Mejores películas de Hitchcock que te harán dudar hasta de tu sombra

Si alguna vez has sentido que alguien te observa mientras te bañas o te ha dado mala espina ese vecino que saca la basura a las tres de la mañana, probablemente es culpa del tío Alfred. Olvídate de los sustos baratos actuales donde un gato salta del armario con la música a todo volumen; aquí estamos hablando de tensión pura, de esa que te hace sudar frío y desconfiar de tu propia madre. El cine de suspenso no sería nada sin la mente retorcida de este señor que, básicamente, nos enseñó que los peligros reales no son monstruos bajo la cama, sino personas con pasatiempos muy cuestionables. Las películas de Hitchcock son el manual definitivo para volverse paranoico con estilo y elegancia.

Para empezar fuerte con la lista de paranoias, tenemos que hablar de La ventana indiscreta (1954). Imagina romperte una pierna, estar aburrido como ostra en tu departamento y que tu único entretenimiento sea espiar a los vecinos. James Stewart interpreta a este fotógrafo metiche que, en lugar de ver Netflix, decide armarse su propia telenovela de crimen real con binoculares. Todo son risas y chisme hasta que sospecha que el vecino de enfrente se despachó a su esposa. Grace Kelly lo acompaña en esta locura, demostrando que la curiosidad no solo mató al gato, sino que casi nos infarta a todos.

Si de planes macabros se trata, La soga (1948) se lleva las palmas por ser la cena más incómoda de la historia. Dos amigos, Phillip y Brandon, deciden que son seres superiores y estrangulan a su amigo David solo para probar una teoría filosófica (vaya forma de justificar un crimen). Lo peor no es eso, sino que esconden el cuerpo en un baúl y sirven la comida encima de él durante una fiesta. James Stewart regresa aquí como el profesor Rupert, quien empieza a oler que algo apesta, y no es precisamente la comida. Es una clase magistral de tensión en una sola toma que te hará revisar dónde te sientas en la próxima reunión familiar.

¿Por qué nos fascinan las películas de Hitchcock?

Quizás es porque nos muestran que cualquiera puede tener un tornillo suelto. Un ejemplo perfecto es Psicosis (1960), la cinta que arruinó la industria hotelera de carretera para siempre. Una secretaria se vuela una lana de su jefe y, en su huida, decide parar en el peor lugar posible: el Motel Bates. Anthony Perkins, como Norman Bates, parece un tipo tranquilo, pero tiene unos problemas con su mamá que harían que cualquier terapia familiar se quede corta. Es un clásico absoluto que nos enseñó que las cortinas de baño transparentes son una inversión necesaria por seguridad.

El caos animal también tiene su lugar con Los pájaros (1963). Si creías que las palomas en el parque solo querían tu sándwich, piénsalo dos veces. Melanie, una chica rica y caprichosa interpretada por Tippi Hedren, viaja para entregar unos pajaritos y ligarse al abogado Mitch Brenner, pero la naturaleza tiene otros planes. De la nada, todas las aves deciden que los humanos sobran y comienzan un ataque masivo y salvaje. Es probablemente la razón por la que mucha gente cruza la calle cuando ve un cuervo.

Hablando de obsesiones raras, en Vértigo (1958), un ex detective con un miedo terrible a las alturas (James Stewart otra vez, el cliente frecuente de Alfred) es contratado para seguir a la esposa de un amigo. Las cosas se ponen turbias cuando la salva de ahogarse y empieza a obsesionarse con ella de una forma que hoy en día te ganaría una orden de restricción inmediata. Kim Novak completa este cuadro de locura psicológica que da tantas vueltas que acabas mareado, y no precisamente por la altura.

No todo es terror puro, a veces es solo mala suerte, como en El hombre que sabía demasiado (1956). El doctor Ben McKenna se va de vacaciones a Marruecos con su familia, pensando que todo será relax y bronceado. ¡Pobre iluso! Termina siendo testigo de un asesinato y se entera de un plan criminal internacional. Para colmo, secuestran a su hijo para que no abra la boca. James Stewart y Doris Day protagonizan esta carrera contra el tiempo que te recuerda que, a veces, es mejor quedarse en casa en vacaciones.

La familia tampoco se salva en este universo. En La sombra de una duda (1943), la joven Charlotte está aburrida de su vida hasta que llega su tío Charlie, su pariente favorito. Todo es miel sobre hojuelas hasta que se da cuenta de que el tío no solo trae regalos, sino también un historial de viudas muertas. Es esa incómoda sensación de descubrir que tu familiar buena onda es en realidad una ficha. Joseph Cotten hace un trabajo fenomenal siendo encantador y aterrador al mismo tiempo.

Si te gustan los espías y la Guerra Fría, Cortina rasgada (1966) es tu opción. Paul Newman interpreta a un científico que viaja a la Alemania comunista fingiendo ser un traidor para robar una fórmula, y su prometida, Julie Andrews, lo sigue sin saber en qué lío se está metiendo. Es una de esas películas de Hitchcock donde la tensión política se corta con cuchillo y la pareja tiene que salir huyendo con el viento en contra.

Siguiendo con el espionaje, Topaz (1969) nos lleva a la crisis de los misiles. Un agente francés se pone a investigar qué traman en Cuba y descubre que alguien le está pasando secretos a Castro. Aquí hay que atar cabos sueltos antes de que el mundo vuele en pedazos. Aunque no es la más famosa, tiene ese sabor a intriga internacional donde nadie es quien dice ser.

Para los amantes de los personajes moralmente ambiguos, está Marnie (1964). Marnie es una ladrona compulsiva y mentirosa profesional, pero eso no detiene a Mark Rutland (Sean Connery) de casarse con ella. En lugar de mandarla a la cárcel, decide intentar “curarla” descubriendo qué traumas del pasado la tienen así. Es una relación bastante tóxica, pero fascinante de ver, con Tippi Hedren sufriendo de nuevo bajo la dirección del maestro.

A veces la justicia se equivoca feo, y eso pasa en Frenesí (1972). Un asesino anda suelto en Londres estrangulando mujeres con corbatas (nota mental: desconfiar de hombres bien vestidos), y la policía culpa al pobre Richard Blaney porque su ex fue la última víctima. Es un thriller crudo y directo donde el protagonista tiene que limpiar su nombre mientras el verdadero culpable sigue haciendo de las suyas.

Otra de huidas desesperadas es Saboteador (1942). Barry es un trabajador de fábrica que pierde a su amigo en un incendio provocado y, para colmo, la policía cree que él fue el culpable. Le toca cruzar el país huyendo de la ley para encontrar al verdadero saboteador y probar que él no rompió ni un plato. En el camino se topa con la bella Pat, porque claro, en medio de una persecución siempre hay tiempo para el romance.

Finalmente, para cerrar con un tono más ligero pero igual de criminal, tenemos Trama macabra (1976). Una anciana busca a su sobrino perdido con ayuda de una médium bastante falsa, mientras que por otro lado hay un par de ladrones obsesionados con diamantes. Todos los caminos se cruzan en un enredo de codicia donde todos quieren el dinero y nadie está dispuesto a compartir. Es el broche de oro de una carrera llena de crímenes perfectos que nunca salen bien.

Después de este maratón, seguramente revisarás dos veces si cerraste bien la puerta y mirarás con sospecha a los pájaros en el cable de luz. El legado del maestro del suspenso sigue intacto porque entendió que el miedo no está en lo sobrenatural, sino en la fragilidad de la mente humana y en los secretos que guardamos bajo la alfombra. Así que, si decides verlas todas, hazlo con la luz encendida y, por favor, evita los moteles de carretera desolados.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com