El yoga es para viejitas

Existe una creencia popular, casi un mito urbano que se ha transmitido de generación en generación entre los amantes del gimnasio tradicional y los deportes de alto impacto. Esa idea de que entrar a un estudio donde huele a incienso y se escucha música de flautas andinas es sinónimo de ir a descansar. Yo era de esos escépticos que juraba que el yoga es para viejitas que buscan estirar un poco las articulaciones antes de ir a tomar el té. Qué equivocada estaba y qué dolorosa fue la lección que mi ego tuvo que aprender sobre un tapete de caucho.

La primera vez que decidí darle una oportunidad, lo hice con la arrogancia de quien levanta pesas tres veces por semana. Pensé que sería un paseo por el parque, una hora para meditar y quizás echarme una siesta disimulada en la postura del niño. La realidad me golpeó más fuerte que una sentencia de burpees. A los diez minutos, mis brazos temblaban como gelatina mal cuajada y sudaba por lugares que no sabía que tenían glándulas sudoríparas.

La trampa de la “relajación”

El problema principal radica en la mercadotecnia. Nos venden imágenes de personas sonrientes en posturas imposibles con un fondo de playa al atardecer. Nadie te muestra la cara de sufrimiento real cuando el instructor te pide que mantengas la postura de la silla durante lo que parecen tres horas geológicas. Si alguien te dice que el yoga es para viejitas, invítalo cordialmente a una clase de Vinyasa Flow o Ashtanga. Te aseguro que saldrá pidiendo perdón a sus isquiotibiales.

No se trata solo de ser flexible. De hecho, la flexibilidad es solo la punta del iceberg. Lo que realmente se pone a prueba es la fuerza isométrica, esa capacidad de mantener los músculos en tensión sin moverlos, mientras tu cerebro te grita que te rindas y vayas por unos tacos. Es un desafío mental tanto como físico. Tienes que convencer a tu cuerpo de que no se va a romper, aunque sientas que tus caderas están a punto de divorciarse de tu columna.

No subestimes el poder del guerrero

Recuerdo mirar a la señora de al lado, una mujer que fácilmente podría ser mi abuela, sosteniendo un parado de cabeza con la estabilidad de una pirámide egipcia mientras yo luchaba por no colapsar en la postura del perro mirando abajo. En ese momento entendí que la frase el yoga es para viejitas debería ser un cumplido, no un insulto. Esas “viejitas” tienen un núcleo de acero y una resistencia que dejaría en ridículo a muchos jóvenes que presumen sus bíceps en redes sociales.

La fuerza funcional que se desarrolla aquí es diferente. No te inflas como un globo, te vuelves compacto, denso y resistente. Los músculos accesorios, esos pequeños estabilizadores que ignoramos en las máquinas del gimnasio, aquí son los protagonistas. Y vaya que duelen cuando deciden despertar después de años de letargo.

Desmitificando la práctica suave

Es hora de cambiar el chip. Si sigues pensando que el yoga es para viejitas, probablemente te estás perdiendo de uno de los entrenamientos más completos que existen. No solo vas a mejorar tu postura (adiós al dolor de espalda por estar todo el día en la computadora), sino que vas a desarrollar una conciencia corporal que te servirá para cualquier otro deporte.

La próxima vez que veas a alguien cargando un tapete enrollado, no pienses que va a dormir. Piensa que va a la guerra contra sus propias limitaciones, a una batalla silenciosa donde la única victoria es lograr respirar tranquilo mientras todo el cuerpo arde. Y si todavía tienes dudas, inténtalo. Solo asegúrate de tener a la mano un buen analgésico muscular para el día siguiente, porque te aseguro que lo vas a necesitar.

Puede que al principio te sientas torpe, que te caigas y que tu equilibrio sea inexistente. Es parte del proceso. Lo valioso es entender que la verdadera fortaleza no siempre se trata de cuánto peso puedes levantar, sino de cuánto tiempo puedes sostener tu propio peso con gracia y control. Así que sí, tal vez el yoga es para viejitas, pero para esas que son mucho más fuertes que tú y que yo.

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com