Escuchar tus instintos

Esa vocecita interna que a veces te susurra al oído, esa punzada en el estómago que te dice “por ahí no”, o la inexplicable certeza de que debes lanzarte a una aventura, es lo que llamamos escuchar tus instintos. No es un GPS con voz sexy, ni una app de predicciones, es algo mucho más viejo y sabio que se asoma desde lo más profundo de nosotros. Y sí, aunque a veces nos lleve por veredas medio locas, resulta que a la larga, prestarle atención es la movida más inteligente para vivir una vida que realmente valga la pena contar.

Desde que somos changuitos con aspiraciones, hemos tenido esa brújula interna, un sentido que nos guía sin pedir permiso a la razón. El chiste con escuchar tus instintos es que no siempre tiene lógica, de hecho, la mayoría de las veces va a contracorriente de lo que “deberías” hacer o de lo que “todos” esperan de ti. Pero, ¿qué es más padre? ¿Ser un borrego más del rebaño o el lobo que se atreve a seguir su propio camino, aunque esté lleno de charcos?

El arte de escuchar tus instintos (aunque te lleven al bailongo)

A ver, seamos sinceros, no todas las corazonadas terminan en un arcoíris y un unicornio. A veces, sigues ese pálpito y ¡pum!, te das un buen coscorrón. Pero aquí viene la parte buena: incluso esos “errores” son oro molido. ¿Por qué? Porque al tropezar y levantarte, no solo conoces tus límites, sino que, lo más importante, descubres qué es lo que NO quieres en tu vida. Y créeme, saber lo que no quieres es tan liberador como saber lo que sí. Es como cuando pruebas un mole que te sabe a jabón; aprendes que ese mole, ni en pintura.

La vida se trata mucho de ir buscando, no solo el control remoto que se perdió, sino el conocimiento y esas verdades que te hacen expandir la mente. Mucho tiempo andamos detrás de lo que queremos, pero un día, de tanto escuchar tus instintos y seguir esa chispa, te das cuenta de que la mayor revelación es saber con certeza qué es lo que te da huev… perdón, lo que no te vibra. Esa claridad trae una paz que ni con mil retiros espirituales en la India. Y en eso, tus instintos son los meros meros, porque hasta la caída más aparatosa te deja una lección grabada a fuego, una que te ajusta el compás interno, ese que late con el corazón.

La razón, la lógica, el “qué dirán” de la tía Chona… todo eso es mucho ruido. Pero ¿cómo le haces para apagar esa voz que te grita “hazlo”, incluso si la lógica te dice que es una pende…rada? Es casi imposible traicionar una corazonada que te cimbra el alma y luego vivir con la duda de qué hubiera pasado. A mí, en lo personal, me parece más gacho vivir de “hubieras” que de experiencias, aunque algunas hayan sido un total oso.

Me contaron una vez una gran verdad sobre los errores: a veces, por más que sepas que la vas a regar, tienes que hacerlo de todas maneras. Y es que no hay nada como vivir sabiendo que te atreviste, que fuiste fiel a ese llamado interno. Personalmente, cuando siento una corazonada de esas que te mueven el tapete, no hay poder humano que me detenga. Es como si ese instinto supiera el camino que me conviene, mucho mejor que mi cerebro sobrepensante.

Al final de cuentas, escuchar tus instintos no es solo un impulso loco, es como tener un mapa invisible que te lleva justo al lugar donde debes estar, en el momento preciso. ¿Que el corazón es ciego? ¡Pues que sea ciego! Al menos se atreve a ver más allá de lo evidente, y de cada experiencia, exitosa o desastrosa, uno siempre saca algo bueno. Así que, sin tanto rollo, lo único que te queda es seguir a tu corazón, sin peros ni excusas.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com