¿Por qué pedimos deseos?

Todo comienza con esa velita de pastel que tienes frente a ti mientras todos tus amigos te gritan que soplis fuerte, o con esa moneda que avientas a una fuente esperando que la magia haga su chamba. Pedir deseos es casi un deporte nacional que practicamos desde que tenemos uso de razón, y la neta es que tiene mucho sentido si lo piensas con calma. Vivimos en un mundo donde a veces las cosas se ponen color de hormiga y la idea de que una fuerza superior o el mismísimo destino nos eche una mano resulta bastante reconfortante. No es que seamos flojos por naturaleza, pero hay que aceptar que nuestra mente siempre está buscando el camino más corto hacia la felicidad, y qué mejor atajo que cerrar los ojos, apretar los puños y esperar que el universo se ponga las pilas por nosotros. Es esa chispa de esperanza la que nos mantiene de pie cuando el camión no pasa o cuando se acaba la quincena antes de tiempo.

La psicología detrás de nuestros deseos diarios

Esta costumbre de andar repartiendo peticiones al aire tiene una raíz muy profunda en nuestra forma de ser. Los deseos funcionan como una válvula de escape para el estrés y la frustración que nos genera el no tener el control absoluto de todo lo que nos rodea. Al desear, estamos proyectando nuestras metas y sueños hacia el futuro, lo que nos da un empujoncito emocional para aguantar la rutina. Sin embargo, existe una contradicción muy chistosa entre lo que queremos y lo que estamos dispuestos a hacer para conseguirlo. Muchas veces preferimos quedarnos en el sillón imaginando que nos ganamos la lotería en lugar de salir a buscar esa oportunidad que cambie las reglas del juego. Es un mecanismo de defensa que nos permite soñar despiertos sin enfrentar el miedo al fracaso o el cansancio que implica picar piedra todos los días.

A veces, la suerte parece más real que la propia chamba. Hay que ser honestos: por más que te partas el lomo trabajando de sol a sol, convertirte en millonario de la noche a mañana está más difícil que encontrar un lugar para estacionarse en el centro un sábado. En cambio, si por un chanfle del destino resulta que pegas el gordo en el melate, tu vida se resuelve en un segundo sin haber derramado ni una gota de sudor. Por eso, para muchos, resulta mucho más factible y hasta lógico poner todas las canicas en el costal de la suerte. Desear ser inmensamente rico parece una meta más cercana a través de un milagro que mediante el ahorro constante y los sacrificios que te piden en cualquier oficina. Es esa fantasía la que hace que cada vez que vemos una estrella fugaz, lo primero que se nos venga a la mente sea una cuenta bancaria con muchos ceros y una vida llena de lujos sin tener que madrugar nunca más.

Existen diferentes tipos de personas cuando se trata de pedirle cosas al universo:

  • Los que aprovechan cada número repetido en el reloj para pedir que el que les gusta por fin les haga caso.
  • Los que guardan el huesito del pollo con la fe ciega de que, si ganan el tirón, su problema se va a solucionar solito.
  • Aquellos que antes de dormir hacen una lista de deseos tan larga que parecen las compras del supermercado.
  • Los que de plano ya no piden nada y prefieren que la vida los sorprenda, aunque casi siempre las sorpresas sean recibos de luz más caros.

A pesar de que confiarle todo a la fortuna puede sonar un poco descabellado, lo cierto es que este hábito nos ayuda a mantenernos positivos. La vida se vuelve un poco más ligera cuando creemos que en cualquier esquina nos podemos encontrar con esa oportunidad que tanto hemos pedido. El problema viene cuando el acto de desear se vuelve un sustituto de la acción; nos quedamos esperando que las cosas caigan del cielo y se nos olvida que, a veces, hay que subir por ellas. La combinación ideal sería tener la fe de un niño que pide un juguete nuevo, pero con la garra de alguien que sabe que la lana no crece en los árboles. Mantener ese equilibrio es lo que realmente nos permite avanzar sin perder la cabeza ni la ilusión en el camino.

Al entender esta dinámica, nos damos cuenta de que pedir deseos es una forma de reafirmar quiénes somos y qué es lo que realmente nos importa. No importa si es por una superstición o por una tradición familiar, el hecho de detenerse un momento a pensar en lo que anhelamos nos da claridad mental. Quizás el universo no siempre nos cumpla el capricho de hacernos ricos sin trabajar, pero el simple hecho de visualizarlo ya nos pone en una sintonía diferente. Sigue soplando las velas y buscando tréboles de cuatro hojas, pero no te olvides de que tu propia energía y tus decisiones son las que realmente mueven la aguja a tu favor. Después de todo, si el destino decide echarte la mano, lo mejor es que te encuentre bien parado y listo para aprovechar la jugada.

Pedir que las cosas pasen es solo el primer paso de una aventura mucho más grande que depende de nosotros. Disfruta de esa magia cotidiana y de la emoción que se siente al cruzar los dedos, pero también reconoce el valor de tu esfuerzo diario. La vida tiene una forma muy curiosa de acomodar las piezas, y a veces, los mejores resultados llegan cuando menos los esperas, mezclando un poquito de buena suerte con un montón de ganas de salir adelante. Así que la próxima vez que tengas la oportunidad de pedir algo, hazlo con toda la fe del mundo, pero prepárate por si te toca a ti hacer la mayor parte del trabajo pesado para que ese sueño se convierta en una realidad tangible y duradera.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com