Cómo no obsesionarse con el gym

Todo comienza con una inocente inscripción en enero o quizás con esa promesa que te haces un lunes por la mañana de “ahora sí, esta es la buena”. Al principio, vas tres veces por semana, usas ropa vieja y te escondes en la elíptica porque las pesas te intimidan. Pero de pronto, sucede algo mágico y peligroso a la vez: ves la primera vena saltar en tu antebrazo o notas que el pantalón ya no aprieta tanto. Ahí es donde la cosa se pone turbia. Lo que inició como un hábito saludable se transforma en una especie de religión donde el dios es el press de banca y el pecado capital es saltarse el día de pierna. Mantener el equilibrio es vital, porque cruzar la línea y obsesionarse con el gym puede convertirte en esa persona que lleva un tupper con pollo hervido a la boda de su mejor amigo.

Por qué es tan fácil obsesionarse con el gym

El proceso es gradual y casi imperceptible. Primero, cambias tu lista de reproducción de música pop por heavy metal o electrónica agresiva que te haga sentir invencible. Luego, tu historial de búsqueda en internet pasa de memes de gatos a “cuánta proteína tiene una pechuga de 100 gramos” o “mejor ángulo para selfie de bíceps”. Es en esta etapa donde tu círculo social empieza a mirarte raro. No es normal que sepas más de aminoácidos que de la vida de tus primos. Obsesionarse con el gym implica que tu estado de ánimo dependa enteramente de si pudiste levantar dos kilos más que la semana pasada o si la báscula te sonrió esa mañana.

El gimnasio deja de ser un lugar para ejercitarse y se vuelve tu segunda casa, literalmente. Saludas al de la recepción con más cariño que a tu pareja y conoces la vida y obra del señor que limpia los vestidores. Empiezas a juzgar a la gente no por su calidad moral, sino por su técnica haciendo sentadillas. Si te descubres cancelando planes un viernes por la noche porque “mañana toca cardio en ayunas”, es momento de encender las alarmas. La vida allá afuera sigue ocurriendo mientras tú estás contando repeticiones frente al espejo, buscando esa iluminación perfecta que te haga ver como una escultura griega, aunque por dentro solo quieras una rebanada de pizza.

El drama de los suplementos y la comida desabrida

Aquí entramos en terreno pantanoso. De repente, tu cocina parece un laboratorio químico clandestino. Hay botes gigantes de polvo de colores, pastilleros con vitaminas de la A a la Z y una báscula de alimentos que cuidas más que a tu celular. La comida deja de ser un placer y se convierte en mero combustible. Obsesionarse con el gym a menudo significa desarrollar un miedo irracional a los carbohidratos después de las seis de la tarde, como si el arroz se convirtiera en veneno al ocultarse el sol. Te convences de que el brócoli al vapor sin sal es un manjar de dioses, cuando en realidad tu paladar está gritando por un poco de sazón.

Ver a alguien sacar una coctelera y agitarla frenéticamente en medio de una reunión de trabajo o en el cine es una señal inequívoca. Ese sonido de la bolita de metal golpeando el plástico es la banda sonora de la obsesión. Gastas una fortuna en suplementos que prometen convertirte en Hulk, pero que mayormente solo logran que tu orina sea de un color radioactivo. La ironía es que buscas verte mejor para, supuestamente, tener más éxito social o romántico, pero terminas aislado porque nadie quiere salir a cenar con alguien que interroga al mesero sobre el tipo de aceite que usan para la ensalada.

Recuperando la libertad y el disfrute

El ejercicio debe ser un complemento de tu vida, no el eje sobre el que gira toda tu existencia. Entender que obsesionarse con el gym puede ser contraproducente es el primer paso para sanar. El cuerpo necesita descanso para crecer; el cortisol que generas por el estrés de no ir a entrenar un día puede ser más dañino que la hamburguesa que te niegas a comer. La salud mental es tan importante como la física. No pasa nada si un día cambias las mancuernas por una tarde de películas o si decides que dormir dos horas más es mejor que madrugar para correr en la caminadora como hámster.

Ser saludable también significa disfrutar de un buen taco, de una cerveza con los amigos o de un pastel en un cumpleaños sin sentir una culpa aplastante. Tu valor como persona no se mide en porcentaje de grasa corporal ni en el diámetro de tus cuádriceps. Si logras ir a entrenar, disfrutarlo, sudar la gota gorda y luego salir de ahí y olvidarte del tema para seguir con tu vida, has ganado. La verdadera meta no es tener el cuerpo perfecto, sino tener un cuerpo funcional que te permita disfrutar de todas las experiencias que el mundo tiene para ofrecer, más allá de las cuatro paredes del gimnasio. Relájate, el músculo no se va a esfumar si te tomas un fin de semana libre.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com