Meterse en la vida de los demás

Existe una inclinación curiosa en la naturaleza humana, un pasatiempo no declarado que ejercitamos con devoción casi religiosa: el análisis pormenorizado de las existencias ajenas. Decimos que es pura cortesía preguntar cómo va todo, pero la verdad es que, más allá del “bien, ¿y tú?”, nos fascina desmenuzar las decisiones, los dramas y las victorias de otros. Desde el vecino que cambia de coche, hasta el famoso que se divorcia por tercera vez, la constante es la misma: tenemos un máster honorario en la vida de los demás, aunque nuestras propias andanzas a veces no merezcan ni un diplomado.

La eterna curiosidad por la vida de los demás

Es un fenómeno casi instintivo. Nos prometemos a nosotros mismos que no nos importa, que cada quien tiene sus propios problemas, pero la verdad es que la tentación de asomarse a la ventana ajena es casi irresistible. La existencia de un tercero se convierte en una serie de televisión con capítulos impredecibles, y nosotros somos los espectadores más fieles. Nos preguntamos por qué la señora de la esquina siempre usa el mismo abrigo, o cómo le hizo el compadre para comprar esa casa tan grande. Y no es que busquemos la verdad universal, ni que estas respuestas vayan a cambiar el curso de nuestra jornada. Simplemente, la intriga por la vida de los demás se alimenta de sí misma, como un motor que nunca se detiene.

Las tertulias del ajeno: ¿por qué nos interesa tanto?

Quizás se deba a que, a veces, la nuestra propia nos parece un tanto monótona. Opinar sobre el corte de pelo de la prima o el nuevo negocio del cuñado nos da una sensación de control, una pequeña dosis de poder en un mundo que a menudo nos abruma. Decir: “¡Uy, si yo hubiera hecho eso!” o “¡Menos mal que a mí no me pasó!” nos posiciona como observadores sagaces, incluso si en nuestro interior sabemos que somos igual de despistados o proclives al error. Nos convertimos en críticos de cine, pero en lugar de películas, nuestras reseñas son sobre los matrimonios, las finanzas o las decisiones de crianza de otros. Y a veces, esta inmersión en la vida de los demás es solo una excusa para llenar silencios incómodos o para tener tema de conversación cuando las ideas propias escasean. Es más fácil hablar de lo que hace el de enfrente que de lo que hemos dejado de hacer nosotros mismos.

La paradoja de la mirada exterior

Es fácil señalar el desorden en el jardín del vecino mientras el nuestro está lleno de maleza. Esta afición por el “qué dirán” y el “ya te enteraste” es, en esencia, un distractor. Nos permite posponer la introspección, el enfrentar nuestras propias complicaciones y desafíos. ¿Y si en lugar de analizar el porqué de la mudanza del amigo, dedicáramos ese tiempo a organizar nuestra propia casa? ¿Y si el entusiasmo con el que criticamos una decisión ajena lo usáramos para impulsar nuestros propios proyectos?

Al final, la constante atención a la vida de los demás puede ser una forma sutil de evadir la nuestra. Dejamos que la curiosidad (o la ociosidad) nos arrastre a debates estériles sobre realidades que no nos pertenecen, mientras nuestras propias oportunidades y áreas de crecimiento esperan pacientemente. Quizás sea momento de reorientar el telescopio, no hacia la calle de al lado, sino hacia nuestro propio universo interior.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com