparece sin dejar rastro, y nuestro héroe silencioso tiene que salir a las calles a buscarla.
Aquí es donde entra el personaje de Paul Rudd, Cactus Bill. Es un médico militar que desertó y ahora se dedica a parchar mafiosos mientras intenta conseguir pasaportes falsos para largarse con su hija. Sus caminos se cruzan de formas que, honestamente, se sienten más forzadas que camisa de fuerza, revelando poco a poco que la desaparición de la chica tiene un trasfondo bastante denso y oscuro.
El problema con los personajes
Hablemos claro: Alexander Skarsgård es un actorazo. Lo hemos visto romperla en Big Little Lies o The Northman. Pero aquí, su interpretación de la película Mudo se queda corta. Se supone que debe transmitir un torrente de emociones solo con la mirada y gestos, pero la mayoría del tiempo parece simplemente confundido o estreñido. No logras conectar con su dolor ni con su urgencia. Es un protagonista pasivo al que le suceden cosas, en lugar de ser él quien mueva la trama.
Y luego está Paul Rudd. Estamos acostumbrados a verlo como el tipo carismático y buena onda (te amamos, Ant-Man), así que verlo con bigote de manubrio siendo un patán violento y corrupto es… raro. No es que actúe mal, es que el personaje es tan desagradable que choca con la imagen que tenemos de él. Intentaron darle capas de complejidad mostrándolo como un padre amoroso, pero sus acciones son tan cuestionables que terminas deseando que alguien le dé su merecido.
Por qué la película Mudo no funciona como debería
El ritmo es el verdadero villano aquí. Dos horas y pico de metraje se sienten eternas cuando la historia no tiene un clímax definido. Esperas esa explosión de acción, esa venganza implacable tipo John Wick, pero recibes a un amish caminando triste bajo la lluvia. La búsqueda de la novia pasa a segundo plano tantas veces que casi se te olvida por qué Leo está recorriendo la ciudad.
Visualmente tiene sus momentos, no se puede negar. La estética cyberpunk está ahí, pero como vimos en otras producciones fallidas como Valerian, los efectos bonitos no salvan un guion flojo. Falla al presentarnos esa tecnología futurista que anhelábamos ver integrada en la vida diaria de forma orgánica. Aquí se siente como adorno, no como parte del mundo.
Es una lástima, porque la idea de un héroe mudo en un mundo ruidoso tenía muchísimo potencial. Podría haber sido una exploración genial sobre la comunicación y la soledad en la era digital. En su lugar, obtuvimos una trama enredada que se toma demasiado en serio a sí misma sin ofrecer sustancia real. Si buscas algo para pasar el rato y te gusta ver luces de neón reflejadas en charcos, igual y te entretiene un rato, pero no esperes la obra maestra que nos vendieron en los trailers.
Al final del día, esta cinta es el ejemplo perfecto de que tener buenos ingredientes no garantiza un buen platillo si la receta está mal desde el principio. Te deja con esa sensación de “pudo ser genial”, pero se quedó en el intento. Si eres fan hardcore de Duncan Jones, vela bajo tu propio riesgo; si no, hay mejores formas de gastar dos horas de tu vida.

