Cuando uno es demasiado viejo para las bromas

Llega un momento en la vida en el que uno se da cuenta de que ya no es tan joven como solía ser. Esa etapa en la que las bromas pesadas y los chistes subidos de tono ya no nos hacen tanta gracia como antes. Es como si de repente nos hubiéramos convertido en ese tío aburrido que siempre dice “eso no tiene gracia” o “no es apropiado”.

Las bromas pesadas ya no nos hacen reír, ahora preferimos las bromas más sutiles y elegantes. Ya no nos interesa hacer chistes a costa de los demás, preferimos reírnos de nosotros mismos y de nuestras propias torpezas. Es como si hubiéramos alcanzado un nivel de madurez en el que las bromas crueles ya no tienen cabida en nuestro repertorio humorístico.

Adiós a los chistes verdes y a las bromas de mal gusto, ahora preferimos las bromas inteligentes y con un toque de ironía. Nos hemos convertido en esos abuelos que cuentan chistes malos pero con tanto encanto que nos hacen reír a carcajadas. Ya no necesitamos recurrir a la grosería para hacer reír, ahora preferimos la sutileza y la elegancia en nuestras bromas.

La edad nos ha traído la sabiduría de saber qué es lo que realmente nos hace reír y qué es lo que simplemente nos ofende. Ya no necesitamos recurrir a las bromas pesadas para sentirnos parte de un grupo, ahora preferimos la compañía de aquellos que comparten nuestro mismo sentido del humor refinado. Es como si hubiéramos encontrado nuestro propio estilo humorístico y nos negamos a renunciar a él por nada del mundo.

Cuando uno es demasiado viejo para las bromas pesadas, es cuando realmente empieza a disfrutar de las bromas con clase y estilo. La edad nos ha enseñado a valorar el humor inteligente y a reírnos de las cosas más simples de la vida. Así que, si te sientes identificado con esto, no te preocupes, es solo que has alcanzado un nivel de madurez humorística que pocos pueden presumir. ¡Sigue riendo y disfrutando de las buenas bromas, que la edad no es excusa para dejar de divertirse!

Bloguera de hueso colorado desde el 2008. Porqué siempre hay algo que decir yes@elblogdeyes.com