¿Qué haces cuando alguien te gusta?
Pocas cosas en la vida nos transforman tanto como el flechazo inesperado. Un día eres una persona funcional, que paga sus impuestos y cruza la calle con precaución, y al siguiente te conviertes en un manojo de nervios que no puede ni pronunciar su propio nombre sin tartamudear. Es fascinante ver cómo el cerebro decide tomarse unas vacaciones justo cuando alguien te gusta de verdad. De repente, tus habilidades sociales básicas, esas que has perfeccionado desde el jardín de niños, desaparecen misteriosamente. Te encuentras riéndote de chistes que no tienen gracia o asintiendo con tanto entusiasmo que pareces un muñeco de resorte en el tablero de un coche.
No importa cuánta experiencia tengas en el terreno amoroso, esa descarga de adrenalina siempre nos agarra desprevenidos. Es como si el sistema operativo de tu cuerpo se reiniciara y olvidara cómo caminar con naturalidad. Si alguna vez te has tropezado con el aire, tirado el café encima o dicho “igualmente” cuando el mesero te dice “buen provecho” solo porque esa persona especial estaba cerca, bienvenido al club. No estás solo en esta tragicomedia romántica donde el protagonista (o sea, tú) parece perder 20 puntos de coeficiente intelectual cada vez que cupido hace de las suyas.
El extraño comportamiento cuando alguien te gusta
Lo primero que suele pasar es la pérdida total de la capacidad del habla coherente. Es impresionante cómo cuando alguien te gusta, tu vocabulario se reduce drásticamente. Intentas sonar interesante, citar un libro o hablar de cine de arte, pero lo que sale de tu boca es una serie de sonidos guturales o frases sin sentido sobre el clima. Tu mente grita: “¡Di algo inteligente!”, y tu boca responde: “¿Te gustan las papas?”. Y ahí te quedas, con una sonrisa congelada, esperando que la tierra se abra y te trague, mientras la otra persona te mira con una mezcla de confusión y ternura (si tienes suerte).
Luego viene el espionaje digital, una actividad que debería ser considerada deporte olímpico. Antes de siquiera decirle “hola” en persona, ya sabes el nombre de su primera mascota, a dónde fue de vacaciones en 2015 y qué comió su tía abuela el domingo pasado. Te conviertes en un investigador privado de redes sociales, analizando cada like y cada comentario como si fuera una pista en una escena del crimen. El problema es que cuando alguien te gusta tanto, corres el riesgo de darle “me gusta” a una foto de hace tres años a las dos de la mañana. Ese es el equivalente digital a tropezarse en medio de una fiesta silenciosa: todos lo notan y no hay dónde esconderse.
Estrategias fallidas y señales confusas
Otra etapa clásica es el intento de hacerse el interesante o el “difícil”. Decides que no vas a contestar ese mensaje inmediatamente. “Voy a esperar 20 minutos para que no piense que estoy desesperado”, te dices a ti mismo mientras miras fijamente el teléfono contando los segundos. Es una tortura autoimpuesta que rara vez funciona porque, seamos honestos, en cuanto vibra el celular, ya lo tienes en la mano. Esta danza de la indiferencia fingida es agotadora y, la mayoría de las veces, la otra persona ni siquiera se da cuenta de tu elaborada estrategia. Simplemente piensan que te quedaste sin batería o que te fuiste a dormir.
También está el fenómeno de la “ceguera selectiva”. Cuando alguien te gusta, ignoras todas las banderas rojas que, en cualquier otra situación, te harían salir corriendo. ¿Llega tarde siempre? “Es que es muy relajado”. ¿Odia a los perritos? “Seguro tuvo un trauma de niño”. Justificamos lo injustificable con tal de mantener viva la ilusión. Es como intentar convencerte de que esa leche que caducó ayer todavía huele bien; en el fondo sabes que te va a caer mal, pero ahí vas de necio a probarla.
Al final del día, hacer el ridículo es parte esencial del cortejo humano. Esas meteduras de pata, los nervios y las risas nerviosas son la prueba de que algo real está pasando. No tiene sentido tratar de ser perfecto porque, spoiler: nadie lo es. Quizás lo mejor que puedes hacer es abrazar tu torpeza. Si esa persona se ríe contigo (y no solo de ti) cuando se te cae la bebida o dices una tontería, probablemente valga la pena el riesgo. Así que la próxima vez que te sientas como un zombi balbuceando, relájate; es solo el amor haciendo su trabajo sucio.
