Nunca más lo vuelvo a decir
¿Quién no ha amanecido después de una noche larga, jurando por todos los dioses que nunca más lo vuelvo a decir? O quizás, después de una comida que te hizo sentir como si hubieras tragado un ladrillo, prometes solemnemente que ya le bajas a la garnacha. La vida está llena de esas promesas que nos hacemos a nosotros mismos, con la mejor de las intenciones, pero que curiosamente se evaporan más rápido que un vaso de agua en el desierto. Es casi un rito, una especie de penitencia moderna que repetimos una y otra vez, con la esperanza de que, ahora sí, sea la buena.
La eterna lucha contra la fuerza de voluntad
El ser humano es una criatura de hábitos, y romperlos es más difícil que negarse a un taco al pastor con todo. Piensa en todas esas veces que has dicho: “Ya no me desvelo viendo series”, solo para terminar a las tres de la mañana con los ojos cuadrados, preguntándote si el siguiente capítulo de esa serie Todo el dinero te va a dar las respuestas de la vida. O cuando el reloj marca las seis de la mañana y tu alarma suena como si te estuvieran taladrando el cerebro, y juras que “Mañana sí me duermo temprano”. Esa batalla es universal.
- Los chismecitos a media noche: A veces, el WhatsApp tiene más poder que cualquier despertador.
- “Solo un capítulo más”: La trampa más grande del streaming.
- La resaca y las grandes promesas: El día después de la fiesta, todo es posible.
Este ciclo vicioso es parte de nuestra tragicomedia diaria, donde la buena intención choca de frente con la cruda realidad de nuestros antojos y debilidades. Es ahí cuando volvemos a gritar en nuestra cabeza: nunca más lo vuelvo a decir.
Cuando la comida nos llama y cedemos
Aquí viene el apartado donde la gran mayoría pecamos: la comida. ¿Cuántas veces hemos terminado una comilona digna de emperadores y soltamos un rotundo: “Desde mañana, dieta rigurosa”? Y al día siguiente, el olor a las carnitas de la esquina o la tentación de un pan dulce con cafecito en el trabajo, nos hacen olvidar todo. La fuerza de voluntad es una cosa, pero el estómago es otra muy diferente. Es un clásico mexicano, esa relación amor-odio con la comida deliciosa que nos hace romper cualquier promesa en un santiamén. Es como si nuestro cerebro tuviera una opción de “olvido selectivo” cuando de un antojo se trata.
Las cosas que, de plano, juramos que nunca más lo vuelvo a decir, pero siempre lo hacemos, son:
- “No me tomo otro tequila”: Dicho esto, a veces es la frase que da inicio a la mejor parte de la noche (o la peor, según se vea).
- “Solo me como uno”: Aplica para papitas, chocolates, o cualquier cosa que sea imposible de comer en porciones pequeñas.
- “Este fin de semana sí arreglo mi cuarto”: El concepto de “fin de semana” es muy relativo, ¿verdad?
- “Ya no le entro a los dramas”: Y de repente, ¡zas!, ya estás en medio del chismecito de la oficina.
El humor de nuestra propia inconsistencia
Estas frases que repetimos una y otra vez, y que sabemos que vamos a romper, son parte de lo que nos hace humanos. Esa pizca de inocencia, esa esperanza de que esta vez será diferente, aunque en el fondo sepamos que no. Nos reímos de nosotros mismos, de nuestras caídas y de nuestra inquebrantable capacidad de repetir los mismos errores con una sonrisa en la cara. Es una danza entre la disciplina y el placer, donde muchas veces el placer gana por goleada.
La próxima vez que te encuentres diciendo para tus adentros nunca más lo vuelvo a decir, tómalo con un granito de sal y una buena dosis de humor. Porque, seamos honestos, la vida es demasiado corta para no disfrutar de esos pequeños tropiezos que nos hacen tan auténticos. Y quizás, solo quizás, mañana sí te duermas temprano… o no.

