¿Qué harías por un deseo?
Seguramente, en algún momento de ocio mental, te has planteado el clásico escenario hipotético: encuentras una lámpara vieja, la frotas y aparece una entidad dispuesta a concederte lo que sea. Esa fantasía de tener un genio personal es universal, alimentada por historias como la de Aladino, donde la solución a todos los problemas parece estar a un frotamiento de distancia. Imaginar tener tres oportunidades para cambiar tu realidad resulta sumamente tentador; desde riquezas obscenas hasta la paz mundial, o siendo más egoístas, que esa persona especial caiga rendida a tus pies. Sin embargo, cuando la fantasía choca con la lógica adulta, surge la verdadera interrogante que define nuestra moralidad: qué harías por un deseo si la oportunidad fuera real y tangible frente a ti.
La cuestión se complica cuando analizamos la naturaleza de “pedir”. Se supone que los anhelos son aquellas cosas que escapan de nuestras manos, logros imposibles por méritos propios en el corto plazo. Pero, ¿realmente creemos que la magia es gratuita? La literatura fantástica y el sentido común nos han enseñado que todo tiene un precio. Nadie va por la vida cumpliendo caprichos ajenos solo por buena onda. Si se te presentara la oportunidad de obtenerlo todo de forma instantánea, la desconfianza debería ser tu primer instinto. Existe un miedo latente a las “letras chiquitas” del contrato, a esas consecuencias inexplicables o la mala fortuna que suele acompañar a los atajos sobrenaturales. Quizá, al final del día, no estemos dispuestos a pagar el costo oculto de ver nuestros sueños materializados.
Dilemas éticos sobre qué harías por un deseo
Recientemente, navegando por las profundidades de internet con la intención de practicar idiomas, me topé con una situación que puso a prueba mi escepticismo. En estos chats internacionales, donde uno encuentra desde gente maravillosa hasta perfiles verdaderamente disfuncionales, apareció un personaje peculiar. Este individuo, un supuesto astrólogo radicado en Italia, no se anduvo con rodeos y lanzó una propuesta que parecía sacada de un guion de película de serie B: prometió hacer realidad uno de mis anhelos más profundos. La oferta sonaba fascinante hasta que llegó la condición, el famoso “intercambio”. Para que la magia surtiera efecto, yo debía aceptar hacer cualquier cosa que él pidiera. Ahí fue donde “ya salió el peine”, como decimos coloquialmente.
La conversación oscilaba entre lo cómico y lo perturbador. Las probabilidades de que este sujeto fuera un auténtico hechicero eran infinitesimales, mientras que las posibilidades de que fuera un estafador o alguien con la realidad alterada abarcaban casi la totalidad del pastel. Sin embargo, la curiosidad periodística es un vicio difícil de quitar. Me sentí como protagonista de una novela de misterio, incrédula pero incapaz de dejar de escuchar. Este personaje aseguraba que, en una vida pasada, yo había sido una princesa de Babilonia llamada Soyiana, esposa de Plinius, y que poseía una magia antigua en la sangre. Vaya narrativa para enganchar a alguien, ¿no? Una mezcla de halago histórico y promesa mística.
El dilema que planteaba este extraño sujeto era binario y cliché, pero efectivo: debía elegir entre encontrar el amor verdadero o tener tanto dinero que los magnates más ricos del mundo me envidiarían. Además, me dio un plazo de 30 días para decidir si aceptaba el trato. Aquí es donde uno se detiene a pensar qué harías por un deseo cuando la propuesta viene de un desconocido en la web. Aceptar hacer “cualquier cosa” suena peligrosamente a vender el alma o, en el escenario más realista, a caer en una red de extorsión. No obstante, él pedía algo más sutil al principio: que creyera en sus palabras. Y creer, tener fe ciega en alguien de carne y hueso, es a veces más peligroso que cualquier pacto sobrenatural.
Al final, estas experiencias sirven para reflexionar sobre la vulnerabilidad humana ante la esperanza. Aunque mi lado racional grita que es un timo, una pequeña parte de mi cerebro disfruta la historia, el “choro” mareador al estilo de las grandes sagas de fantasía. Es poco probable que acepte hipotecar mi integridad por una promesa vacía, pues ni el dinero infinito ni el amor forzado valen el riesgo de ponerse en manos de un extraño. Sin embargo, la anécdota queda como un recordatorio de que, aunque todos queremos escuchar que somos especiales y mágicos, la pregunta de qué harías por un deseo debe responderse siempre con cautela y los pies bien puestos en la tierra.
