Cuándo decides hacer un libro que nunca haces
Dicen por ahí que en la vida hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Para muchos, lo del árbol y el hijo es una historia, pero la idea de hacer un libro suena a una aventura personal, un legado. Y así, de la nada, un día te llega la epifanía: ¡voy a escribir un libro! Una novela de misterio, tus memorias llenas de sabiduría, o quizás un compendio de recetas secretas. La musa te golpea fuerte y tu cabeza empieza a trabajar a mil por hora, diseñando personajes, tramas, diálogos que suenan a Nobel. El problema es que, para la mayoría, la historia termina justo ahí: en la cabeza.
El gran plan de hacer un libro
La etapa de planeación mental es, sin duda, la más emocionante y productiva. No hay límites. Tu mente es un estudio cinematográfico donde cada escena es perfecta, cada frase ingeniosa, cada giro argumental, una obra maestra. Visualizas la portada, piensas en el tipo de papel, hasta en la dedicatoria. Te imaginas las entrevistas, los aplausos, y a tus lectores con los ojos pegados a tus palabras. Decides el horario de escritura, la música de fondo que te inspirará y el tipo de café que te acompañará. Todo está milimétricamente calculado para hacer un libro que marcará un antes y un después.
Pero, claro, el día a día tiene otros planes. Esa agenda que al principio parecía tan flexible para acomodar tu vocación literaria, de repente se llena de lo que es urgente, de lo que es importante y de lo que “toca”. El trabajo, los pendientes de la casa, la serie de moda que hay que ver, el chismecito en el WhatsApp… y así, poco a poco, la grandiosa idea de tu obra literaria empieza a acumular polvo en el rincón más recóndito de tu cerebro.
El autoengaño creativo
Uno de los mayores obstáculos para finalmente sentarse a escribir es la propia fantasía de la escritura. Nos volvemos expertos en “prepararnos para escribir”, lo que en realidad es una forma elegante de procrastinar.
- “Necesito el cuaderno perfecto, ese con las hojas color crema y pasta de cuero.”
- “No puedo empezar sin mi pluma de gel favorita, la azul que corre como mantequilla.”
- “Antes de empezar, debo leer otros cinco libros del género para no cometer errores de principiante.”
- “Mi espacio de trabajo no es lo suficientemente inspirador. Necesito reorganizarlo todo.”
Y así, en un ciclo eterno de pseudo-preparación, el tiempo se escurre entre los dedos. La historia en tu cabeza se refina, se complica, se vuelve tan perfecta que la idea de plasmarla en papel y que no sea igual de brillante, te paraliza. Prefieres mantenerla en el reino de lo ideal, donde siempre será una obra maestra sin un solo error. Es el miedo a la hoja en blanco, disfrazado de perfeccionismo, lo que nos frena a la hora de hacer un libro.
La dulce condena de la no-acción
La verdad es que la mayoría de las veces, la idea de hacer un libro es más un anhelo que una intención real. Es un “qué tal si” que nos permite soñar despiertos, sentirnos un poco más interesantes, más profundos. Y no hay nada de malo en eso. A veces, la simple aspiración es suficiente. Nos da un tema de conversación en las fiestas o un consuelo secreto cuando la rutina nos agobia.
Es probable que ese libro jamás vea la luz, más allá de los límites de tu imaginación. Pero la belleza de ese sueño radica en la posibilidad que encarna, en la historia que se sigue escribiendo en tu mente, perfeccionándose con cada día que pasa, sin la presión de un deadline o la crítica de un editor. Y eso, quizá, sea la mejor parte de esa grandiosa idea que un día tuviste.
