Fascinación por las historias de espantos

De repente, una sombra se mueve donde no debería, un sonido raspa el silencio de la noche o una voz susurra tu nombre cuando estás solo. Y, sin embargo, en lugar de salir corriendo despavoridos, una extraña emoción nos invade, una mezcla de nerviosismo y una curiosidad que pica. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha sentido un peculiar gusto por lo que nos hace saltar del asiento, por aquello que nos eriza la piel. No es una cosa rara. De hecho, ese gusto por las historias de espantos es una parte fundamental de nuestra cultura, un rito casi tribal que nos une en el miedo compartido y en la adrenalina que nos recorre.

Es casi cómico, si lo pensamos bien. Buscamos activamente algo que nos asuste, que nos haga sentir vulnerables, para luego reírnos o comentar lo impactados que quedamos. ¿Será que hay algo en nuestra programación que nos empuja a coquetear con el abismo desde la comodidad y seguridad de nuestro sillón? Quizás es la emoción de sentirnos vivos, esa descarga de adrenalina que nos recuerda que somos capaces de procesar el peligro sin estar realmente en él. Las historias de espantos nos dan una ventana a lo desconocido, a esos rincones oscuros de la imaginación que, de otro modo, preferiríamos mantener cerrados con llave.

El chismecito del más allá: por qué nos encantan las historias de espantos

¿Por qué demonios nos gusta pasarla mal, aunque sea por un ratito? La respuesta es más compleja y divertida de lo que parece. Es como cuando uno va al puesto de tacos de suadero que sabe que le va a caer pesado, pero el gusto es más fuerte. Con las historias de espantos pasa algo similar:

  • La descarga de adrenalina segura: Es una montaña rusa emocional controlada. Sentimos la taquicardia, el suspenso y el miedo, pero sabemos que estamos a salvo. No hay fantasmas que salgan de la pantalla a jalarte los pies.
  • Nos ayuda a lidiar con nuestros miedos: Al enfrentarnos a monstruos, fantasmas o situaciones aterradoras en la ficción, de alguna manera procesamos y entendemos mejor nuestros propios miedos de la vida real. Es una especie de terapia de choque con efectos secundarios divertidos.
  • La emoción de lo prohibido o desconocido: El ser humano es curioso por naturaleza. Nos gusta explorar los límites, indagar en lo que no comprendemos del todo. Las leyendas urbanas y relatos de aparecidos ofrecen una probadita de ese mundo que se esconde más allá de lo visible.
  • El pretexto perfecto para juntarse: No hay nada como compartir una leyenda tétrica alrededor de una fogata o ver una película de terror con amigos, ¡siempre hay alguien que grita más fuerte o que se tapa los ojos! Es una experiencia comunitaria que nos acerca.

Además, las historias de espantos son un espejo de nuestras creencias y tradiciones. Nos conectan con el pasado, con los relatos que nuestros abuelos contaban bajo la luz de la luna, y que se han transformado para seguir asustándonos en la era digital. Piénsalo bien, cuántas veces no hemos oído esa historia de la “Llorona” que sigue buscando a sus hijos, o del “Nahual” que acecha en la oscuridad. Estos relatos, lejos de perder fuerza, se adaptan y siguen siendo parte de nuestro folclor colectivo.

Así que, la próxima vez que te encuentres con una narración que te haga temblar, o que te ponga los pelos de punta, recuerda que no estás solo en tu gusto. Esa pequeña sacudida de miedo es parte de un ritual antiguo, una forma ingeniosa de explorar la oscuridad con una sonrisa nerviosa en la cara, y al final, sentirnos un poco más vivos. Es la prueba de que, a veces, un buen susto es justo lo que necesitamos.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com