No hace falta estar enamorado para hacer estupideces

El amor es un remolino de emociones, dicen. Te hace suspirar, ver corazones por todos lados y, según la mitología popular, también te vuelve un poco atarantado. Como si el cerebro, al enamorarse, decidiera tomarse unas vacaciones en la playa, dejando a su paso una estela de despistes y momentos que nos hacen querer que nos trague la tierra. La gente jura y perjura que solo bajo los efectos de Cupido uno anda con los calcetines disparejos, buscando el celular que trae en la mano o intentando abrir la casa del vecino. Pero ¡aguas! La realidad es más variada que un puesto de tamales oaxaqueños. La vida misma nos demuestra, con una sonrisa pícara, que hacer estupideces es un talento que florece sin necesidad de flechazos románticos. A veces, simplemente somos nosotros, en nuestra máxima expresión de la comedia cotidiana, sin necesidad de un drama amoroso de por medio.

Andamos por ahí, creyéndonos muy vivillos, y de repente, ¡pum!, la torpeza nos abraza. ¿Quién no ha mandado un mensaje importantísimo al grupo equivocado, o ha saludado con entusiasmo a un maniquí en una tienda departamental? Estas son proezas que no requieren de un corazón palpitante por otra persona, sino de la pura y simple condición humana. Es como si el universo tuviera un botón secreto que, de vez en cuando, apaga nuestra lógica para que le pongamos un poco de sabor y de risa a la jornada. El tráfico, el cansancio, la prisa, la falta de cafeína o el exceso de ella, cualquier pretexto es bueno para que nuestra capacidad de hacer estupideces se manifieste en todo su esplendor. Y no, no hay ningún Cupido implicado, solo la magia de nuestra propia existencia.

La chispa del despiste: ¿Dónde se esconde el detonante?

A veces, uno se pregunta qué pasa por la cabeza cuando suceden estas cosas. ¿Será un pequeño duende que vive en nuestra memoria a corto plazo y le gusta jugar al escondite con las llaves? Lo cierto es que no se necesita estar con la cabeza en las nubes por un romance para que el mundo se ponga de cabeza. La vida diaria es una fuente inagotable de situaciones que nos invitan a la carcajada (propia o ajena).

Pensemos en el momento en que uno intenta abrir el auto con el control remoto del televisor, o cuando busca sus lentes frenéticamente para leer, ¡y los tiene puestos! Estos son clásicos que ocurren con una frecuencia alarmante en la vida de cualquier persona que respire. No es el amor, es la sobrecarga de información, la multitarea o, simplemente, que el cerebro decidió tomarse un descanso no programado. Es como cuando uno va por la calle con la convicción de que lleva puesto un atuendo fabuloso, solo para descubrir que la playera está al revés. No hay poeta que haya escrito sobre eso en un contexto romántico, pero vaya que sucede. La habilidad para hacer estupideces es, en realidad, una prueba de que somos seres complejos y un poco caóticos.

Un catálogo de nuestras gloriosas metidas de pata sin amor

El repertorio de tropiezos cotidianos es más vasto que la variedad de chiles en un mercado. Desde los más sutiles hasta los que terminan en un “tierra, trágame”, todos son parte de la sinfonía de la vida. No hay edad ni condición social que nos exima de la gracia de estos momentos.

  • El festival de los botones: Intentar abrir la puerta de tu casa con la llave del coche, o viceversa.
  • Confusiones culinarias: Echarle sal al café o azúcar a los frijoles, en un despiste mañanero que no tiene nada de romántico.
  • La búsqueda del objeto perdido: Buscar las gafas que tienes en la cabeza o el celular que llevas en la mano.
  • El saludo ninja: Despedirte de alguien que te encuentras por segunda vez en el día, como si no la hubieras visto hace cinco minutos.
  • El dilema del estacionamiento: No recordar dónde dejaste el coche en el centro comercial, dando vueltas y vueltas como perro con pulgas.
  • Conversaciones extrañas: Responder “provecho” a un estornudo o decir “gracias, igualmente” cuando te desean un buen día.

Estos son solo algunos ejemplos de cómo la capacidad de hacer estupideces no necesita de un flechazo para activarse. Son pequeñas fallas en la matriz de la vida, momentos que nos recuerdan que, por muy serios o responsables que seamos, siempre hay un espacio para el error hilarante.

La comedia de la vida: Abrazando nuestros errores

La verdad es que nuestra propensión a cometer estas pifias sin necesidad de un estado de enamoramiento es lo que nos hace auténticamente humanos y, por qué no decirlo, también bastante adorables. Nos mantiene humildes y nos da un material inagotable para las anécdotas en las reuniones familiares o con los amigos. Al final del día, reírse de uno mismo es una de las mejores terapias que existen.

Estas pequeñas, o grandes, metidas de pata son parte del encanto de la vida. No necesitamos de un drama amoroso para que nuestro lado más despistado y simpático salga a relucir. Aceptemos que somos seres que, de vez en cuando, confunden el lunes con el martes, el shampoo con el acondicionador o el camino a casa con el del trabajo. Esos instantes de desorientación no son un signo de debilidad, sino una prueba irrefutable de que estamos viviendo, experimentando y, sobre todo, aportando un toque de humor a la existencia. Así que, la próxima vez que te encuentres en medio de una de estas situaciones, no te aflijas. Recuerda que no hace falta estar enamorado para hacer estupideces y que, de hecho, estas son las que le ponen ese sazón extra a nuestro día a día. ¡A reír y a seguirle, que la vida es una y está llena de momentos dignos de una buena carcajada!

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com