Las enseñanzas que dejó Toy Story

¿Quién no ha soltado una lagrimita con la saga de Toy Story? Admitámoslo, hasta el más rudo ha sentido un nudo en la garganta viendo a Woody y Buzz enfrentar sus dramas existenciales. Lo que parecía un simple cuento de juguetes cobrando vida, terminó siendo una maestría en filosofía barata, pero efectiva. Más allá de las aventuras y las frases célebres, esta serie de películas nos ha dejado lecciones que, si las aplicamos, hasta para lavar los trastes con entusiasmo nos sirven.

Los juguetes de Toy Story y la crisis de la mediana edad

Imagina tener una chamba donde tu única función es hacer feliz a un chamaco, y de repente, ¡pum!, te cambian por el modelo nuevo, más chido, con más funciones. Así se sienten los juguetes de Toy Story cada que Andy o Bonnie voltean a ver a otro lado. Es como una crisis de mediana edad en miniatura, pero con más peluche. Aprendimos que el valor no lo define el que te elijan, sino el propósito que encuentras, incluso si te toca ser el juguete de la guardería que nadie pela. O sea, el chiste es darle sabor al caldo, aunque no seas el ingrediente principal. La vida de un juguete, como la nuestra, tiene sus altibajos, y saber adaptarse es la clave.

La amistad, ese salvavidas que no sabías que necesitabas

Y qué me dices de la amistad. Si hay algo que Toy Story grita a los cuatro vientos es que los amigos son para las buenas y, sobre todo, para las recontra malas. Como cuando se veían ya casi valiendo gorro en aquel horno y, a pesar del pánico, todos se agarraron de la mano. Esa escena, que nos dejó con el corazón en la boca como si fuera nuestro último taco al pastor, es una cátedra de camaradería. No importa si tu cuate es un vaquero anticuado o un astronauta que no sabe que es un juguete, la lealtad es la que rifa. Y si la situación está bien gacha, pues un abrazo grupal no está de más. En el universo de Toy Story, los lazos que te unen a tus amigos son más fuertes que cualquier pegamento.

Cuando crecer es un acto de valentía

La despedida de Andy con sus juguetes, esa que nos hizo moquear a todos, es la mejor analogía para cuando uno se hace grande y tiene que dejar ir las cosas de chavito. Duela lo que duela, hay ciclos que terminan. Pero no es un adiós triste, es un “hasta la vista, baby” que abre paso a nuevas aventuras, a nuevos chamacos que te pueden dar más carrilla. Es la muestra perfecta de que el cambio es inevitable y que aferrarse al pasado es tan útil como intentar usar un Discman hoy en día. La valentía de Andy al desprenderse de sus compañeros de juegos nos enseña que soltar es parte fundamental de la vida.

Al final del día, Toy Story nos enseñó que la vida, con sus subidas y bajadas, sus abandonos y reencuentros, es una aventura. Que hasta en los momentos más oscuros, cuando parece que todo se va a la fregada, hay espacio para la amistad, el propósito y un buen chascarrillo. Así que la próxima vez que te sientas como un juguete olvidado en el fondo del baúl, recuerda a Woody y Buzz. Agarra valor, busca un nuevo niño (o un nuevo pasatiempo) y sigue adelante. Porque la vida es un juego, y hay que jugarlo con todo.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com