Qué pinche grosero eres, esté, más bien soy

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Es muy común negar en sociedad, la existencia de palabras groseras o vulgares en nuestro lenguaje diario, es más, procuramos que nuestra versión social y decente de nosotros mismos actué correctamente en los diferentes escenarios sociales a los que nos enfrentamos, guardando discreción para ciertas y muy enfáticas formas de expresión.

Pero saben qué, nadie nos dice o nos advierte de los peligros de usar grosería como forma de expresión cotidiana, en vez de que nuestras Mamás nos digan la neta sobre las groserías, nos dicen: “decir groserías es malo” y ya; ósea no nos advierten de las consecuencias sociales/morales de decirle a alguien “eres un pendejo” y la enorme satisfacción que esto acarrea, claro, también deberían decirnos que decirle a alguien aunque sea en un tono muy amable “eres un pendejo” trae consigo fuertes consecuencias inmediatas que debemos afrontar.

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Lejos de lo correcto o incorrecto para decir en voz fuerte Y MUY CLARA los sentimientos que tenemos hacia otras personas, decir groserías produce una terrible adicción, una adicción incontrolable, es como si pronunciar PINCHE, PENDEJO, PENDEJEZ, CABRON, CHINGAO, CHINGADA MADRE para cualquier cosa resultara vigorizante, es más hasta nos buscamos groserías en otros idiomas que extiendan nuestro sentido del placer oral maldiciendo e insultando a todos y por todo, creando monstruos malhablados que no se pueden reprimir para hablar decentemente incluso en oraciones normales, comunes y corrientes frente a sus abuelitas, niños o ruborizadas tías.

<1h> Qué pinche grosero eres, esté, más bien soy

Gracias a la existencia de estas palabrotas podemos expresar de forma tajante, fuerte y directa los sentimientos de frustración o enojo que experimentamos día a día, algunas personas aseguran que decir malas palabras, es de alguna manera, una válvula de escape que nos permite canalizar estos poderosos sentimientos de una manera “saludable” para expresar nuestra tensión, impotencia o dolor. Aunque usarlas trae consigo repercusiones extrañas y el uso prolongado crea adicción pasando del uso normal y terapéutico de momentos de frustración a usarlas para todo y en todo.

Lo más feo, es que sin darte cuenta terminas en una comida familiar contando una anécdota muy graciosa llena de groserías que le dan dinamismo a la historia frente a tu abuelita, primitos y tíos. Es obvio que la historia no hubiera resultado tan cómica e interesante sin el uso de las groserías, pero digamos que muchas de las presentes terminaron molestas o ruborizadas por escuchar palabras de este tipo en público, aunque ellas también las digan.

Todos decimos groserías, todos, es más podría decir con seguridad que hasta mi abue las dice, pero existen momentos, lugares y personas que las ameritan, el problema es cuando se crea una adicción y para contar cualquier cosa terminamos diciendo “no mames wey, ese fiesta estuvo bien pinche chingona” o “esa pinche vieja se me atravesó en el periférico”, “que hueva tengo de ir a escuela carnal, el pinche ojete del profesor me mando a la chingada”.

Si analizamos bien, deberíamos hacer un conteo diario de las groserías que usamos en el día, cómo las usamos y para qué las usamos, así podríamos decir “soy un pinche grosero y te vale madres” ah no perdón podríamos decir orgullosamente “Soy Yesica y tengo un problema con las groserías”.

Y ningún nivel socioeconómico está a salvo o exento del abuso de las palabrotas, cualquiera y sea cual sea su edad puede encontrar delicioso decir palabrotas incorporándolas en su vida diaria para expresar y enfatizar cualquier pensamiento. Y también las mujeres decimos muchas pinches groserías, aunque lo neguemos categóricamente en público.

Nadie nos dice que la frecuencia de uso es letal, socialmente hablando claro está.

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