La vez que casi me da un infarto por meter comida al cine

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Creo que soy la Señorita de las experiencias de vida, y ah, por cierto no son cualquier experiencia aburrida, normal, común o corriente; yo soy esa persona a la que siempre le están pasando cosas tan increíbles que parecen exceso de imaginación; pero lo juro, son verídicas, reales y comprobables. Además tengo evidencia en foto y video que respaldan mis locas pato aventuras.

Otro por cierto, sí, señorita todavía aunque les pese.
Que hablando de eso, no tienes idea cuanto me molesta ir por la calle y que me digan Señora, ok, ya se que me veo ruca, ya sé que estoy ruca; pero por pura educación y respeto no porque una mujer se vea ruca le vas a decir Señora. Que no saben que es un mundo moderno, en el que las mujeres no se casan. Entonces resulta una gran falta de respeto decirles a todas las treintonas por default Señoras; pero esa es de mis anécdotas comunes y corrientes.

Pero hoy estoy recordando la vez que casi, casi imploraba en tono NADA FRESA, “trágame tierra” y fue la vez que metí de contrabando comida al cine.

Que por cierto hay que decirlo, eso de comprar comida en el cine termina siendo carísimo, y comprar el combo cuates de palomitas, refrescos, nachos y algún dulce extra, terminan siendo $400 pesos, ahora échale la entrada y se convierte en un hobbie muy caro.

Además, según yo, ya me quiero poner a dieta y hablando de números en dinero y números en calorías; una ida al cine termina siendo algo muy caro. Esa fue la razón por la que empecé a contrabandear manzanas y jícamas cada que iba al cine, y como en un fin de semana normal me iba a ver hasta 5 pelis, pues bueno, mi figura y mi cartera fueron favorecidas por la idea de meter una manzana al cine.

Digo, llevar comida ajena a estos establecimientos solo genera una amonestación o sanción por parte del cine, pero no es un delito.

Sin embargo eso no quita la pena de meter comida al cine; que obvio, muchos lo hacemos, MUCHOS.
Pero en el momento que estas intentando abrir los cacahuates, las papas, el refresco o lo que sea que lleves, en ese momento te mueres de la pena por lo que estás haciendo.

¿Nunca te ha pasado?, ese momento en el que destapas tu Coca y jurarías que la policía de la comida en el cine te oyó y te va a llevar a la cárcel.

Pues bueno, así me paso una vez, así me paso en la película Tomorrowland y es que ahí fue más feo y lo juro, casi me da un infarto por meter comida en el cine.

Y es que aquella vez, justo al inicio de la sala, había un policía, uno que parecía el justiciero de las palomitas y con su mirada atenta y de verdugo nos veía a todos en la sala.

Así que cada que yo hacía ruido con mis cacahuates contrabandeados, lo juro, con cada sonido que hacia la bolsa, con cada mordida que daba a mis cacahuates sentía que me condenaba más y solo esperaba el momento en el que el policía de los cacahuates llegaría para meterme presa y ese sentimiento acelerará mi corazón a niveles épicos, casi, casi me daba un infarto.

Lo peor fue cuando mi acompañante, en su miedo y desesperación por evitar al policía de los dulces; que el también juraba que lo estaba viendo con mirada amenazadora, en su desesperación y tratando de abrir la bolsa abrefácil de pasitas con chocolate, hizo tanto ruido que yo juraba que ya nos metían a la cárcel.

En mi mente y con mucha desesperación solo podía pensar “puñetaz, aborta la misión de abrir las pasitas”.

Ahora, yo sé que no estábamos haciendo nada malo y finalmente el policía ni nos estaba viendo, pero cuando haces algo y sabes que no está bien, sientes la culpa y tu cuerpo te delata; como en el Corazón Delator.

Obvio, todo estaba en mi mente, incluso el infarto.

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