Las mentiras hoy en día

Si nos pagaran un peso por cada vez que decimos que ya vamos llegando cuando apenas nos estamos metiendo a bañar, probablemente todos seríamos millonarios. Es curioso cómo una actividad tan condenada moralmente desde que somos niños, se ha convertido en el pilar fundamental de nuestra convivencia social. Seamos honestos, las mentiras hoy en día ya no son ese pecado capital que nos mandaba directo al infierno según la abuela; ahora son una herramienta de supervivencia básica, casi tan importante como saber usar Excel o tener buena señal de internet. Vivimos en una época donde la verdad absoluta está sobrevalorada y, sinceramente, nadie quiere escucharla. Si fuéramos brutalmente honestos las 24 horas, probablemente no tendríamos trabajo, pareja, ni amigos con quienes salir el viernes.

Pareciera que hemos entrado en la era del “marketing personal”, donde cada uno de nosotros es una marca que debe proteger su imagen a toda costa. Ya no se trata solo de ocultar que te comiste el último pedazo de pastel, sino de reinventarnos constantemente ante los ojos de los demás. Desde el currículum vitae, donde todos tenemos un “nivel de inglés avanzado” y “trabajamos excelente bajo presión”, hasta las redes sociales, donde nuestras vidas parecen un catálogo de felicidad eterna. Las mentiras hoy en día funcionan como un filtro de Instagram para la realidad: suavizan las imperfecciones, ocultan las ojeras de la rutina y nos permiten presentar una versión editada de nosotros mismos que es mucho más digerible para el resto del mundo.

Sobreviviendo a las mentiras hoy en día

Existe una película genial de Ricky Gervais llamada “La invención de la mentira”, donde se plantea un mundo en el que nadie, absolutamente nadie, puede decir nada que no sea verdad. Aunque suena como una utopía ética, el resultado en la pantalla es un desastre hilarante y cruel. Imagina decirle a tu jefe que su presentación fue aburridísima o confesarle a tu tía que su comida no tiene sabor. El caos sería inmediato. Por eso, las mentiras hoy en día actúan como el aceite que evita que los engranajes de la sociedad rechinen y se rompan. A veces, esa “mentira blanca” es lo único que mantiene la paz en una cena familiar o lo que evita que una relación amorosa termine en un drama innecesario antes del postre.

Es fascinante ver cómo incluso el arte y la música han abrazado este concepto. Grandes ídolos, desde Miguel Bosé hasta bandas de rock legendarias, han dedicado letras enteras a la belleza del engaño. Y es que hay algo extrañamente reconfortante en vivir dentro de una burbuja de cristal. Preferimos mil veces una mentira piadosa que nos haga sentir seguros, a una verdad cruda que nos desmorone el ánimo. Es un efecto placebo social: sabemos que no es real, pero mientras nos haga sentir bien momentáneamente, decidimos ignorar los hechos. Sin embargo, hay una línea delgada entre la cortesía y el engaño total, y navegar esa línea es el verdadero reto de las interacciones modernas.

Al final del camino, todos nos hemos vuelto expertos en detectar cuándo nos están queriendo ver la cara, aunque muchas veces decidimos “hacernos de la vista gorda” para llevar la fiesta en paz. Asumimos que las mentiras hoy en día son parte del paquete de interactuar con otros seres humanos. No es que seamos cínicos, simplemente somos prácticos. Sabemos que detrás de cada “me encantó tu regalo” o “no eres tú, soy yo”, hay una verdad oculta que, por el bien de todos, es mejor dejar enterrada. Así que la próxima vez que te caches soltando un pequeño embuste, no te sientas tan mal; solo estás aplicando las reglas no escritas de este juego llamado vida moderna.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com