Reseña de la película Alien: Covenant

El regreso de Ridley Scott al universo que él mismo ayudó a cimentar siempre genera una expectativa monumental. La franquicia de los xenomorfos ha tenido altibajos a lo largo de las décadas, pero con la película Alien: Covenant, el director británico intentó algo ambicioso: fusionar el horror visceral de la cinta original de 1979 con la grandilocuencia filosófica que planteó en Prometeo. El resultado es una obra híbrida, visualmente deslumbrante y narrativamente oscura, que no busca solo asustar, sino incomodar al espectador con preguntas sobre el origen de la vida y la inteligencia artificial.

Al adentrarnos en esta nueva entrega, nos topamos con una tripulación que, como es costumbre en la saga, toma decisiones cuestionables motivadas por la esperanza y la arrogancia humana. La nave colonizadora Covenant transporta a miles de almas dormidas hacia un nuevo hogar, Origae-6, hasta que un accidente fortuito los despierta antes de tiempo. Al captar una transmisión humana proveniente de un planeta cercano y aparentemente perfecto, deciden investigar. Lo que encuentran no es el paraíso prometido, sino un infierno silencioso donde la biología ha sido pervertida de formas grotescas.

El horror biológico en la película Alien: Covenant

Si algo distingue a esta producción es su compromiso con el “body horror”. A diferencia de otras entregas que se apoyan más en la acción militarizada, aquí volvemos a sentir la fragilidad de la carne humana frente a un organismo perfecto diseñado para matar. La película Alien: Covenant introduce variantes del monstruo clásico, como el Neomorfo, cuyas escenas de nacimiento son tan sangrientas como perturbadoras. Scott no se guarda nada; la violencia es gráfica, rápida y brutal, recordándonos por qué el espacio es un lugar donde nadie puede oír tus gritos.

Sin embargo, el verdadero terror de la cinta no proviene de las bestias con mandíbulas retráctiles, sino de la mente fría y calculadora de David, el androide interpretado magistralmente por Michael Fassbender. Su actuación dual (interpretando también a Walter, un modelo sintético más avanzado y servicial) es el pilar central de la trama. Fassbender logra transmitir una inquietud palpable, explorando la brecha entre la programación lógica y una extraña forma de locura creativa. La interacción entre estos dos sintéticos ofrece los diálogos más ricos del guion, tocando temas sobre la creación, la superioridad y el derecho a jugar a ser Dios.

Una estética visual impecable y opresiva

Desde el punto de vista técnico, la cinta es una maravilla. La dirección de fotografía aprovecha los paisajes naturales de Nueva Zelanda para crear un mundo que se siente a la vez majestuoso y amenazante. Los tonos grises y verdes dominan la pantalla, sumergiendo a la audiencia en una atmósfera de desesperanza constante. Los efectos especiales combinan técnicas prácticas con CGI de alta gama, logrando que las criaturas tengan un peso y una textura realistas. Cada corredor de la nave y cada rincón del templo de los Ingenieros está diseñado para aumentar la claustrofobia.

A pesar de sus virtudes visuales, la narrativa tropieza en algunos momentos. Los personajes humanos, salvo la protagonista Daniels (interpretada por Katherine Waterston) y el piloto Tennessee (Danny McBride), a menudo carecen de la profundidad necesaria para que su destino nos importe realmente. Sirven más como carne de cañón para avanzar la trama que como individuos complejos. Esto es un punto débil recurrente en el género, pero en una producción de este calibre, se esperaba un poco más de desarrollo en la dinámica de grupo antes de que empezara la masacre.

La película Alien: Covenant funciona mejor cuando se entiende como un puente necesario entre las dudas existenciales de Prometeo y el terror puro de Alien: El octavo pasajero. Responde a interrogantes sobre el origen de los xenomorfos que los fans llevaban años debatiendo, aunque la respuesta (ligada a la experimentación genética descontrolada) pueda no satisfacer a los puristas que preferían mantener el misterio. Es una historia sobre la soberbia de los creadores, ya sean Ingenieros, humanos o androides, y cómo sus creaciones inevitablemente se vuelven en su contra.

Ridley Scott demuestra que, a pesar de los años, sigue teniendo un pulso firme para orquestar el caos. Aunque el guion toma atajos convenientes para poner a los protagonistas en peligro, la ejecución es tan elegante que es fácil dejarse llevar. La tensión se construye de manera efectiva, culminando en un tercer acto frenético que intenta recuperar la fórmula del gato y el ratón dentro de la nave, aunque con un giro final que, si bien predecible para los observadores atentos, cierra la historia con un broche de oro macabro y nihilista.

Para los amantes de la ciencia ficción dura y el terror espacial, esta entrega ofrece suficientes dosis de adrenalina y debate. No es perfecta, pero es una pieza valiosa que expande la mitología de una de las sagas más importantes del cine. La película Alien: Covenant nos recuerda que la curiosidad es un rasgo humano peligroso y que, a veces, es mejor no seguir las señales desconocidas que encontramos en la oscuridad del universo, porque lo que nos espera al otro lado podría no tener piedad alguna.

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