La policía de los demás

Seguro te ha pasado: vas por la vida tan tranquilo, en tu mundo, y de repente, ¡zas!, alguien hace o dice algo que, sin ser asunto tuyo, te provoca una irremediable necesidad de opinar. Es esa curiosa tendencia humana, casi un superpoder, de creer que sabemos exactamente cómo los demás deberían vivir, vestir, hablar o incluso pensar. Nos convertimos, sin darnos cuenta, en una especie de tribunal andante, listos para emitir un veredicto sobre las acciones ajenas. Esa costumbre tan arraigada de andar de policía de los demás es, por lo menos, para echarle un ojo y echarnos unas risas.

Parece que nuestra curiosidad por lo ajeno es insaciable. Desde el vecino que pone la música muy alto, hasta el colega que elige una carrera diferente, o la comadre que decide viajar sola por el mundo. Siempre hay algo en la vida del prójimo que activa nuestro chip de “corrección” o “sugerencia no solicitada”. ¿Por qué nos importa tanto si no nos afecta directamente? Tal vez sea un exceso de tiempo libre, o una forma de evitar mirar nuestras propias decisiones, esas que a veces también son un tremendo relajo. Quizás, y esto es solo una idea, es que nos encanta la adrenalina de sentirnos un poquito por encima del resto, con la verdad absoluta bajo el brazo.

Cuando somos la policía de los demás

Esa manía de andar de “sabelotodo”, siempre listos para juzgar, es lo que podríamos llamar el síndrome de la tía metiche. Esa figura omnipresente que tiene opinión para todo, desde cómo se cocina la sopa hasta cómo se educa a los hijos de otros. Y no nos engañemos, todos, en algún momento, hemos caído en la tentación de ser un auténtico policía de los demás. La verdad es que, en el fondo, los asuntos ajenos no nos quitan el sueño, no nos hacen desvelarnos, pero sí tenemos esa chispa, esa energía extra para soltar el comentario, la crítica o la sentencia, como si fuéramos jueces de un programa de concursos de la vida.

Lo más curioso de este fenómeno es la dualidad. Nos encanta señalar lo que, a nuestro parecer, está mal en los demás. Pero, ¿con qué frecuencia aplicamos esa misma lupa a nuestro propio espejo? Es fácil ver la paja en el ojo ajeno y pasar por alto la viga en el nuestro. Y ojo, que no se trata de no preocuparse por el bienestar de quienes nos rodean, sino de esa tendencia irrefrenable a querer controlar y moldear la vida de otros a nuestra propia imagen y semejanza.

Hace no mucho, me pillé en esas, en un momento de “corrección” mental ante lo que otro hacía. Y me dio un poco de vergüenza. En ese instante, me di cuenta de que no soy la maestra universal, ni la guardiana del buen gusto, ni mucho menos la que dicta cómo se debe vivir. Mi papel no es ser la policía de los demás, sino, si acaso, mi propia inspectora. La tolerancia y la paciencia, que pensé que con los años se hacían más robustas, a veces parecen querer escurrirse como agua entre los dedos, especialmente cuando la ciudad y su ritmo nos invitan a la impaciencia.

Al final del día, quizá la verdadera reflexión no esté en por qué los demás hacen lo que hacen, sino en por qué nos afecta tanto lo que hacen los demás. Quizás, solo quizás, toda esa energía que invertimos en ser la patrulla de la vida ajena, podría ser mejor empleada en revisar nuestra propia ruta, afinar nuestro propio rumbo y celebrar la maravillosa diversidad de vidas que nos rodean. Dejar que cada quien viva a su manera, siempre que no dañe a nadie, es, al final, un acto de libertad para todos, incluyendo a quien se libera de ser el eterno vigilante.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com