Nunca fui normal

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De verdad, lo juro, ni ahora que ando en los treinta, ni cuando era joven, es decir, chica en formato niña, adolescente o adulta joven, nunca fui normal; siempre he sido rara, excéntrica, socialmente inadecuada, siempre sin saber que decir, sin saber cómo actuar, como comportarme, como encajar y ahora que lo pienso, no es que no supiera.

A lo mejor al principio me era difícil entender a los demás, pero con el tiempo entendí como querían los demás que yo fuera, como debía encajar, que era lo que debía hacer, decir, como vestirme y cómo comportarme lamentablemente nunca fui normal pero afortunadamente mis papás siempre premiaron mi extravagancia así que los demás tuvieron que aguantar y hasta la fecha, mi extraña forma de ser.

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Porque cada que intentaba ser normal, yo sufría, sentía como si me traicionará a mí misma, el peor tipo de traición que alguien puede experimentar; porque sé que puedo ser normal con naturalidad y fluidez, puedo hablar ese idioma, pero me siento muy extraña al hacerlo. Cagado, pero para mí ser normal, es anormal, y me hace sentir extraña.

Pero debo decir que sí entendía al mundo, si lo entiendo; digo, ver y convivir tanto tiempo con ese mismo mundo, pues cualquiera aprende lo que se espera de su comportamiento. Obvio, digo, hasta en Animal Planet de observar a las sociedades de animales, se puede predecir el comportamiento y patrón de los individuos que las componian.

Así que el hecho es que yo nunca quise encajar, sabía que debía hacer, sabía que debía jugar el juego social, sabía que debía mimetizarme primero con las demás chicas de mi edad, imitar su comportamiento, emularlas para entonces sí, poder pertenecer a un grupo. Y bien, debo confesar que por ciertas etapas y periodos, cuando me sentía sumamente aislada del mundo, por unos breves momentos decidía jugármela, meterme con todo en ese mundo que yo consideraba extraño y ajeno para mí.

El temible mundo de las chicas, que para mí en primaria, secundaria, preparatoria y finalmente la universidad era lo mismo, y no es que quiera menospreciar al género femenino; pero todas las chicas a las que tenía alcance en mis círculos, todas eran el clásico cliché de la niña “bonita” que se ríe de puras pendejadas, que no tiene opinión propia, que vestía bien, que se arreglaba mucho, que sabía que decir para agradar a los chicos, es decir, ser el clásico tipo de niña en primaria, secundaria, prepa y universidad que todos deseaban que fuera, ya sabes, la clásica señorita de sociedad que organizaba reuniones y mandaba cartitas y tenía conversaciones pendejas sobre la vida, el amor, y ser una correcta chica, para hablar de chicos, zapatos, ropa, sexo, noviazgo y esas cosas.

Y yo no quería ser así, yo no quería pasármela en comidas, reuniones o mandándome cartitas pendejas, en aquellos años, ahora mensajes, de ese tipo, no quiero. Y todo este debate de ser normal versus ser rara y andar metida en mis propios rollos filosóficos o inclusive superficiales, pero míos, surgió el fin de semana, cuando mi papá me dio un montón de cartitas de mi época estudiantil. Cartitas que mis amigas me habían mandado.

En el momento en el que me las entrego se me hizo muy raro que estuvieran en su poder, digo, yo no tenía recuerdos mentales de tener ese tipo de cartas o conversaciones con mis amigas, porque según yo, por ser rara y no seguir los protocolos sociales de las chicas, según yo, no tenía amigas. Hasta donde yo recuerdo, o tal vez lo bloquee, yo no tenía amigas, no le caí bien a ninguna niña, adolescente o chava de mi edad, porque yo nunca fui normal y no seguía los protocolos sociales.
Yo era yo, y solo eso.

Así que ver esas cartitas, me pareció sorprendente, y seguro mi papá las encontró y las guardo, porque para mí no eran importantes, y no porque menospreciara una amistad, pero la neta se me hacía bien pendejo eso de las cartitas; pero mi papá encontró un valor sentimental en ellas y las guardo por muchas décadas, bueno, una, tal vez para él, eso era una prueba de que no era tan rara y podía tener amigas.

Así que me dijo revísalas, pero para mí esas cartas, que no valore en un principio, no las iba a valorar a ahora, y después de leer un párrafo de una de ellas, en las que me decían eres buena onda, pero no seas tan rara, o cuando vi otra en la que leía “me caes bien, pero me distancie de ti porque eres rara”, para mí en ese momento recordé que nunca fui normal y que muchas de esas niñas apreciaban lo que había dentro de mí, pero exigían tenerlo en un formato normal.

En ese momento me di cuenta que no era normal, que no soy normal y que no quiero serlo. Así que ese montón de 6 cartitas, se fueron a la basura, tal vez suene arrogante y de hecho, mientras las rompía sin leerlas y no en plan amargado, sino en un plan, de que el pasado es pasado, solo podía pensar, esto debería ser un post y tomarle fotos a esas cartitas pendejas de gente que ni siquiera recuerdo y me exigían ser normal.

Lo normal hubiera sido que yo dejará de ser rara y también hubiese mandado muchísimas cartitas, digo, soy escritora, bien hubiera podido hacer amistad con mis letras; pero simplemente no quería ser normal, porque esas personas me lo exigían, yo quería ser yo, yo quiero ser yo, porque cuando soy normal, siento que me traiciono.

Así que concluí que está bien no ser normal y hay que encontrar personas que lo celebren y no lo critiquen.

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