Facebook ¿seguidores o amigos?
Entrar a las redes sociales hoy en día es como intentar jugarle a las vencidas con un algoritmo que tiene humor de perros y cambia las reglas cada que se le antoja. Un día te despiertas sintiéndote el muy muy porque tienes mil notificaciones y al otro te das cuenta de que, en realidad, no conoces ni a la mitad de los que andan viendo tus fotos. Esa duda existencial de si lo que tenemos en el perfil son seguidores o amigos se ha vuelto una especie de deporte extremo donde todos pretendemos que nos importa la opinión de un extraño que vive a quinientos kilómetros. La realidad es que ya no sabemos si estamos armando una comunidad con la cual convivir o si nada más estamos alimentando un ego que tiene más hambre que un estudiante en final de semestre. Nos urge entender que, por más que le piquemos a la pantalla, la validación digital no quita lo solo que uno se siente cuando no hay nadie a quien pedirle un favor de verdad.
El chiste de ser influencer de chocolate
El gran problema psicológico de este asunto es el mentado espejismo de popularidad que nos hace creer que somos la gran cosa porque tenemos a cinco mil gentes viendo qué desayunamos. ¿A poco crees que a alguien le cambia la vida ver la foto de tus Zucaritas con harto plátano y un filtro que hace que la leche parezca radioactiva? Esa necesidad de postear hasta cuando se nos encarna una uña es un síntoma claro de que estamos buscando llenar un hueco con puros “me gusta” que no sirven para maldita la cosa. La diferencia entre tener seguidores o amigos radica en que los primeros solo están ahí para ver si te tropiezas, mientras que los segundos son los que se ríen contigo del trancazo pero te ayudan a levantarte. Nos hemos vuelto expertos en proyectar una vida de ensueño mientras que, por dentro, estamos sufriendo porque la foto de las vacaciones no llegó ni a los cien corazoncitos.
Esta modalidad de las suscripciones en la plataforma es de lo más bizarro que nos pudo pasar, porque ahora cualquiera puede andar de mirón sin que le demos el visto bueno. Para la gente que solo quiere un rincón privado para echar el chisme con la tía o subir la foto del perro, que de pronto aparezcan desconocidos siguiéndote es como si un extraño se metiera a tu sala a ver qué estás viendo en la tele. Lo peor es que, para no perder la costumbre, uno no decide nada; simplemente te aguantas porque la red social así lo quiso. Aquí te dejo unos puntos para que veas que no eres el único que siente que esto ya se salió de control:
- Tener cinco o siete mil contactos no te garantiza que alguien te vaya a visitar si te enfermas del estómago.
- La privacidad es un choro mareador; al final, todos terminan sabiendo hasta de qué marca son tus calzones.
- Presumir una vida de lujos en internet suele ser el disfraz de una cuenta bancaria que está llorando.
- Aceptar a todo el mundo con tal de subir el número es como dejar la puerta de tu casa abierta en plena noche.
La bronca de las suscripciones sin permiso
Esa manía de andar analizando lo que los demás dicen y lo que prefieren guardarse nos convierte en unos paranoicos de primera. A veces la gente dice mucho más con el silencio o con quedarse ahí como simples espectadores, viendo cómo te va en la feria sin decir ni pío. Es un voyerismo moderno que nos hace sentir observados todo el tiempo y nos obliga a cuidar las formas para no “quemarnos” con la chaviza o con los contactos del trabajo. Entre decidir si queremos seguidores o amigos, la plataforma ya eligió por nosotros y nos convirtió en mercancía de exhibición. Lo más triste es que nos desvivimos por crear contenido que a nadie le importa realmente, perdiendo el tiempo que podríamos usar para echarnos unas quecas con la gente que sí nos quiere.
La salud mental se va directo al caño cuando intentamos mantener una fachada de perfección para una audiencia que, si mañana desapareces, ni cuenta se va a dar. Nos da ansiedad ver que alguien que no conocemos nos sigue pero no interactúa, y empezamos a elucubrar historias bizarras sobre quién será ese personaje. La verdad es que de estas redes no sabemos nada, y como decía el filósofo, solo podemos estar seguros de que estamos bien perdidos en este laberinto de actualizaciones y parches de seguridad que no aseguran nada. Sería mucho más sencillo si pudiéramos mandar a todos los que no queremos de amigos a una lista de espera eterna, pero la plataforma prefiere que seamos un libro abierto aunque nuestras páginas estén llenas de puras quejas y memes reciclados.
Confundir la interacción con la conexión es el error más común de este siglo. Un “like” de un desconocido nos da un subidón de dopamina que dura menos que un dulce, y luego volvemos a la misma de antes, buscando quién más nos peló. La verdadera amistad no se mide por cuántas personas vieron tu estado de ánimo, sino por quién te aguanta el drama en vivo y a todo color. Dejemos de preocuparnos por si tenemos más seguidores o amigos y mejor enfoquémonos en que los que tenemos cerca sean de calidad. La vida digital es una sombra de la realidad, y si nos descuidamos, nos vamos a quedar atrapados en un perfil que se ve muy bonito pero que por dentro está más vacío que un gimnasio en navidad.
Lo más sano que podemos hacer es soltar un poco el aparato ese y darnos cuenta de que la aprobación de extraños no paga las cuentas ni cura las penas. Si decides seguir subiendo cada detalle de tu existencia, hazlo sabiendo que es puro teatro y que lo que cuenta es lo que pasa cuando apagas la luz y cierras la sesión. No hay algoritmo que pueda reemplazar un abrazo o una plática de esas que se alargan hasta la madrugada con una buena cheve en la mano. La existencia es demasiado valiosa como para andarla desperdiciando en ver quién nos dio suscripción hoy o quién nos borró de su lista de contactos de confianza.
