Las curiosidades no existen, perdón yo quería decir, las casualidades no existen
A veces parece que el universo tiene un sentido del humor bien pesado y que alguien allá arriba se está botando de la risa viendo cómo nos tropezamos con la misma piedra dos veces. Existe esa idea media mágica de que las casualidades no existen y que todo, desde perder el transporte hasta encontrarte a tu ex en el súper, es parte de una red de conexiones súper compleja que apenas alcanzamos a masticar. Es como si viviéramos en una simulación donde cada evento, por más chiquito que parezca, está amarrado a un plan maestro universal diseñado para entretener a una entidad superior que nos mira como si fuéramos personajes de un videojuego. Para muchos, creer en el destino es una forma de no sentirnos tan solos en este caos, aunque a veces ese “destino” parezca más una broma de mal gusto que una guía espiritual llena de flores y luz.
Hace más de medio siglo, un psicólogo llamado Carl Jung se sacó de la manga la teoría de la sincronicidad para explicar por qué ocurren dos cosas al mismo tiempo sin una causa lógica aparente, pero con un significado que te vuela la cabeza. Si te pones a leer sus textos originales, la neta es que necesitas tres diccionarios y un café bien cargado porque usan un lenguaje tan enredado que parece que quieren que nos quedemos en la ignorancia total. Hablan de eventos “no relacionados causalmente” que tienen el mismo sentido, y uno se queda con cara de “¿qué pasó?”. Básicamente, nos dicen que las casualidades no existen y que lo que nosotros llamamos chiripa es en realidad el cosmos tratando de darnos un mensaje en clave que solo entendemos cuando estamos bien receptivos o de plano muy desesperados por una respuesta.
Por qué decimos que las casualidades no existen
Hay quienes dicen que vivir en este “fluir” es como convertir la vida en una aventura permanente, algo así como ser el protagonista de una película de descubrimiento constante donde nada es por azar. Sin embargo, cuando escuchas a los expertos hablar de esto con tanta terminología intelectual, uno se pregunta si realmente hay ciencia detrás o si solo son filósofos con mucho tiempo libre dándole un toque romántico a la realidad. A pesar de las definiciones confusas que mezclan el espacio-tiempo con el estado psíquico del individuo, hay algo muy reconfortante en pensar que el azar es un mito de la gente aburrida. Al final, si lo que nos pasa tiene un peso emocional fuerte, preferimos creer que las casualidades no existen antes que aceptar que el mundo es simplemente un lugar aleatorio y sin sentido donde las cosas pasan porque sí.
Como decía aquel genio de la tecnología, los puntos solo se pueden unir mirando hacia atrás para entender el camino recorrido. No puedes entender por qué te pasaron ciertas tragedias o encuentros raros en el momento exacto, pero con el tiempo todo cobra sentido y te das cuenta de que cada paso te trajo exactamente a donde tenías que estar. Ayer mismo me pasó algo que me dejó pensando seriamente en que las casualidades no existen, una de esas señales que te dicen que, a pesar de todo el drama, las cosas van a estar bien. Es como recibir un mensaje de texto del universo en el momento justo para recordarte que sigas apostando por lo que quieres, aunque el resto del mundo piense que eres un lunático por creer en la metafísica del cosmos.
Creer en la sincronicidad o en el destino nos da esa chispita de esperanza necesaria para no tirar la toalla cuando la vida se pone difícil o cuando sentimos que no damos una. Ya sea que se trate de un plan divino, de la física cuántica o simplemente de nuestra mente buscando patrones donde no los hay para no volvernos locos, el resultado es el mismo: nos sentimos más conectados y con un propósito claro. No importa si es literatura romántica o una verdad científica incuestionable, lo que cuenta es la sensación de paz que nos queda al pensar que todo sucede por una razón mayor. Así que la próxima vez que te pase algo increíblemente oportuno o extraño, no te quiebres la cabeza buscando la lógica; mejor sonríe y acepta que, tal vez, las piezas del rompecabezas finalmente están encajando para ti.
