Haciendo el ridículo en el Metro Hidalgo
Imagínate que vas tarde a la chamba, con el sudor en la frente y el alma en un hilo porque el transporte no pasa, pero de repente entras al transbordo y sientes que viajaste en el tiempo. Entre que están tratando de pimpear la ciudad para que se vea decente frente a las visitas internacionales y las obras eternas, parece que la estación entró en una especie de dimensión desconocida o un set de película antigua. Andar por el Metro Hidalgo en estos días es una experiencia bien bizarra porque te topas con lámparas de época y candelabros que nada tienen que ver con el olor a fritanga de afuera o el empujón clásico para entrar al vagón. Es el escenario perfecto para que te salga lo ocurrente y termines haciendo alguna tontería solo por el puro gusto de ver cómo reacciona la gente que va igual de estresada que tú.
Cómo disfrutar haciendo el ridículo en el Metro Hidalgo
Lo más chistoso de todo es que, con esa decoración victoriana que le pusieron, uno siente que debería llevar un sombrero de copa o un vestido de época en lugar de los tenis mugrosos y la mochila de la escuela. La neta, la vibra está tan fuera de lugar que se presta para que te detengas a media escalera y pretendas que estás en una gala de la alta sociedad, aunque lo único que tengas en la bolsa sea un ticket usado y la esperanza de que el tren no se quede parado en el túnel. En el Metro Hidalgo, las situaciones para quedar en vergüenza se multiplican por mil gracias a este contraste tan loco entre lo moderno que quieren que parezca y la realidad de que seguimos apretados como sardinas bajo una luz que parece de castillo embrujado.
Si tienes ganas de romper un poco con la rutina y no te importa que los demás te vean con cara de “a este qué le pasa”, podrías intentar algunas de estas cosas para aprovechar el ambiente:
- Hacer una reverencia profunda frente a los candelabros mientras esperas que el policía te deje de mirar feo por obstruir el paso.
- Caminar con muchísima elegancia, como si estuvieras en una pasarela de París, justo antes de que el vendedor de chicles te baje de tu nube.
- Tomarte fotos fingiendo que eres un personaje de una novela de misterio, aprovechando que la luz de las lámparas te da ese aire intelectual que normalmente no tienes.
- Preguntar a voz en cuello dónde está el carruaje que te llevará a la siguiente estación para ver quién se ríe o quién te ignora con desprecio.
La realidad es que la remodelación del Metro Hidalgo es un recordatorio de que la ciudad siempre encuentra formas muy raras de sorprendernos cuando menos lo esperamos. Aunque a veces parezca que las autoridades se gastan el presupuesto en cosas que no tienen pies ni cabeza, al menos nos regalan un rato de distracción entre tanto caos. No importa si el Metro Hidalgo parece una mansión antigua o una bodega en obra negra, lo que realmente cuenta es cómo nos tomamos el trayecto. A veces, hacer un poco el ridículo es la única forma de sobrevivir al viaje sin perder la cabeza, disfrutando de lo absurdo que es nuestro día a día bajo la tierra.
Es mejor reírse de lo extraño que se ve todo ahora que quejarse por el tiempo que tardaron en poner esos focos que seguro se van a fundir en dos semanas. La próxima vez que pases por ahí, tómate un segundo para apreciar lo ridículo de la escena y recuerda que, aunque el entorno cambie y le pongan adornos elegantes, la esencia de la ciudad siempre será ese desmadre divertido que nos hace sentir como en casa. Al final, todos somos parte de este teatro urbano donde lo más normal es que nada tenga sentido y donde un candelabro elegante en medio del transbordo es solo otra anécdota más para contarle a los amigos mientras se echan unos tacos.