Dar limosnas a los demás
Todos conocemos a ese personaje que se siente la reencarnación de la bondad pura cada vez que suelta una moneda de diez pesos o regala la ropa que ya ni para trapo de cocina sirve. Es esa gente que no busca ayudar de corazón, sino que les den una medalla al mérito por su “gran sacrificio”. Dar limosnas a los demás se ha vuelto el deporte favorito de quienes necesitan alimentar su ego más que el estómago del prójimo. Hay algo medio retorcido en esa satisfacción de mirar hacia abajo, soltar una migaja y luego irse a dormir sintiéndose un ser de luz. En el fondo, no se trata de generosidad, sino de un truco mental para convencernos de que somos mejores personas solo porque nos sobró un poquito de algo y decidimos no tirarlo a la basura.
¿Por qué nos encanta dar limosnas a los demás?
Desde la psicología de banqueta, este comportamiento dice más de quien da que de quien recibe. Es como un bálsamo para la culpa: “mira qué buena onda soy, le compartí mis sobras”. El problema es que dar limosnas a los demás crea una distancia emocional enorme; no hay un vínculo real, solo un ejercicio de poder disfrazado de caridad barata. Es esa actitud de “te doy esto para que me dejes de molestar” o “te escucho cinco minutos para sentir que soy un gran amigo”. La verdadera generosidad no tiene nada que ver con tirar los restos, sino con desprenderse de algo que realmente nos importa, pero eso ya está más difícil porque implica bajarle dos rayitas a la soberbia y entender que el otro no es un proyecto de limpieza de nuestra conciencia.
Existen varios tipos de “repartidores de sobras” que andan por ahí sintiéndose la última coca del desierto, y seguro te has topado con más de uno en la oficina o en la reunión familiar:
- El donador de clóset: Ese que te entrega una bolsa de ropa manchada y rota, esperando que le des las gracias como si te estuviera vistiendo para una alfombra roja.
- El repartidor de consejos de a peso: Te suelta un “échale ganas” con cara de mucha sabiduría y ya siente que te sacó de la depresión profunda.
- El fotógrafo del altruismo: Si no hay foto para redes sociales del momento en que está ayudando, el acto de dar limosnas a los demás simplemente no cuenta para su contador de puntos de santidad.
Lo más gacho de este asunto es que nos acostumbramos a recibir y dar migajas emocionales en nuestras relaciones personales. Hay quienes solo sueltan el afecto mínimo indispensable para mantener al otro ahí, colgado de una esperanza, como si el cariño fuera algo que se dosifica para no quedarse pobre. Esta forma de dar limosnas a los demás es la más cruel de todas, porque juega con la necesidad del otro para sentirse importante o necesario. Es preferible ser honestos y decir que no tenemos nada que ofrecer en ese momento a andar repartiendo sobras de tiempo o atención que solo confunden y lastiman. La empatía de verdad no mira desde un pedestal; se ensucia las manos y entiende que todos estamos en el mismo barco.
Dejemos de aplaudirnos por hacer lo mínimo necesario para no sentirnos malas personas. Si vamos a compartir, que sea de corazón y no para llenar el vacío de nuestra propia vanidad. No hay nada más triste que una persona que solo sabe dar lo que le sobra, esperando que el mundo le rinda pleitesía por su supuesta nobleza. La próxima vez que sientas ese impulso de superioridad al soltar una monedita o un comentario condescendiente, mejor piénsalo dos veces; tal vez el que más necesita ayuda emocional eres tú, por no saber conectar con la gente sin sentir que les estás haciendo un favor divino. La vida da muchas vueltas y lo que hoy das como migaja, mañana podría ser lo único que tengas para ofrecer, así que mejor hay que aprender a dar con un poquito más de humildad y menos pose de santo de vitrina.