Por qué todo el tiempo estoy pensando en alguien

Seguramente te ha pasado que te despiertas y, antes de que logres abrir bien el ojo o pelearte con el despertador, esa cara ya está instalada en tu mente como si pagara renta. No importa si estás tratando de concentrarte en la chamba, si estás en medio de una serie que te urge terminar o si simplemente intentas decidir qué vas a pedir de cenar; esa persona aparece de la nada y te corta toda la inspiración. Es una especie de disco rayado mental que no tiene botón de apagado y que te hace sentir como si hubieras perdido el control total de tus neuronas. Te vuelves un experto en encontrar señales donde no las hay y cualquier canción, por más mala que sea, de pronto parece que cuenta tu propia tragedia o tu comedia romántica de bajo presupuesto. La neta es que estar en ese estado es como traer un comercial pegajoso en la cabeza que no te deja en paz ni un segundo.

La ciencia tiene una explicación bastante lógica para esto, aunque a veces preferiríamos que fuera algo más místico o de destino. Cuando estamos en esa etapa de embobamiento total, el cerebro se convierte en una verdadera fábrica de sustancias que nos mantienen en un estado de euforia constante. La dopamina y la norepinefrina hacen su agosto, provocando que nos sintamos con una energía desbordada y una falta de sueño que no es para nada normal. Es por eso que todo el tiempo estoy pensando en alguien y siento que no puedo enfocarme en nada más, porque mi sistema de recompensa está pidiendo a gritos otra dosis de esa interacción o de ese recuerdo que me hace sonreír como si no tuviera deudas pendientes. Es un subidón natural que nos vuelve un poco distraídos y bastante intensos.

Razones por las que todo el tiempo estoy pensando en alguien

No se trata solo de un capricho de la suerte, existen motivos muy claros por los cuales el cerebro se aferra a una imagen de forma tan obsesiva. Primero está la novedad, ese factor sorpresa que hace que cada detalle de la otra persona nos parezca digno de un estudio profundo. Luego viene la idealización, donde borramos cualquier defecto y convertimos a ese ser humano común y corriente en una mezcla de estrella de cine y mejor amigo ideal. También influye mucho el famoso efecto de los asuntos pendientes; si sientes que hay algo que no se ha dicho o una situación que no ha cerrado, tu mente se quedará en un bucle infinito tratando de resolver el rompecabezas. Es un fenómeno que nos pasa a todos y que nos quita el hambre, el sueño y a veces hasta la poquita dignidad que nos quedaba al revisar el teléfono cada cinco minutos esperando un mensaje.

Si te sientes identificado con esta situación, es probable que también estés pasando por estos puntos:

  • Repasas conversaciones viejas buscando significados ocultos en un simple hola.
  • Planeas escenarios imaginarios donde dices la frase perfecta y todo sale de maravilla.
  • Te distraes a la mitad de una plática con tus amigos porque algo te recordó a esa persona.
  • Sientes que todo el tiempo estoy pensando en alguien y hasta te da risa lo mucho que te cuesta concentrarte en tareas sencillas.

Para lidiar con este torbellino emocional sin perder la cabeza en el intento, hay varias cosas que puedes hacer para que el día rinda un poco más. Aunque parezca difícil, poner un poco de distancia ayuda a que los niveles de esas sustancias químicas bajen a un rango más manejable para tu pobre cerebro. No se trata de ignorar lo que sientes, sino de darle su espacio sin que invada cada segundo de tu existencia. Intentar actividades que requieran toda tu atención, como un deporte que te deje agotado o aprender algo nuevo que sea complicado, obliga a tu mente a soltar por un momento ese pensamiento recurrente. A veces, simplemente aceptar que todo el tiempo estoy pensando en alguien ayuda a que la presión disminuya y que, poco a poco, la vida recupere su ritmo habitual sin tanto drama de por medio.

A la larga, este estado mental es pasajero, aunque cuando estás en medio del incendio sientas que va a durar para siempre. Es una fase que nos recuerda que tenemos la capacidad de conectar con otros de una manera muy fuerte. Lo importante es disfrutar la parte divertida de ese subidón emocional sin dejar que los pendientes se te junten hasta el techo. Ese alguien seguirá ahí, pero tú también necesitas seguir con tus cosas, comer bien y dormir tus horas completas para que, cuando vuelvas a ver a esa persona, no tengas cara de haber pasado por una crisis existencial. La clave es reírse de uno mismo y entender que el corazón tiene sus propios ritmos, pero que tú eres quien lleva el mando de tus acciones.

Es normal sentir que la mente se escapa a cada rato, pero conforme pasan los días, esa intensidad baja y recuperas el control de tus propios pensamientos. Mientras eso sucede, aprovecha esa energía extra para ser más creativo o para hacer esas cosas que habías dejado guardadas en el cajón por falta de ganas. Verás que un buen día te despertarás y, aunque esa persona te siga cayendo súper bien, ya no será lo primero que aparezca en tu cabeza antes de tomarte un vaso de agua. Es parte del proceso de cualquier interés fuerte, y entender que todo el tiempo estoy pensando en alguien es solo una señal de que estás viviendo una etapa emocional muy movida que pronto encontrará su punto de calma.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com