Me caga que se vaya la luz

Seguramente te ha pasado que estás en el clímax de tu serie favorita, justo cuando el asesino está a punto de quitarse la máscara, o peor aún, cuando estás a un clic de guardar ese archivo en el que llevas trabajando tres horas sin respaldo. Y de repente, todo se vuelve negro. El silencio absoluto se apodera de la habitación, el zumbido reconfortante del refrigerador desaparece y te quedas ahí, mirando tu reflejo en la pantalla oscura como si fuera un espejo del alma, preguntándote qué hiciste mal en tu vida pasada para merecer esto. Es en ese preciso instante cuando el pensamiento colectivo nos une a todos en una sola frase: me caga que se vaya la luz.

Vivimos en una era donde nuestra existencia parece estar atada a un enchufe. Todo lo que nos da alegría, entretenimiento o simplemente nos mantiene cuerdos, depende de esos mágicos electrones corriendo por los cables. Antes, nuestros abuelos nos dirían que aprovecháramos para leer un libro a la luz de las velas o salir a respirar aire puro. Pero seamos honestos, la mayoría de nosotros somos criaturas de interior, alérgicas al polen, al sol directo y, sobre todo, a la interacción social no mediada por una pantalla. Cuando el flujo eléctrico decide abandonarnos, nos sentimos como náufragos en nuestra propia sala, incomunicados y al borde de un colapso nervioso porque el Wi-Fi también decidió tomarse un descanso forzoso.

El complot del universo contra tu tiempo libre

Hay una ley no escrita, casi tan inmutable como la gravedad, que dicta el momento exacto para un apagón. La energía eléctrica nunca falla cuando estás en la oficina un lunes por la mañana rodeado de reportes urgentes. Oh no, ahí la corriente fluye con una estabilidad envidiable, garantizando que cumplas tus ocho horas laborales sin interrupciones divinas. Sin embargo, el escenario cambia drásticamente cuando llegas a tu hogar. Es casi sospechoso que se vaya la luz justo el fin de semana que decidiste no salir y dedicarte a maratonear películas o jugar videojuegos hasta que te sangren los ojos.

Pareciera que el universo tiene un sentido del humor bastante retorcido y disfruta verte caminar por la casa iluminando tu camino con la linterna del celular, cuidando que la batería no baje del 15%. Esos cortes, que a veces duran apenas unos minutos pero se sienten como décadas, te obligan a enfrentar la realidad de tu entorno. De pronto, te das cuenta de que sin el ruido de fondo de la televisión, tu casa hace ruidos extraños, o peor, tienes que hablar con las personas que viven contigo sin la distracción de un dispositivo móvil. Es una desintoxicación forzada que nadie pidió y que todos detestamos secretamente.

Sobreviviendo a la oscuridad moderna

La dependencia tecnológica es tal que, cuando ocurre el apagón, las etapas del duelo aparecen en cuestión de segundos. Primero la negación: “seguro regresa en un minuto”. Luego la ira: maldices a la compañía de luz y al clima lluvioso. Después la negociación: prometes ser mejor persona si el módem vuelve a parpadear. Y finalmente, la depresión: te tiras en el sofá a mirar el techo. Incluso las tareas más básicas se vuelven imposibles. Si tienes teléfonos inalámbricos, felicidades, ahora tienes pisapapeles muy caros. Si tu estufa es eléctrica, prepárate para cenar galletas saladas y atún directo de la lata.

Es curioso cómo algo tan simple puede desmoronar nuestra rutina. Me caga que se vaya la luz porque nos recuerda lo frágiles que somos ante la falta de comodidades modernas. Nos transformamos en seres primitivos buscando señal 4G en la ventana como si fuera agua en el desierto. Y ni hablar del calor si es verano, o del miedo a que se descongele el pollo que lleva meses en el congelador. Es una carrera contra el tiempo y la temperatura.

La ironía de la desconexión total

Al final, cuando la energía regresa con ese “bip” glorioso de los electrodomésticos reiniciándose, sentimos un alivio casi espiritual. La vida vuelve a tener sentido, el internet reconecta y volvemos a sumergirnos en la red, ignorando nuevamente el mundo físico. Pero queda esa pequeña espina, ese recordatorio de que somos esclavos del interruptor. Aunque intentemos verle el lado amable o romántico, la verdad es cruda y directa: no estamos hechos para la oscuridad. Así que la próxima vez que te quedes a oscuras, recuerda que no estás solo en tu frustración; en algún lugar, alguien más está gritando al vacío porque me caga que se vaya la luz tanto como a ti.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com